LOS ARMARIOS DEL PRIMER FRANQUISMO: EL DIARIO DEL POETA JUAN BERNIER

EL DIARIO DEL POETA JUAN BERNIER
 
José Antonio Ramos Arteaga
Universidad de La Laguna
jarteaga@ull.edu.es
 
Resumen
 
La represión contra los homosexuales durante los primeros años de la posguerra es una de las asignaturas pendientes de la historiografía sobre el período. La publicación de los diarios del poeta cordobés Juan Bernier ha permitido tener una fuente de primera mano para el estudio de las prácticas de homosociabilidad y para conocer las estrategias de armario puestas en práctica para evitar la persecución. Este trabajo estudia esas formas de ocultación y las repercusiones íntimas y sociales del armario en el poeta andaluz.
 
Palabras clave: Juan Bernier, literatura de posguerra, homofobia, armario, pederastia.
 
DOI: /doi.org/10.25145/j.atlantid.2018.09.007
Revista Atlántida, 9; diciembre 2018, pp. 129-155; ISSN: e-2530-853X
 
En el año 2011 la editorial Pretextos publica Diario (1918-1947), del poeta Juan Bernier, obra sobre la que se había creado una gran expectación en los círculos académicos: el testimonio íntimo de uno de los poetas más importantes de la posguerra, miembro fundador del grupo Cántico y con una obra escasa, pero potente. La muerte interrumpió el proceso de corrección para su publicación y será su sobrino nieto, el también poeta Juan Antonio Bernier, el que, finalmente, edite el volumen. Pero a la expectación generada, siguió un incómodo estupor. Las notas autobiográficas que constituyen el corpus diarístico poco ayudan a la historiografía literaria tradicional, pues escasas son las noticias sobre el nicho literario del autor o del grupo poético del que fue animador.
 
La mayor parte de su contenido bucea, sin la más mínima autocompasión, en el ambiente de una recién estrenada España nacionalcatólica y la imposibilidad de expresar y vivir abiertamente sus deseos pederásticos desde los presupuestos éticos y estéticos de un culto burgués de provincias. Así, la crudeza con la que se autoanaliza durante los años del diario (pero también con la que mira y despliega su deseo en la Córdoba de los años 40) convierte a este documento en el más importante testimonio sobre la homosexualidad masculina desde el interior de la experiencia personal del primer franquismo, más allá de los recurrentes archivos médicos o jurídicos del momento.
 
En una de las primeras reseñas periodísticas dedicadas a la obra («Belleza sucia la del mundo»), el crítico Prieto de Paula (2011) ya señalaba estos aspectos. En primer lugar, su poco interés para reconstruir la intrahistoria literaria de esos años:
 
El tematismo de este Diario está tan nucleado en torno a su sexualidad, y su espíritu tan saturado de una angustia voluptuosa, que el lector tiene la sensación de que se le han escatimado otras esquinas importantes del poeta. Y ahí radica la extrañeza: cómo un libro desnudo e impúdico como este, que alcanza una cima en la expresión literaria de la intimidad, deja tan a oscuras otras provincias del hombre; sin excluir la que, a priori, interesaría sobremanera a sus lectores: la de sus reflexiones sobre poesía, que aparecen excepcional y cicateramente en estas páginas.
 
Sintetiza atinadamente cuál es la articulación discursiva (la conciencia de un deseo singular) que define el diario:
 
... el Diario es por encima de todo un relato de aprendizaje (Bildungsroman) estrictamente personal, vertebrado alrededor de la homosexualidad del autor, su efebofilia y la conciencia dolorosa de su singularidad.
 
Y por último, apuntará en su reseña a uno de los motores de este trabajo:
El paganismo vital, la sensualidad exacerbada y el rosario de encuentros eróticos, siempre a resguardo de miradas o sospechas en una Córdoba asediada por el qué dirán, no neutralizan el sentimiento de humillación y de honda vergüenza, que le hace exclamar: «¡Qué lejos hoy de Grecia!». Se ha convertido en crimen lo que no es sino diferencia. Como ladrones y asesinos, a este amor y a esta caricia se la conoce en las tinieblas, entre la inquietud y las sombras.
 
El presente trabajo tiene como objetivo estudiar los mecanismos de la homofobia interiorizada que el diario de Bernier desvela y su íntima relación con dos estructuras aparentemente opuestas, pero que retroalimentan la omnipresente angustia del autor o los puntuales momentos de empoderamiento del deseo homosexual en sus páginas: la retórica homofóbica ambiental, por un lado; y, por otro, la tradición cultural homosexual a la que alude como seña de identidad individual o grupal. A pesar de que será el Diario la fuente principal de las siguientes líneas, estableceremos también un diálogo casi especular con su primer poemario, titulado Aquí en la tierra (1948), puesto que no solo algunos de sus poemas coexisten con la escritura de las páginas autobiográficas, sino que, a su vez, las últimas fechas del Diario parecen anunciar el poemario como corolario literario (si no, síntesis) de la experiencia vital.
 
Estudiaremos esta homofobia interiorizada a partir de dos temas presentes en las reflexiones y actividades narradas en sus páginas: a) la percepción clasista de las relaciones homosexuales (en especial su análisis contra los «maricas») y b) la recreación de la singularidad pederastica como parte de una tradición de raíces helénicas y su arraigo en una corriente de aristocracia del espíritu; por último, un comentario final sobre las posibles estrategias de armario usadas en el plano literario para invisibilizar su deseo.
 

IMPORTANCIA DEL DIARIO DE BERNIER PARA LOS ESTUDIOS GAIS
 
Poseer casi quinientas páginas de testimonios en primera persona sobre la vivencia de un homosexual en los primeros años de la posguerra española ya es en sí suficiente para que este texto ocupe un lugar destacado en los estudios sobre el tema. Las circunstancias del espacio de esas vivencias homosexuales (Córdoba, una ciudad que sufrió una sanguinaria represión con Queipo de Llano y el comisario policial Bruno Ibánez, «Don Bruno, el carnicero») y el cómo asume Bernier la tarea de narrarlas añaden excepcionalidad al archivo.
 
La radicalidad con la que Bernier afronta su proyecto biográfico tiene su origen en el escritor francés André Gide (García, 2011: 45). La influencia de Gide en gran parte de los escritores homosexuales europeos a partir de los años 20 se debe, en gran medida, a la reivindicación en muchas de sus novelas y ensayos de un tipo de homofilia alejada de los modelos decadentistas decimonónicos: contra cierta aura maldita o marginal, Gide defiende la singularidad del homosexual como imagen de un tipo de personalidad excepcional, capaz de vivir su estigma como una gracia que le permite mirar y denunciar la hipocresía social y sexual desde la altura de la libertad absoluta.
 
Este comportamiento de amoralidad extrema será siempre la base de las críticas contra el prejuicio homofóbico que calaron profundamente en muchos lectores e intelectuales de su tiempo. El papel central que el adolescente cumple en la visión renovada de esa homofilia y la sinceridad desnuda con la que Gide narra sus encuentros con ellos aparecerán comentados en alguna ocasión en el Diario de Bernier.
 
Su influencia entre los escritores españoles (especialmente, entre los autores de la Generación del 27, sobre todo Luis Cernuda) ha sido puesta de manifiesto por Mira (2004: 208-285); sin embargo, a nuestro juicio es Juan Bernier el que lleva a sus límites las propuestas de Gide. La escritura biográfica gideana influirá de doble manera en Bernier: por un lado, en su estructura asistemática y, por otro, en la necesidad de naturalizar por medio de un ejercicio de franqueza absoluta, sin subterfugios autocomplacientes, sus experiencias íntimas.
 
Con respecto a la estructura, el Diario está dividido en doce secciones, una primera que abarca la infancia y los años de formación hasta el estallido de la Guerra Civil (1918-1936) y el resto desde 1937 hasta 1947. Algunas de estas secciones se subdividen en epígrafes generales y otras no; además, todos los fragmentos que componen cada sección tienen un título alusivo (con distintas finalidades: descriptivas, irónicas, topográficas...).
 
Por tanto, frente a la estructura habitual de los diarios, lo temporal no sirve de marco narrativo para avanzar ordenadamente en los sucesos; aunque en muchas ocasiones la fecha jalona los acontecimientos, Bernier desvía su interés hacia un elemento que le permite apostillar, glosar o, sencillamente, especular sobre sus sentimientos o ansiedades. Esta forma de afrontar la concatenación de los hechos recuerda a las palabras de Gide con respecto a su propia autobiografía Si la semilla no muere:
 
Escribiré mis recuerdos como vienen, sin tratar de ordenarlos. Todo lo más los puedo agrupar alrededor de los lugares y los seres; mi memoria no se engaña a menudo con respecto a los lugares, pero embrolla las fechas; estoy perdido si me atengo a la cronología (1951: 18).
 
Pero, frente a aquellos que puedan ver solo en sus páginas «a un atormentado lujurioso, enloquecido, en una sodomía esteticosensual» (453), Bernier defiende su profunda coherencia existencial contra la necesidad de la mera sucesión episódica de acontecimientos de los diarios:
Sólo que tengo un poco de consuelo, yo os lo digo, en el recogimiento de mi vida interior, ridícula, es posible, pero sin mentira, vida interior que yo «creo», para mí, más interesante, más profunda, que la de los «otros». Por esto escribo, comienzo, recomienzo, clausuro mis horas en un diario, exprimiendo en sus páginas lo que siento de mi tristeza constante, los deseos que me impulsan, el choque con los demás o las intensas y a menudo sórdidas lubricidades que espasman y mezclan satisfacciones y terrores... Únicamente en mí mismo encuentro comprensión (268).
 
La segunda gran influencia de Gide atañe a la manera abierta y sin reservas con que afronta Bernier la narración de sus vivencias sexuales. Precisamente, son los escritos de carácter autobiográfico de Gide, en especial su novela El inmoralista, los que servirán de inspiración a muchas declaraciones del Diario. Bernier asume así el programa que Gide plantea en la novela citada: «Mi único esfuerzo entonces constante era, pues, el de deshonrar o suprimir sistemáticamente todo lo que yo creía deber a mi educación pasada y a mi primera moral» (1988: 84-85). En la literatura diarística europea pocos ejemplos hay (más allá de las autoficciones eróticas) de un catálogo tan profuso como reflexionado de experiencias homosexuales de tendencia efebofílica.
 
Pero lo más importante para nuestro trabajo no es solo las variadas situaciones que genera el encuentro homosexual, sino también la minuciosa taxonomía de personajes y relaciones que se generan en esa búsqueda de un placer prohibido. Lo que se suele denominar «ambiente gay» de una ciudad de provincias (Córdoba) y puntuales experiencias en otros lugares (Granada, Sevilla, Melilla) es descrito como ningún documento publicado hasta la fecha y justo en el primer momento triunfal de la dictadura franquista, caracterizado por una guerra silenciosa cotidiana igual de cruenta que la bélica cuya represión contra los invertidos es parte importante del plan de higiene social del nuevo régimen.
 
Higiene que aúna la obsesión moral contra los degenerados en el marco del proyecto nacionalcatólico y la preocupación pragmática por las políticas natalistas (no hay que olvidar el doble peligro que suponía la presencia de la homosexualidad para el régimen: la falta de procreación asociada al sodomita y la extensión de la práctica por medio de la corrupción de menores). Así sintetiza Heredia Urzáis el paso de la normativa contra vagos y maleantes republicana a su instrumentalización contra las conductas consideradas desviadas:
 
Una vez más, la ambigüedad de algunos de los apartados de la Ley del 4 de agosto de 1933 favoreció la utilización interesada de esta disposición legal. En esta ocasión las víctimas fueron los homosexuales, sectores sociales que eran vistos como un peligro para un Estado que deseaba implantar un modelo de sociedad tradicional donde los principios de la Iglesia católica tenían un gran peso. Dentro de esa percepción, como señala Fernando Olmeda, los homosexuales fueron calificados como «invertidos sexuales», «desviados», «degenerados» o «parásitos» que proporcionaban un espectáculo odioso y degradante, poco compatible con la moral de los vencedores. En un estado machista y donde se exaltaba la figura del «macho», los afeminados, los homosexuales comenzaron a ser señalados y pasaron a engrosar el heterogéneo grupo social de los marginados por el franquismo. Una exclusión que tuvo su traducción legal a partir de la promulgación del Código Penal del año 1944. A partir de entonces, los «invertidos» podían ser castigados, en el caso de que, aun habiéndose practicado en el ámbito privado, las actividades homosexuales hubieran trascendido al ámbito de lo público, circunstancia tras la cual podría ser considerada como un delito por escándalo público. Por tanto, bastaba una delación de un vecino o conocido para que un homosexual fuera procesado por su tendencia y práctica sexual (2009: 116).
 
Aunque hasta el año 1954 la palabra «homosexual» no sería una categoría específica en la Ley de Vagos y Maleantes, el escándalo público sería la herramienta de estigmatización social y penal. Esta política de depuración producirá un vacío testimonial importante en este período que ha empezado a ser subsanado por la investigación de historias de vida. Como ocurre con otros períodos históricos, la investigación sobre la homosexualidad masculina se ha sustentado en muchas ocasiones en una lectura oblicua de la documentación generada por sus represores. Esto ha llevado a una visión escorada hacia la recuperación de los efectos de la persecución (vidas rotas, encarcelamientos o medidas eugenésicas) y menos a la reconstrucción de los mecanismos de homosociabilidad puestos en práctica durante el período. Este es en parte el propósito que guía el trabajo de Geoffroy Huard (2014: 22-25) partiendo de los estudios de Chauncey sobre las subculturas gais en la ciudad de Nueva York (1994).
 
Huard plantea revisar tres mitos arraigados sobre la vida homosexual durante el franquismo. En primer lugar, la idea de que el aislamiento a causa de la hostilidad del régimen no permitió el desarrollo de una cultura gay. En segundo lugar, que la invisibilidad impide redes de sociabilidad entre los individuos homosexuales. Por último, la interiorización negativa de los prejuicios ambientales lleva a procesos de asimilación para evitar ser reconocidos y, en consecuencia, a evitar la resistencia activa contra el estigma social (lo que deriva en ocasiones en procesos de autoodio).
 
En su estudio Huard se centra en las ciudades de Barcelona y París durante el período de 1945-1975, por lo que el Diario de Bernier se convierte, para esta relectura del pasado homosexual, en una pieza fundamental para completar su propuesta: una ciudad de provincias muy alejada de la tradición cosmopolita y abierta de aquellas ciudades, en un período (hasta el año 1947) del que la documentación es escasa y un texto extenso marcado por la vocación de «flâneur» compulsivo del autor que ayuda a establecer una cartografía exhaustiva de la homosociabilidad (Barrajón: 381-408).
 
Este mapa del «cruising» cordobés en los años 40 revela que no solo en las grandes ciudades existía una redefinición heterotópica de los espacios al caer la noche: jardines reconvertidos durante la noche en un entramado vegetal para el cancaneo homosexual, avenidas en populosos espacios para la prostitución, billares que servían de tapaderas para el ligoteo e, incluso, iglesias transformadas en privilegiadas atalayas para el celestineo de ambos sexos. Pese a que Bernier muy pocas veces establece comunicaciones fluidas o estables en estos ambientes, son numerosas las descripciones que hace de cada uno de ellos, las personas que encuentra, los recorridos que vertebran los espacios ritualizados por la costumbre o la discreción, las señas y etiología de los encuentros.
 
Como bien señala Barrajón (2016: 388-389), citando a Arnalte, gracias a documentos como el Diario el panorama homosocial de Córdoba desdice las conclusiones de las distintas Memorias sobre la moralidad pública publicadas para uso de las autoridades y redactadas a partir de los informes de las Juntas Provinciales del Patronato de Protección de la Mujer con la ayuda de testimonios de variada índole (gobiernos civiles, policía, Iglesia). Si para Córdoba señala que solo se dan casos aislados y, afortunadamente, poseemos este valioso Diario en el que la vida homosexual aparece no solo fluida y densa, sino también con cierta estabilidad en el tiempo, está claro que parte de la tesis mantenida por Huard para las grandes ciudades es posible aplicarla para otros espacios no tan cosmopolitas.
 
Cines, muelles (en Melilla), jardines públicos, descampados de ferias, verbenas, billares y tabernas, estaciones de tren, iglesias, colegios, avenidas y los tradicionales urinarios solapan sus espacios de influencia cotidiana diaria con una red tupida de usos homosociales (especialmente en las horas nocturnas). A estos lugares hay que añadir los numerosos lugares «oficiales» para el placer que Bernier también visita: lupanares de dispar categoría, cabarets y tablados. Fruto de una recreación miltoniana del palacio del infierno en El Paraíso perdido, destaca entre estos espacios el urinario, al que Bernier califica de Pandemonium («morgue de víctimas verticales»).
 
Los baños públicos han sido uno de los principales focos de homosociabilidad en los siglos xix y xx (Chauncey, Huard). Por una parte, su usuario podía manejar el exhibicionismo sexual sin peligro; por otra, sus paredes y puertas eran usadas como medio de comunicación a través de grafitis. Aunque remite en muchas caracterizaciones negativas a la urgencia del contacto sexual y a la promiscuidad, el «meadero» es una pieza fundamental en la historia de la construcción de la sociabilidad homosexual. Bernier hace escasas visitas cargadas de recelosa atracción hacia este espacio y hacia sus usuarios (en parte porque la cercanía con un bar del que era asiduo no le permitía frecuentarlo):
 
16 enero 1942. Por el lugar más excusado por donde yo paso, en mi camino más corto de escuela a casa y viceversa, en medio de los jardines de invierno, el urinario octogonal está continuamente en movimientos de entradas y salidas que no se justifican por las necesidades fisiológicas de los escurridizos concurrentes. Y es que, en sus ocho paredes verticales, las citas obscenas atraen como las páginas de un libro prohibido, y estos «graffiti» son tan explicativos, que a veces están adornados incluso con dibujos que, aun estilizados, explican las íntimas posturas de una física del amor en aquel laboratorio donde casi huele a orín y excitante semen. Y todo esto ha conmovido mi sensibilidad, al comprender la afinidad entre sus autores, cínicos e impúdicos, y mi propia persona, que, como un imán que me atrajera, quiere leer y ver, versificar estas manifestaciones antiortográficas de llamadas sugestivas a placeres exquisitos, dirigidas, exclusivamente, a muchachos casi niños, especificando su edad de trece, catorce, quince, dieciséis años, seguidas y terminadas con una sola palabra: «citar».
 
Pero lo más importante de todo esto es que, por bajo de ellas y con otra letra, no hay una sola respuesta, sino muchas (fijando lugar y hora), que aceptan la invitación de estos chicos que se ofrecen, o de estos mayores que los buscan.
 
... Porque el recinto octogonal era como una biblioteca de páginas abiertas cuyos «graffiti» renovados día a día tenían que ver con mi deseo, porque la mayoría eran citas a unas tiernas edades que especificaban los años de sus preferencias, bien de los mismos niños y adolescentes ofreciendo su cuerpo con datos todos sobre edad, clase de placer e incluso preciosos dibujos de procaces miembros en erección, chorreando sus seminales jugos.
 
«Quiero una de quince años»
«Mis labios y mi lengua desean de los doce a los diecisiete»
«Tengo catorce años, citar»
«16 años y lo hago todo»
«Soldados de la Remonta y Artillería. Discreción» (296-297).
 
Todas estas circunstancias, tipos humanos y espacios transcritos con detalle por Bernier forman un fresco tan completo que ayudará a futuras investigaciones a ajustar algunos aspectos de la homosociabilidad desenfocados por la presión de una visión tan sesgada como la de la omnipresente documentación oficial del régimen. Pero la obsesión de Bernier por reflejar los estados interiores más allá de los episodios locales externos nos provee de un acceso privilegiado a los diferentes escenarios de su conciencia y, sobre todo, a un aspecto poco estudiado debido a la precariedad y escasez de los testimonios de tipo personal: el «armario» como construcción mental y social.
 

LOS ARMARIOS DE BERNIER
 
El «armario» es un concepto central en el campo de la identidad homosexual (Mira, 1999: 83-84). El campo semántico que acompaña a este término puede ir desde palabras aparentemente inocuas como «discreción» o «invisibilidad» a otras tan marcadas como «vergüenza», «vicio», o «chantaje». La frontera que separa lo interior (privado) y lo exterior (público) es el «secreto». La persona «armarizada» no vive de manera abierta su sexualidad, bien por razones personales (ideológicas, religiosas, estratégicas), o por imposibilidad ante un contexto social y/o político hostil.
 
Los procesos por los cuales estas personas «salen del armario» y declaran públicamente su sexualidad pueden sintetizarse en dos: por episodios traumáticos de denuncia o chantaje (el conocido como «outing») o por iniciativa propia (toma de conciencia o efecto de la relajación de la presión social).
 
En un clásico estudio sobre los armarios literarios, Kosofsky Sedgwick (1991) plantea que la lectura de algunos textos canónicos en el momento de gran transformación de los imaginarios artísticos occidentales (finales del siglo xix y los primeros veinte del siguiente siglo) permite ver un paradójico efecto: si, por un lado, los autores no expresan abiertamente un deseo homosexual propio, sin embargo, el tratamiento de las relaciones afectivas y eróticas entre los personajes de sus tramas ayudan a descubrir cómo el autor ha velado su deseo homoerótico. Así, la obra literaria es un armario que oculta, pero a su vez, desvela el secreto del autor.
 
En Bernier, la finalidad del Diario en un principio no es la publicación (aunque en algún momento comenta que ha hecho lecturas públicas de los fragmentos menos comprometedores), por ello la franqueza en el relato de sus experiencias y la impresión de desarmarización que produce pese a las cautelas que toma. Pero sí resultará fundamental el tipo de lectura planteado por Sedgwick para el poemario inmediatamente posterior, e incluso para obras de algunos de sus compañeros de grupo poético como Pablo García Baena (por ejemplo, su poemario Antiguo muchacho, de 1950), como veremos en la última parte de este trabajo.
 
Pese a esa impresión de «desarmarización» en varias entradas de su diario, Bernier testimonia en primera persona la angustia de la experiencia del armario y la necesidad de la estructura del secreto ante los demás. Esta angustia pasa en primer lugar por las miradas cargadas de posible sospecha (particularmente por parte de extraños). No hay que olvidar que la acusación de escándalo público es tan elástica en este momento que se refiere a actos inmorales en espacios públicos o privados ya sea por descubrimiento directo de la autoridad competente o ciudadanos de a pie, ya por denuncia anónima.
 
La delación conformará un aspecto esencial en la construcción de la convivencia de la posguerra, pero para las poblaciones homosexuales la delación será decisiva a la hora de articular sus mecanismos de sociabilidad. La palabra «rumor» es la punta de lanza de esta política del terror. Algunos ejemplos espigados del Diario dan fe de que a pesar de la extrema prudencia con la que se mueve Bernier y su cultivo obsesivo de la apariencia masculina (que lo lleva a ir del brazo de jóvenes prostitutas públicamente para justificar su fama de crápula nocturno):
 
Por el camino oigo a dos muchachos que me miran:
 
– Ese es....
Un despreciativo vulgar y cruel. Y tiemblo por el detalle. Posiblemente se refieren a mí. Es posible. Pero tampoco lo sé. Yo cuento todo, todo, incluso lo que ellos puedan saber e imaginar. Y pienso que no es posible borrar las huellas de una actividad tan continua como discreta. Mal camino llevo. No puedo permitir que el rumor, ahora aislado, cunda en todas las bocas (262).
 
Muchos momentos me he sentido dispuesto a arrojarme en el precipicio de las confidencias. Un escondido, pero vigilante, oportuno instinto de conservación, me ha detenido siempre. «Si quieres ser amado, si aprecias la estimación ajena, si gozas con el amor de las mujeres y amigos, rechaza la franqueza, ten, siempre, la fortaleza de ocultar algo, he leído, después, en D’Aurevilly (159).
 
La gente de Gambrinus [billares frecuentados por los jóvenes de Córdoba], algunos han visto lo extraño de mis pasos y han calculado con su natural malicia, Y cerca de estos grupos hay ocasionalmente amigos, gentes que me conocen. Ahora siento la prodigalidad de mis relaciones. Porque, aunque vivo en una diferente esfera de la de estos casi cínicos personajes, el rumor más leve se haría caer sobre mi círculo íntimo, un círculo donde –¡caprichos del destino!– todos se precian de poseer el último rumor, el cuchicheo definitivo, encuadrado en un ámbito intelectual, irónicamente burlón. Sospecha, miedo, muerte: todo va junto en esta debacle de la posguerra (282-283).
 
Este asedio de la mirada y el rumor lleva en algún momento de desesperación a plantearse la idea del suicidio (pensamiento que en muchas de las historias de vida recogidas parece recurrente como única salida a la presión invisible y paralizadora de la sospecha):
 
12 enero 1942. Va rodando todo... No me ha engañado mi cerebro, aunque sus deducciones fuesen absorbidas como gotas de agua en el volcán de una irreflexiva sensualidad. Como una onda fatalmente ampliada, el rumor, producto de un leve guijarro sobre la superficie quieta, lleva cada día a oídos nuevos ecos y ensancha su círculo pausado, lento, pero seguro e imparable. Quiero dudar a veces de esto, pero yo soy de un vibrar sutil a las más vagas percepciones. El esfuerzo por convencerme repugna a mi propia conciencia. ¡Qué resistente es el «yo» para reconocer todo lo que puede desvalorarle! Yo anoto los menores signos y los busco en la vida que me rodea, para atisbar por dónde va el fatal círculo que esparce la fama rota. Y cada vez mi alma se pone más sombría, porque es triste ser vértice, no del odio, pero sí del desprecio de los que conviven conmigo, de los que transformarán, sin duda, estimación por recelo, aprecio por lejanía. ¿Suicidio? El acabar ronda estos días mi cerebro, pero lejanamente y sin vigor. Porque el cariño familiar estorba hasta para morir: los padres viejos, cuyo golpe sería más seguro que el propio y, sobre todo, el escándalo triunfando sobre el silencio buscado (294).
 
Pero también esta sospecha puede recaer en los otros. Por su profesión de docente, Bernier comenta tanto casos acaecidos en su escuela como recuerdos o comentarios sobre lo que ocurría en otros colegios religiosos y seminarios. La reacción de Bernier rara vez pasa del comentario a vuela pluma de lo acaecido. Pero hay una entrada de 1941 que resume perfectamente la represión contra los niños «afeminados» y, a su vez, sirve para comprobar el grado de impostación moral que tiene que asumir el poeta para evitar el contagio del rumor a su persona:
 
7 febrero 1941. Esta tarde un alumno de la clase de 5.o, conocido por todos, de modales, habla y gestos afeminados, ha sido acusado de faltas a la moral y complacencias con otro compañero de trece años. El profesor Garo, una especie de ogro, maestro de la sección, ha expulsado al pequeño cuya tara es de esas incurables, don de Dios como en otros el talento, según yo creo... No opongo nada a esta medida de régimen interior; pero me parece bárbaro colgar toda la culpa sobre quien no puede dominar su inclinación, mientras el otro «partenaire» queda aquí con una aureola de hombría ante los compañeros. Él sólo se ha dejado acariciar. Él es el macho... el macho.
 
Esto está en la conversación de todos los chicos. En mi misma clase descubren a este otro pequeñín de apenas once años, pálido, semituberculoso, en quien coinciden muchas acusaciones de prestarse a caprichos de otros chicos de su edad.
Ante ello yo doy consejos sobre la virtud –tomo el papel de la vieja puta–, sobre la virilidad, y echo telón, porque si no la comedia amenaza no terminarse nunca e incluso por salpicarme a mí, lo que no quiero ni pensarlo. ¿Qué dirían todos estos compañeros, de tan estrecha conciencia, si supiesen mi vida íntima?
 
Ahora cavilo sobre la necesidad de cambiar, no de conducta, sino de profesión. ¡Libertad! (246-247).
 
Los armarios de Bernier no son fruto, pues, en esta obra, de estrategias enterradas bajo cuidadosas expresiones de homoerotismo que hay que insertar en constelaciones interpretativas; por el contrario, junto al armario obligado por una situación político-policial a todas luces peligrosa que obliga a su invisibilidad pública, podemos señalar otras dos estrategias del secreto que responden a sentimientos homofóbicos que se sustentan, fundamentalmente, en las relaciones de clase.
 
Por muy incómodo que pueda parecer para una historia legítimamente heroica de la homosexualidad, la homofobia interiorizada no responde muchas veces a mecanismos de autoodio fruto de la violencia situacional, se da también a la hora de establecer o no vínculos con los otros homosexuales en los que primará más el prejuicio clasista que la solidaridad grupal ante el ambiente hostil. En su Diario, Bernier hará de su pertenencia a cierta clase, si no adinerada, sí pudiente, de la ciudad un factor de doble presión: el desclasamiento público si es descubierto y la estigmatización de los que visibilizan su homosexualidad, a los que desprecia o mira con conmiseración. Nos centraremos a continuación en este segundo efecto.
 
Juan Bernier, último de la derecha, botella en mano.

EL ARMARIO DE CLASE. LOS «MARICAS» Y LAS «VENERABLES LOBAS»
 
Desde las primeras líneas del Diario se hace presente la afirmación de su origen social («señorito»):
 
También, aunque modestamente, yo era el señorito. Vestía otras ropas, no trabajaba como los otros chicos que de ocho o nueve años llevaban su cabra, sus puercos y no jugaban nunca (25).
 
En sus aventuras nocturnas, Bernier nos describe sin sentimentalismos un panorama atroz de las calles y jardines de la posguerra: niños y niñas de pocos años buscándose la vida con el pequeño delito, la mendicidad o la prostitución; lupanares públicos o clandestinos ofreciendo la última novedad venida de los campos o jóvenes con las cabezas rapadas al ser descubiertas haciendo la carrera en las avenidas; al otro lado, los burgueses y las autoridades militares o religiosas de la ciudad asiduos de este «imperio oscuro de la lujuria»:
 
Porque aquí rondan jóvenes mendigos, estudiantes, obreros, bien o mal vestidos. Hasta campesinos jóvenes de formas rudas que han aprendido el arte de ganar algunas –pocas– monedas con el solo sacrificio de dejarse acariciar, indolentemente, un miembro que contesta desenfadado y viril a las caricias, no femeninas obviamente (255).
 
En un estremecedor epígrafe resume estas relaciones de intercambio con la dicotomía «Hambre de pan-Hambre de sexo». Salvo en los casos en los que alude a una natural curiosidad infantil por la iniciación sexual, las relaciones en los lugares de «cruising» están marcadas por la necesidad. Por ejemplo, en una ocasión se sorprende de que no sean mendigos dos niños con los que mantiene un escarceo:
 
Quiero apagar esta desazón como siempre, con el vino y la lujuria. Porque las noches de la Feria de Córdoba son de bacanal de carne callejera... Bebo. Ando. Paro en las casetas animadas por el baile o el alcohol. Esta primera noche encuentro dos pequeños casi impolutos que vienen a los lugares solitarios. Se dejan acariciar y me acarician. Apenas doce años, pero desarrollados y sin escrúpulos, que no son dos mendigos, sino hijos de militares, que han venido de África (465).
 
Otras veces Bernier trasciende la temática sexual para hacer una descripción general de la omnipresente hambre, como en el fragmento titulado «Borrachos»:
 
A veces, después de la guerra, encontraba como papeles los hombres tendidos en las calles. Todos los que pasábamos al lado de uno de estos harapientos seres, sabíamos. Yo también. Acaso le falta poco para morir de hambre. Pero, ¡hay tantos! Los que comemos no podemos hacer nada. Dejarles ahí es mejor. Todos pasamos a su lado. ¡Oh!, ¡que no nos roce su carroña, que no nos roce su hambre! Ellos están tendidos, y algunos dicen que están borrachos. Yo quisiera creerlo. ¡Están borrachos! Así se calma un molesto remordimiento. Así se quita uno un peso. Pasamos de largo. El hombre, la mujer o el niño, queda allí. Están borrachos (393-394).
 
Esta división social entre «los que comemos» y los que se tienen que buscar la vida para hacerlo será un motivo repetido en el Diario. La homofobia clasista de Bernier se centrará concretamente en tres grupos de homosexuales: los trabajadores de baja cualificación, los niños mendigos y los «maricas» (y su variante, «las venerables lobas»). También fustigará a miembros de su clase, pero solo a aquellos que han intentado desarrollar espacios de sociabilidad clandestinos («masonería»).
 
Sobre los primeros, el comentario gira en torno a la competencia que suponen en los encuentros callejeros. Albañiles, mozos de tienda, obreros o un boxeador aparecen de tanto en tanto por los mismos lugares que visita Bernier. La cautela con la que se mueve el autor en estos lugares permite que los chicos suelan irse antes con el más audaz. Su perplejidad y decepción ante la decisión del adolescente remite siempre a cuestiones estéticas (vestimentas o cuerpos poco cuidados) y culturales (parecen preferir la supuesta brutalidad de este proletariado a las buenas maneras y presencia). Algunos son caracterizados por algún rasgo físico e, incluso, por su nombre (Mediaoreja, el boxeador Frank Polo), pero la mayoría se describe a grandes rasgos que inciden negativamente en su origen social:
 
Paquito va con alguien, y este alguien es el repugnante Frank Polo, boxeador, proxeneta y cínico que se desvive por los pequeños. No he tenido rencor y sí envidia. Ellos dos, lo repugnante y lo bello, van juntos. Me lastima esa incomprensible conducta. ¿Por qué él prefiere esto? Le sigo. Me rebajo a pedirle una entrevista (312).
 
El que encuentro, un tosco muchacho de dieciséis años, me hace pensar en la perfección, en los ojos, en la tez suave de aquel otro que brinda en el mismo momento una voluptuosidad exquisita a un ser vulgar, a un cualquiera... Al sucio albañil que es mi rival y que no comprendo por qué lo es (311).
 
3 de abril 1942. Desde el balcón del Círculo contemplo el rostro magnífico de P. que se da cuenta de mi presencia. Está con su familia viendo la procesión y como siempre sonríe. De él paso a pensar en Mediaoreja, su pervertidor. Lo veo estos días entre la masa, buscando la ocasión. Tiene un verdadero éxito con los pequeños. Hoy le he visto parado con L. Éste ha iniciado una dirección, sin duda para que yo la siga, pero el hecho de verle en tan conocida compañía me evita la flaqueza (309).
 
Pero los episodios más delirantes de esta asunción homofóbica de la diferencia social tienen lugar cuando Bernier, amparándose en su aspecto externo formal y serio, asume el rol de policía y aborta algunos de los encuentros o se aprovecha de la huida del adulto para «reeducar» moralmente al joven seduciéndolo:
 
Porque en mi pecho se forja poco a poco una amargura, o una envidia o rencor, o no sé qué cosa, que me impulsa a rechazar que las mujeres escancien a estos seres infantiles que suspiran, mientras sus compañeros esperan a su vez con las manos en los bolsillos, acariciándose ellos mismos, llenos de lujuria... Entonces un señor –que soy yo– interviene enérgicamente. Arranca de unos brazos femeninos a este pequeño de trece años que no se inmuta y quiere que continúe la caricia, hasta que ella, ante el temor que sugiere la policía, me da explicaciones... Los muchachos huyen y, ya en este papel falso, domino el campo con autoridad y yo me consumo con esta farsa, envidiando las caricias frías con el pensamiento y la visión de tantas voluptuosidades en flor, ardientes, derramadas por las manos frías de estas miserables prostitutas y no por mis manos o labios, de este «policía ful» que soy yo... y que mañana volverá a Córdoba (301).
 
Espere usted ahí. Voy a hacer unas preguntas al chico.
 
Me alejo con éste, que cuenta todo con la mayor sencillez. Mientras, según mi intención, y como esperaba, el hombre honrado se marcha suavemente... Yo cojo al muchacho por el hombro y con suavidad nos vamos hacia dentro. Él parece comprender y no se extraña de pasar de unas manos a otras. Disfruto de su soñolienta voluptuosidad que, a pesar de su casi impoluta presencia, no es para él nueva ni ignorada... Después siento roer dentro de mí la conciencia de un terror y una situación parecida. No debí jugar con ese pánico alguna vez sentido por mí (416).
 
Con respecto a los adolescentes, Bernier establece distinciones entre los de su grupo social (siempre deseables, salvo los «afeminados») y los que suele encontrar a altas horas de la madrugada en los parques o en los exteriores de las tabernas en busca de clientes. Incluso las maneras de presentar cambian: los jóvenes de su clase gozan de una mayor morosidad descriptiva que suele empezar con los rostros y completarse con detalles de sus vestuarios (hay todo un código de la vestimenta que le ayuda a calcular incluso las edades: pantalones cortos, de tipo golf...). Los niños de la calle y chaperos suele despacharlos con una referencia a sus años y, en alguna ocasión, a unos cuerpos que han perdido su gracia a causa de la necesidad o el trabajo. Así, la observación de la alegre juventud burguesa de Córdoba desde una terraza cercana le sugiere esta comparación:
 
29 septiembre 1942. Algunos días, tal como hoy, como, tomo café en la terracilla del Bar Miami, frente a los billares. Mientras escribo no puedo menos de mirar al público infantil y adolescente que los llena; muchachos de clase acomodada, ejemplares, algunos de rasgos puros, otros de una atracción serena. La actitud y las gracias que iguala a la belleza. Siempre una finura corporal, una ausencia de tristeza muy diferente de los muchachos humildes, musculosos y pálidos. Los niños de papá: indudablemente más felices y más guapos (372).
 
Precisamente, serán estos muchachos humildes, en el siguiente ejemplo los chaperos de la estación, los que sirvan de sustitutos cuando falla la aventura con los cachorros de su clase:
 
14 de abril 1944. La costumbre hace de una facilidad pasmosa estos contactos con los chicos de la estación. Se acude aquí cuando el deseo fracasa de unas más bellas aventuras. Porque, de todas las edades, y para todos los gustos, y a cualquier hora, la estación es una cantera. La tragedia de la guerra y su miseria dura aún, y en un mundo infantil de todas las edades, de todas las bellezas, de todas las cataduras morales, les basta una mirada para prostituirse por unas monedas.
 
Y junto a este comercio establecido, la presencia anónima de niños que pululan en la madrugada cordobesa y que nos ayuda a vislumbrar los contrastes en la miseria de la posguerra:
 
27 agosto 1945. En el estupendo patio cordobés de nuestro amigo A.G., una gran cena; después, todos los amigos en una venta, y hasta las cinco de la mañana el cante «hondo» y el vino de la juerga... Cuando nos retiramos, un pequeño de trece años me acompaña...
 
28 agosto 1945. Una cena deliciosa en el magnífico patio de un amigo. Nito no se cansa de hablar sobre la sociedad femenina y sus líos intrascendentes. Calientes por el «montilla», vamos al cabaret donde oímos, en un reservado (como señores serios), el cante hondo del «Niño de Castro». A las cinco me marcho, no sin la compañía de un pequeño de trece años que transige en dejarse acariciar (480-481).
 
Por último, dos momentos en los que esta aparente impunidad de señorito se ve enfrentada a la posible violencia del débil por medio del chantaje o la agresión:
 
Pero en la última noche encuentro la miseria y la lujuria de dos chantajistas a los que mi rabia ahuyenta, ya que el vino enciende mi coraje y ellos huyen (466). Hoy me he atrevido a volver a una casa de huéspedes, digna de una novela de Zola, donde el dueño no se extraña de mi presencia ni de mi compañía. El mismo golfo de diecisiete años moreno y sensual que me acompañó en la primera ocasión entra conmigo en esta casa casi de duendes.
 
A las cuatro de la madrugada, cuando salimos, me doy cuenta del riesgo de mi aventura. Pienso, exactamente, que aquí podría yo ser asesinado con maravillosa comodidad [...]. ¿Qué se puede esperar de esta especie de ogro gigante que me abre la puerta y acoge, tan naturalmente, esta compañía desigual de un caballero y un golfo? Mi estremecimiento, mientras cruzo el corredor hasta la calle libre y triste, es estar entre los dos peligros, el de la ley y el del crimen, enemigos los dos (482).
 
Pero si hay una población homosexual ante cuya presencia la homofobia de Bernier alcanza un mayor grado de intensidad es el «marica» (y su variada gama de sinónimos: invertidos, afeminados, guayabos...). Este tipo de homofobia no resulta novedoso en el ámbito de las historias de vida homosexual, sobre todo entre aquellos de clases sociales favorecidas, pues si hay una homofobia de clase que atraviesa gran parte de la genealogía moderna de la homosexualidad, la de la «pluma» es uno de los mayores exponentes. Nadie puede discutir a estas alturas que la visibilización y logros de los movimientos por los derechos LGTBQ han sido en gran medida gracias a la resistencia, sociabilidad y sororidad activista de las personas con pluma y las personas trans.
 
Sin embargo, cierta lectura «normalizadora» y «asimilacionista» del pasado y presente homosexual ha intentado uniformizar la riqueza histórica de las expresiones públicas de estas experiencias. Reivindicar que el día del orgullo surgió de un enfrentamiento en el bar Stonewall de Nueva York de la policía con un grupo de personas trans negras y portorriqueñas (y no por activistas caucásicos protestantes) resulta todavía necesario.
 
También es un hecho que la mayoría de las historias de vida que conocemos del período que tratamos son de homosexuales de extracción humilde que sufrieron la represión policial y médica por esas señas externas que llamamos pluma y que asumieron como proyecto vital pese a la violencia que se ejerció permanentemente contra ellos y ellas. Por tanto, tenemos en estos dos elementos las claves de la repugnancia y compasión homofóbica con la que Bernier trufa abundantemente su relato biográfico (con una paradójica atracción del armarizado por quien exterioriza su condición). La breve relación que a continuación transcribimos quiere reflejar todos esos aspectos:
 
[En el ejército] «María» es el maricón andaluz, bueno y servicial, de nuestra batería. Todo el mundo le quiere (106).
 
La epopeya de los mariquitas: En estos seres, en los «mariquitas», la vida, desde pequeños, tiene caracteres de epopeya. Se encuentran en un mundo hostil al que no pueden sortear con el camuflaje de los rasgos viriles. Y a ellos se les inculca la misma moral que a los demás, se les repite, se les graba, que sus deseos y sensaciones son, además de un pecado, un delito despreciable (360).
 
[Encuentro en la cárcel con ellos]: Afeminados horrorosos, tipos horribles y ambiguos, con sus gritos, sus alardes cínicos y obscenos que los muchachos oyen sentados en círculo y a su alrededor. Los sueños espantan a veces, la realidad mucho más (193).
 
Aquí, y sobre todo en Andalucía baja, los «mariquitas» se colocan como «criadas» para trabajos domésticos más propios de mujeres que de hombres. No llaman la atención estos pobres y graciosos seres, lavando la ropa o fregando los suelos de las fachadas de las casas, como yo he visto en el Puerto de Santa María. Ellos constituyen la más baja categoría social, incluso por debajo de las propias prostitutas. Pero generalmente este maricón de casa, de oficio sabido, consentido, es un vulgar y ordinario ser de gracia, sí; de belleza, no. Son seres ajados, avejentados, aunque sean jóvenes [...]. En Córdoba no puedo, en absoluto, buscar la ocasión; ni aun simplemente mostrar síntomas por él (218).
 
¡Qué viejos son sus quince años! [...]. Yo, aún más que de su suelta dicción, me asombro de cómo hasta este punto un alma pierde ese encanto de reserva y timidez de los años infantiles. Este ser no es un niño, ni un hombre, ni una mujer. Es una intermedia gradación que no tiene ni aun la natural gracia de lo ambiguo. Su caricia es fría como la de una prostituta, sucia como la de un invertido senil (326).
 
[Conversación con un niño de trece años mientras lo seduce] Pero has de aspirar a ser fuerte y el abuso te perjudicará. Tienes que ser, sobre todo, un hombre. Quizás te extrañe que te lo diga, pero todo lo que es afeminado me repugna. Debes huir de todos los desgraciados que quieren parecer mujeres (180-181).
 
He dejado como último ejemplo de los ataques a los maricas una de las pocas veces en que mantiene relaciones con un niño afeminado, episodio en el que aparece esta mezcolanza de sentimientos de atracción-repulsión de una manera despiadada:
 
5 mayo 1942. Me he fijado en él a la salida del colegio. Me da un poco de tristeza su soledad entre los pequeños. Tiene sus rasgos, a más de ambiguos, tristes. La marca de su desemejanza le aísla, y apenas me mira. Yo compadezco su silencio, pero no me interesa ya. Viene conmigo esta tarde al cine, en el que apenas hay gente. A mi lado, lo confieso, un sadismo sólo siento de ver este ser que busca acariciarme en la sombra... como un perro que lame a su amo la parte más erecta de su cuerpo (315).
 
Dentro de esta taxonomía trazada por Bernier hay un tipo de marica que califica de «venerables lobas» cuya caracterización resulta problemática. Parece referirse a homosexuales adultos sin pluma que mantienen cierta sociabilidad que él interpreta como interesada sexualmente:
 
7 marzo 1943. Sí, aquí existe también esa fauna, tan corriente en otros sitios, de pequeños echados en manos de las «venerables lobas», como les llamaría Álvaro Paulo. Uno de ellos me da norte sobre su clan secreto –catorce, quince, dieciséis años– adentrado, íntimamente, en una insospechada atmósfera de morbidez. Son de eso ya definidos, que físicamente no tiene rasgos que los caractericen. Solo dentro un extravío, aprovechado primero por los demás; más tarde compartido por ellos mismos en una lujuria complicada. La «venerable loba», los maricas adultos, son sus pedagogos, ellos, sus chulos de «quatre sous» (409).
 
Terminamos esta relación del armario de clase con dos referencias de Bernier al desmantelamiento policial de dos espacios de homosociabilidad privados. Como ocurre en otros lugares de España, la denuncia de reuniones secretas de homosexuales para celebrar orgías o matrimonios era una de las formas que tenía el régimen de alimentar el pánico homosexual entre la población y, en alguna ocasión, para ajustes de cuentas personales o ideológicos.
 
Generalmente, son los homosexuales de cierta categoría social los que podían permitirse la infraestructura necesaria (vivienda discreta para las reuniones y fiestas, silencio de los proveedores...), lo que los hacía doblemente peligrosos: eran personas respetables infiltradas en la sociedad a modo de la omnipresente denostada masonería y, por otro lado, parodiaban las señas de identidad viriles y católicas de la dictadura.
 
Con toda seguridad, muchos de estos lugares eran espacios de comunicación segura habilitados por homosexuales, pero con un componente interclasista que no necesariamente tenía que ver exclusivamente con el intercambio sexual1. Para Bernier, pese a que los encausados por la redada son de su clase social, comparte con las autoridades el desprecio y la persecución contra estas formas de sociabilidad en las que no participa:
 
Yo, que comprendo lo irresistible de la tendencia, no concibo el afán de estos seres por reunir en una publicidad mutua sus respectivos extravíos. Se puede transigir con la fealdad de todo esto, porque sería cruel machacar, inquisitorialmente, lo que
no tiene remedio.
 
1 En Santa Cruz de Tenerife tenemos testimonios orales de uno de estos lugares en la calle María Cristina. En la redada (entre finales de los años 50 e inicios de los 60) parece que descubren no solo a importantes miembros de la sociedad (un médico y un sacerdote suelen salir mencionados), también un altar en el que se celebraban bodas. El escándalo fue importante y durante mucho tiempo se mantuvo el apelativo «Este es de los de María Cristina» para referirse a un homosexual. Incluso se cantaba una copla que algunos ancianos recuerdan aún (Ramos, 2017: 230):
 
Ya llegó el año mariano,
vinieron los cigarrones
y en la calle María Cristina
un nido de maricones.
 
Pero de ello a que se haga una masonería secreta para mostrarse mutuamente sus depravaciones, va un abismo. Esto sí es digno de desprecio (234). De estas gentes en Córdoba los hay a montones. En el ‘proceso del sótano’ había importantes personajes, sobre todo entre la ‘clerigalla’. Yo creo que hasta el obispo es un [...]. Si no, no tendría un secretario como ese Pradilla, del que yo os conté un detalle la otra noche. Ni ese practicante, abogado y concejal, que tiene una influencia tremenda [...]. A todos, lo que se debía hacer, es aplicarles la Ley de Vagos y Maleantes (438).
 

EL ARMARIO DEL IMAGINARIO PAGANO
 
La vivencia interior del Diario se tensa sobre dos conceptos antagónicos: las circunstancias concretas de una España marcada por un nacionalcatolicismo militante enemigo del cuerpo y el placer, en uno de sus extremos; la nostalgia de una edad mítica identificada mayoritariamente con el helenismo y, también, con imágenes arquetípicas de un Sur sensualista, en el otro. Entre estos dos extremos, una sincera religiosidad de raíces cristianas, atormentada entre la belleza de sus manifestaciones y el silencio de Dios. Pero también una pulsión pederástica contradictoriamente vivida: momentos de exaltación erótica plenamente asumida y momentos de hundimiento moral por las consecuencias públicas de su pasión por los adolescentes («No bastaba el ímpetu de la sensualidad para romper lo que la educación y la moral habían inculcado en mi alma»).
 
La pederastia entendida al modo de la paideia griega es una de las tradiciones más importantes en la historia de la homosexualidad occidental y muy difícil de abordar fuera de cierto esteticismo culturalista (Scherer y Hocquenghem, 1979); así los ejemplos literarios contemporáneos basculan entre su criminalización o patologización divorciándola de cualquier relación con la homosexualidad o el tratamiento romántico al platónico modo dentro de los límites de lo políticamente correcto (Ramos, 2016). Sin embargo, su presencia, más allá de programas artísticos y retóricos, es innegable en el imaginario homosexual (Halperin, 1990). Entre finales del siglo xix y principios del xx esta variante de la homosexualidad masculina conocerá dos versiones literarias de representación del pederasta que serán decisivas para las representaciones ficcionales contemporáneas (Robb, 2012):
 
a)      Proust y su noción de «raza maldita» para la homosexualidad en general que incluye la pulsión pederástica. Muchos de los personajes homosexuales adultos de clase alta que pululan por su obra establecen relaciones con jóvenes de clase social inferior dentro de un juego de dependencias mutuas (relaciones por dinero o posición). El tratamiento de Proust fluctúa entre la curiosidad entomológica y la censura moral pese a que toda su obra ha dado lugar a una de las estrategias de armario literario más relevantes, la estrategia Albertine (cambiar el sexo del personaje para evitar el desvelamiento de la homosexualidad del autor), que Bernier recoge en su Diario aludiendo a su propia obra poética:
           Nota, 1930. Después, poco después, me di cuenta, leyendo a Pierre Louÿs,            que él cambiaría el sexo, no indicado, de los personajes en este poema mío, por si   acaso [...]. El autor de Les Chansons de Bilitis me resultó un Gide enmascarado, con preferencias análogas a las del autor de L’inmoraliste. Yo creo que el temor a sí mismo le hizo romper con Gide (54).
 
b)     Gide y su «amor griego» se coloca en las antípodas de Proust. No solo no oculta sus preferencias pederásticas, sino que hace de ellas una pública opción personal, intelectual y artística en ensayos, novelas y textos biográficos. Hoy en día resultaría problemático premiar con un Nobel (el del año 1947) a un autor aclamado por una obra construida sobre la apología del amor pederástico homosexual. El texto que generó más polémica en el ámbito occidental fue su actualización del diálogo socrático en su pequeño ensayo Corydon. Prologada la versión española con un jocoso «Diálogo antisocrático» por Gregorio Marañón en 1929, la influencia de Gide será detectable en autores como Luis Cernuda y alcanza su máxima expresión en la obra del escritor alicantino Juan Gil-Albert, cuyo Heraclés. Sobre una manera de ser (escrito en 1955 y publicado, por razones obvias, en 1975) es una de las más bellas y reflexionadas defensas del conocido como «amor griego».
 
Aunque Gide será el que dé voz al deseo pederástico de Bernier, en las fases en las que se confronta este deseo con sus creencias cristianas surge el fantasma de la percepción negativa proustiana. Sin embargo, es Gide el mentor intelectual de Bernier:
 
Presente en mis lecturas, Gide, como todo artista, es capaz de embellecer en papel, incluso lo más repugnante [...]. El cieno que yo creo en estas figuras de adultos –el viejo abogado, el anciano teniente coronel, el abate sexy, el conquistador barrendero, o el albañil triunfador en sus búsquedas–, ese cieno, digo, es sólo un calificativo empleado por mí, porque ese mundo me repugna; pero cuando veo la realidad de estos casi ángeles seducidos, compruebo que estas pequeñas estatuas de carne y belleza no sienten en absoluto repugnancia en acariciar o ser acariciados por aquellos seres que me merecen repugnancia. Y lo digo, desgraciadamente, porque para mí este amor sólo es bello entre estos seres, parejas infantiles o adolescentes que, muchas veces, descubro también se entregan unos a otros. Parejas que me llenan de envidia y de decepción al tiempo, porque no puedo participar en su mundo, aunque ellos me atraigan por su belleza o, incluso, con su entrega. Su mundo no es el mío, pero ¡qué bello es ese amor cuando nos toca, aunque sea levemente, cuando sale de su cauce natural y nos toca espiritual o táctilmente!
 
Sólo el amor hacia esos seres incontaminados tiene para mí un atractivo. Los hombres que los buscamos no podemos, sin embargo, considerar bello ni puro un amor en que uno de los participantes, acaso yo mismo, somos la fealdad, la impureza, algo así como un ogro que acaricia, en un acto entre bestial y ridículo, una ingenuidad, una desnudez, una pureza perfecta, que se nos entrega. ¡Cierto es que, aunque no hagamos sino acariciar, se trata, a pesar de todo, de un sadismo, aperitivo siempre del acto sexual! (365-366).
 
Lo más destacable del caso de Bernier es que en ningún momento pretende embellecer artificiosamente su pasión por los jóvenes:
 
[En una verbena] Como el que va a cometer un crimen, observo la soledad suya, la indecisión de sus pasos que no tienen sino el rumbo de ver la ruta de la curiosidad. Estoy cerca un momento. Es un muchacho humilde que no se confunde, sin embargo, con los abundantes desarrapados. ¿Qué es lo que me llama y me oprime el pecho? La belleza no destaca en sus rasgos, ni la finura que muchas veces nos penetra de adivinados exquisitos bocados. Son sus años, solamente sus años, que están en el punto álgido de la pubertad los que atraen [...]. No hay palabras. En las sombras, sólo nosotros sabemos cuál es nuestro placer, de qué forma se viste nuestro deseo... (226).
 
Si sus referencias se mueven dentro del campo de la tópica pederástica canónica (autores como Sócrates, Virgilio, la poesía griega, Petronio, Luciano de Samosata, Cellini...; y personajes como Gitón, Lysis, Ganímedes, Chraricles) vinculadas al conocido, desde el Renacimiento, como Eros Socrático, no hay intención en el poeta cordobés de usarlos como argumentos de autoridad justificativo. Por el contrario, sus jóvenes remiten a este pasado por mero juego retórico de semejanzas, no para marcar genealogías del deseo. Por ejemplo, tras narrar la primera experiencia sexual con su hermano, siendo adolescentes, escribe:
 
Y con el tiempo me consideré imbécil y cretino por rechazar, por una falsa moral, aquella corriente vital que a los dos nos pedía el beso y el abrazo... y acostarse juntos como en Dafnis y Cloé... (61).
 
Por otro lado, tampoco le interesa desarrollar algunos de los mitemas relacionados con este tipo de relación pedagógica en la literatura homosexual europea: la relación maestro-discípulo (Stefan Zweig y su Confusión de sentimientos), la mistificada educación espartana (Stefan George y el círculo de la «Alemania secreta»), los amores de resonancias arcádicas (Maurice de E.M. Forster) o la iconografía literaturizada de Von Gloeden. En Bernier (como en su maestro Gide), los cuerpos, en su materialidad absoluta, ocupan un espacio de plenitud erótica que el imaginario pederástico idealizante suele escamotear, trascendiendo lo sensual en mero signo de una vivencia más pura, más espiritual, menos manchada del vulgar barro de la carne.
 
Benier obliga a cambiar la dirección del proceso de ascenso platónico: la belleza solo tiene valor en el disfrute concreto de los cuerpos, no en la contemplación de estos:
 
2 enero 1942. Hablé ya de un muchacho de piel marfileña, ojos y pestañas negras, como si hubiese escapado del pincel de Boticcelli. A través de las frecuentes visiones, he seguido su floración tranquila desde los doces años hasta los que ahora tiene, catorce, acaso; despertar de la carne –¡y qué carne!– teñida de magnolia, suave como la de Lysis envidiado e indiferente. Hoy, con una resolución instantánea, le sigo (289).
 
En este breve fragmento se dan cita muchos de los mecanismos que actúan en los cortejos de Bernier: la idea de la mirada sobre el sujeto deseado y su persecución, la espera hasta cierta edad como en las míticas relaciones entre el Erastes y Eromeno de la pederastia educativa griega, el engarce de todo el proceso en un marco culturalista y, finalmente, el rapto simbólico del discípulo: en alguna ocasión utiliza esta imagen para sus persecuciones en los jardines. En un largo fragmento de 1941 (277-279) en el que narra cómo logra arrebatar a un «muchacho de casi quince años, de pantalón corto, vestido si no con elegancia, con pulcritud» a otro perseguidor más anciano, Bernier lo titula «Rapto».
 
Aunque, como señalábamos en el anterior epígrafe, esta fantasmagoría solo se activa con los jóvenes de su clase social. Pero su deseo también se moviliza ante los cuerpos juveniles de menor categoría y de ahí que junto a la referencia helena, Bernier recurra a otra evocación también habitual en la tradición homosexual, la de los países exóticos o alejados de las constricciones europeas para incluir a los que rara vez podrán entrar en su particular panteón de efebos pudientes (con claras reminiscencias arcádicas, incluso en sus eyaculaciones: «De su talle erecto se derramó el néctar blanco de la caricia, ya no tan solitaria» [228]).
 
Encontrará en el sur de Europa un polo complementario a esta fuente bucó- lica griega. Su experiencia del Sur (con claras connotaciones coloniales como ocurre con el propio Gide y su visión de los jóvenes argelinos) comienza con su estancia en Melilla y el recuerdo de sus primeras experiencias sexuales de adulto con chaperos de los muelles aparece de manera periódica cada vez que sufre una crisis contra la hipocresía sexual y social que le rodea:
 
Desde África estaba decidido. Había respirado su atmósfera libre de moral y prejuicios. Aquellos muchachos pervertidos que yo solamente deseé, indiferentes a las formas, atentos sólo a la voluptuosidad, me decían más de lo que yo por mí podría haber pensado: que no era tan difícil, tan irrealizable ese deseo perseguido por el ridículo, la ley y la masa [...]. No saqué de allí sino la decisión: vivir de acuerdo con los deseos y la carne [...]. «La naturaleza manda. Obedece.» Y al obedecer, la vida ha cambiado para mí. Los tormentos íntimos, las crisis, el pesimismo cesaron. Una estabilidad espiritual apareció por vez primera. Deseé vivir, y al vivir hallé los obstáculos más imaginados que reales. Sobre todo, saber que no estaba solo. Que sin pasar por los seres sumidos en la ambigüedad y el cinismo, se podía buscar la belleza sin decadencias, una sana y viril belleza (199-201).
 
Pero ese Sur, en ocasiones, se superpone a la ciudad de Córdoba, cuyo tamaño medio evitaba el peligro de una comunidad pequeña y la deshumanización de las ciudades:
 
Después, a lo largo de todo mi camino, Córdoba es griega con sus «ephebos», sus adolescentes de colores de sangre, tan diferentes de las deformidades granadinas de matices envejecidos, precozmente entregados al vico o la enfermedad [...]
 
Creo que en los campos y en las grandes ciudades se marchitan prontamente la belleza natural, la belleza independiente de las variaciones individuales, paralela a cada edad de la vida. El trabajo, el vicio, caen sobre los cuerpos y los jóvenes parecen envejecidos, «fuera de su tiempo», aplanado por los excesos o las miserias y el dinamismo de las grandes urbes.
 
Pero en las pequeñas ciudades provincianas como esta Córdoba amada, con su tranquilidad, su vida burguesa y familiar, y donde domina la clase media, la juventud es verdadera juventud [...] esta delicadeza de los cuerpos crecidos libremente sin otra influencia que su fuerza íntima, su naturalidad (275-277).
 
Otro aspecto importante de cómo construye su armario helenizante es su negativa hacia modelos de sociabilidad con personas que pudieran compartir esta forma de leer la experiencia pederástica (proselitismo, según él):
 
La familia, los amigos, la opinión difusa y omnipotente. El golpe es terrible. Antes de la guerra me habría suicidado. No hubiera podido resistir un acontecimiento tan feroz sobre una vida sin mancha pendiente de lo externo y de lo público. Hoy no. No ha pasado esto por mi pensamiento. Y nada más lejos de mí de ser un cínico. Siempre pequé de lo contrario, luché siempre contra lo que hace a tantos hombres desgraciados, hasta conformarme con la realidad y comprender, sin escrúpulo, mi naturaleza. De esto a proselitar hay un abismo; no quiero, no, que los demás sean como yo (200).
 
Solo en algunos momentos parece descubrir cierta complicidad en aquellos que luego compartirán con él la fundación del grupo poético:
 
Damos clase Ricardo Molina y yo en esta academia privada, situada en la avenida del Gran Capitán, a muchos alumnos adolescentes de una hermosura incitante, incitante digo, porque no a mí, sino a Ricardo, estos alumnos le hacen el juego de dejarse querer, para ver a dónde llega en su confianza y entrega (466).
 
Bromas sobre Aumente y su gusto: «Tiene –dice P.– una verdadera pasión, que debemos estimar platónica, por T. [Titi, un adolescente de buena familia] Quiere llevarle por el buen camino, ser una especia de mentor, a estilo espartano. Todo el día pendiente de este muchacho de pantalón de golf...» (332).
 
Molina ha descubierto el sabor misterioso y perverso de los jardines en la sombra guiado por mí. Su inspiración poética capta enseguida el contraste entre la pureza diurna de pasos infantiles, de tiernos e inocentes juegos, y este nocturno bullir de figuras solitarias, de parejas en los bancos, de lujuria latente... (333).
 
Como podemos observar, tanto el armario de clase como el pagano se retroalimentan para intentar armonizar su deseo con la tranquilizadora apariencia de que lo que realiza es una labor necesaria, terapéutica: ayudar a estos jóvenes que empiezan a sentir curiosidad sexual a «iniciarse» para luego normalizarse con la edad en la vida heterosexual. Estos chicos son los que él llama «tránsfugas sexuales» y a los que dedica muchas páginas, como esta idílica evocación de amores adolescentes interclasistas:
 
M.X. no goza ahora sino con gastadas hermosuras femeninas. Hasta los quince años, gozó con sus amigos. En fin, he visto hoy el encuentro de dos honrados padres de familia. El mayor, criado campesino robusto y fuerte; el otro, fino y delicado, pero viril. Las horas de soledad en el campo, diecisiete y quince años, conocieron voluptuosidades mutuas. Ahora, a pesar de los psiquiatras, son mucho más normales que López Ibor y hasta Castilla del Pino (341-342).
 
La referencia a los psiquiatras López Ibor o Castilla del Pino es posible que sean añadidos posteriores del autor, pues en este momento los trabajos de estos psiquiatras no eran todavía populares (por lo menos en el segundo caso). Pero sí es posible que la lectura de clásicos de la psiquiatría para intentar dilucidar cientí- ficamente su especificidad sexual fuera parte de la construcción de este armario. Además de citar a Adler y Freud, tenemos dos fragmentos reveladores de esta tarea de documentación:
 
Ni el padre, ni la madre, ni la sombra negra del saber. El mal infalible, que tiene polla, que tiene semen que se derrama en orgasmos, calla y obra. Y su fuerza, sus manos usadas, han llegado a creer que los otros tienen razón, que es lodo lo que hay entre sus piernas.
 
Los grandes perseguidores de la sexualidad juvenil, sexualidad corriente y normal en el paganismo y el catolicismo antes del siglo xix, han sido los movimientos protestantes y el puritanismo victoriano, que no son más que la aplicación de las más sangrientas corrientes del sadismo contra el goce ajeno, en nombre de una virtud falsamente cristiana, hipócrita cultivo del no y la prohibición [...]. En el mundo moderno occidental y cristiano se ha olvidado completamente que los hombres han nacido niños, aunque con un órgano sexual que funciona más o menos desde el nacimiento. Pero la moral católica no sabe, o no quiere saber, que no hay persona humana sin esos primeros y tan humanos deseos de uno a otro (497).
 
Creo que Freud ha contribuido a la aplicación al niño de criterios reprobatorios y represivos, al señalarlo como un ser «polimórficamente perverso». A todo sujeto, a todos nosotros, se le insiste en borrar su estado natural, que es el de sus instintos vivamente sensitivos. Con más o menos frecuencia se producen caídas hacia actos indiferenciados cuyo móvil es el placer. Esta época, la niñez y la pubertad, están abiertas al hálito penetrante de la lujuria (363).
 
La homofobia de este armario reside en rechazar la homosexualidad entre adultos (generalmente calificada como cínica) y la de los otros pederastas porque no están imbuidos de esta entelequia entre espartana y orientalista creada a medida bajo el patrón principal del Gide más radical, junto a los idilios grecolatinos, las evocaciones orientalistas, retazos del eros socrático, un poco de freudismo de salón, una mitomanía nietzscheana sobre aristocracia del espíritu y todo ello materializado con una impulsividad excitada y envalentonada en muchas circunstancias por el alcohol. Contra esta estampa de virilidad pederástica griega, Bernier reúne en la figura del vampiro todos los rasgos negativos de la proustiana raza maldita del resto de los homosexuales (como aquel sacamantecas con el que le asustaban de pequeño):
 
[En un cine durante la narración de su infancia] Pero también veo a quienes roe secretamente mi interés por los chiquillos que estamos dentro, unos adultos, los «saca-mantecas», de quien nos dicen debemos huir, pues matan, descuartizan y chupan la sangre a los niños... (51).
 
Es el pequeño del otro día, pinche del bar Playa, aquel de trece años, ya sensual y cogido en la red de la voluptuosidad que ha adivinado los sitios propicios. Y esta noche exige –como siempre– una caricia extraña de vampiro... (448).
 
Cuando salgo, las once marcan el imperio oscuro de la lujuria. Atravieso rápido el parque y quedo allí. Hay tres niños de ojos vivos y piel morena. Son tres casi impúberes que recelan y anhelan voluptuosidad desconocida. Con ellos ese albañil esteta, especie de ángel oscuro cuyos ojos, como los de una serpiente, fascinan a estos perdidos pajarillos infantiles. Ellos se dejan acariciar, y los labios de este hombre, que acaba de salir del sanatorio antituberculoso, beben en la carne fresca y joven, no sé si con ansia de placer o de vida (455).
 
[Sobre la lujuria de los religiosos que dirigen su colegio] No es la primera vez que he averiguado, por la indiscreción de los niños, verdaderos casos de vampirismo fálico (493).
 

COROLARIO: EL ARMARIO LITERARIO
 
El Diario se cierra con una última anotación fechada el 31 de diciembre de 1947 y la anterior es del 24 de febrero. Casi un año en el que Bernier no registra nada. Las causas de este silencio pueden ser varias o la conjunción de todas: en primer lugar, el agotamiento del proyecto de inspiración gideana (un síntoma palpable es que ha ido decreciendo la extensión de cada año siendo los años más fecundos los de 1942 y 1943), también la gestación del ilusionante grupo poético Cántico, que perseguía la regeneración literaria de la ciudad y del que Bernier fue uno de los fundadores (la última sección del Diario se titula precisamente «Nace Cántico») y, por último, la presión familiar y la necesidad de un cambio vital. En este último caso tenemos una nota llamativa en el conjunto del Diario, ya que rara es la vez que leemos notas dedicadas a la vida familiar (salvo en la parte de la infancia):
 
Días pasados llegué a casa a las cinco de la mañana. Al levantarme, mamá se quejó de que amargase sus últimos días. No sólo por mí, sino por mi hermano. Yo no dije nada, pero nos llamó perdidos. Ella y papá tiene una angustia tremenda por nosotros y esto es demasiado. Si ellos están amargados, yo también lo estoy. Tengo treinta cinco años y jamás he sido libre (506).
 
También es posible detectar que la aguda tensión y el desasosiego vital que producían sus vivencias en años anteriores se han estetizado quizás producto del tedio o la asunción de su derrota existencial. En años anteriores hay varias alusiones a la tentación, si tuviese una pistola, del suicidio. Este año el sentido del acto ha cambiado:
 
De aquí al café cantante La Perla. Una horrible artista, vestida de rojo. Cargado de vino, nos invita el dueño del recién inaugurado negocio. Aquí están los amigos. Bebemos. Al salir estamos muy mareados. Pido la pistola a Paco, para suicidarme. «No eres capaz». Paco no sabe que si me la da, lo hubiera hecho. Soy capaz de suicidarme por capricho, pero no por decisión (507).
 
Sustituye a la escritura diarística la poemática. En diciembre de 1948 Bernier publica como plaquete en el tercer número extraordinario de la revista Cántico un conjunto de seis poemas extensos, con reminiscencias salmódicas por el uso del versículo, bajo el título Aquí en la tierra (parte de un verso del poema elegiaco de Luis Cernuda dedicado a Federico García Lorca). No es objeto de este trabajo profundizar en cuestiones literarias, pero sí es necesario hacer un breve balance de algunas afirmaciones críticas sobre la interpretación de la obra tanto de nuestro autor como de sus compañeros de promoción poética (fundamentalmente Pablo García Baena, Ricardo Molina y Julio Aumente). En su clásico estudio sobre el grupo cordobés, Guillermo Carnero (2008) estableció la lectura canónica (la primera edición de su estudio es de 1976) de su producción.
 
Aunque hay diferencias obvias de sensibilidad y temas entre cada uno, para Carnero algunas claves aúnan su producción como colectivo: el existencialismo religioso, conjugación de preocupaciones sociales y recuperación de cierto clasicismo de raíz garcilasista (entendida a veces como signo de escapismo) y un intento de rehumanización de la posguerra. En esa línea, García Florido (2011) introduce un concepto con el que persigue aunar la preocupación principal de la poesía de Bernier: «compasión pagana». En ningún momento la homosexualidad de Bernier o sus compañeros de grupo aparece salvo con los consabidos sintagmas ambiguos sobre una sexualidad problemática.
 
Sin ánimo de polemizar con estos especialistas, la publicación del Diario introduce una perspectiva novedosa con respecto a este paganismo que los caracteriza. El núcleo esencial del grupo compartía con Bernier su interés por los adolescentes: Baena, Molina y Aumente aparecen en muchas páginas del Diario, bien con sus iniciales, bien con sus nombres completos. Si seguimos temporalmente el desarrollo de su amistad, se ve claramente que los inicios del grupo son las confidencias e intereses tanto literarios como sexuales.
 
Esta peculiar «salida del armario» colectiva podría ayudar a recalibrar el uso de la imaginería pagana por parte de estos poetas y también a profundizar en las estrategias del armario literario en la literatura espa- ñola a modo de estrategia Albertine proustiana sui géneris (en el segundo tomo de su autobiografía Dorados días de sol y noche, el poeta Luis Antonio de Villena [2017] cita encuentros y noticias sobre algunos miembros del grupo en los que se asistimos a la evolución individual de esta pasión pederástica).
 
En el caso concreto de Bernier, algunos de los poemas de Aquí en la tierra adquieren una densidad mayor si tenemos en cuenta el telón de fondo vivencial íntimo de su palabra pública. El primer poema, del que se citaba noticia en el Diario en 1940, es quizás el más cercano temáticamente a las experiencias de Bernier. Pero un análisis comparativo de las imágenes del resto de los poemas y los episodios alternos de «caída y redención» con el alcohol, los adolescentes y las aspiraciones religiosas permite lanzar una afirmación algo arriesgada que solo apuntamos: las contradicciones interiores del Diario se metamorfosean en la tensa lucha entre un mundo indiferente de clases que vampirizan a los desfavorecidos en el contexto de una Córdoba nocturna hostil; los parques y jardines son campos de batalla entre una realidad de pacatería católica y la hirviente vida de un subsuelo de raíces paganas; los adolescentes que cruza en las calles son ahora femeninas («Miro, ansiosamente miro/ el oscuro azul que estrecha la piel tibia y rosada de las adolescentes»), e incluso, el poema «Interrogación», considerado como «oración» de honda angustia religiosa, remite en su parte central a un acto de onanismo.
 
Todas estas posibles lecturas no son contradictorias entre sí y, por supuesto, no devalúan el altísimo valor literario de su obra. Pero sí nos ayudan a conocer de primera mano cómo la homosexualidad masculina tuvo que articular variados sistemas de encriptamiento textual y vital (los armarios) para sobrevivir contra la violencia cotidiana; y en el caso concreto de Bernier, la desnuda sinceridad con la que afrontó sus vivencias pederásticas. De ahí el sentido de este último fragmento del Diario a modo de apelación al posible escandalizado lector:
 
Por otra parte, a cada uno de los que moralizan y se asombran de las cosas que aquí se cuentan, yo les diría, un poco en silencio: porque usted por el momento está en el papel de un hombre de altura, abstraído de opiniones e ideas preconcebidas que pesan sobre su pensamiento, plantéese usted en lo que, en católico, se llama un «examen de conciencia». A lo largo del corto curso de nuestra vida, pase usted los ojos diciendo: «yo creo mi conducta limpia... pero, ¿ha habido algo en mi pensamiento, algo que, ahora, con mi sentido moral, pudiera juzgar como excepcional?». Yo os aseguro que usted encontraría no sólo un caso, sino más de uno. Solamente que usted más o menos tarde, o bien nunca, habrá reprimido o apartado de su conciencia el extravío amenazante siempre por el pensamiento... Y usted y yo llegaremos a la coincidencia –no tenga miedo– de que en definitiva pensamos, hablamos o escribimos, solo para justificar nuestras caídas, mentales o reales (257).
 
Recibido: 6-4-2018; aceptado: 21-6-18
 
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