LAS
AMISTADES PARTICULARES
El
21 de abril se cumplen cien años del aniversario de la muerte de Mark Twain,
narrador fundante de la ficción americana y de aquellos relatos de aventuras
protagonizados por muchachos adolescentes que sueñan con ser bandidos, fundirse
con la naturaleza y vagabundear juntos y sin mujeres. A modo de homenaje va
este repaso por esas cofradías armadas a base de músculos y testosterona que
tanto alimentaron las imaginaciones machistas y tanto alimentaron también las
fantasías homoeróticas de generaciones de jóvenes de los últimos siglos.
Por Adrián Melo
16
de abril de 2010
I.
Escenas imborrables
En
su autobiografía denominada Palimpsesto. Una memoria (1995), Gore Vidal relata
que después de ver el film Príncipe y mendigo en su versión de 1937, con los
adorables gemelos de doce años Bobby y Billy Mauch, experimentó una sensación
de placer que posteriormente asimiló a sus primeras experiencias sobre el
despertar de la sexualidad y el amor.
Como
en la novela de Mark Twain, en la película, el príncipe y el mendigo
intercambian sus ropas —al igual que Aquiles y Patroclo, que David y Jonatan— y
los papeles de su vida. Desde que vio esa escena, cree Vidal, comenzó a buscar
a su amante idéntico, aquel que fuera su otra mitad tal como lo describe
Aristófanes en el Banquete de Platón: “Cuando este muchacho enamorado es lo
suficientemente afortunado como para hallar a su otra mitad, ambos quedan tan
intoxicados de afecto, de amistad y de amor, que no pueden soportar el verse
separados del otro por un solo instante... aunque no encuentren el modo de
explicar qué es lo que en realidad desean el uno del otro, y de hecho el placer
puramente sexual de su amistad apenas justifica el inmenso deleite que su mutua
compañía suscita”.
Si
escribiera mi autobiografía debería también hacer una cita para Mark Twain. A
mediados de la década del ’80 proyectaron en la televisión argentina una
miniserie de 26 capítulos basada en dos libros de Mark Twain: Las aventuras de
Tom Sawyer (1876) y Aventuras de Huckleberry Finn (1884). La serie en cuestión
era una coproducción de origen alemán-canadiense y se llamaba Huckleberry Finn
and his Friends. Estaba protagonizada por un adolescente llamado Ian Tracey que
sonreía espléndidamente. Nunca más la volvieron a pasar.
Hay
dos momentos de la serie que quiero recordar. En el capítulo VI, Huck, Tom y
otro amigo se bañaban completamente desnudos en el río. Una toma alejada
perfilaba la sensualidad de los cuerpos juveniles y la redondez bien formada de
las nalgas de Huck antes de arrojarse al agua. Luego, los tres chapoteaban
divertidos. Lo bucólico de la edénica e inocente escena no lograba ocultar su
intenso erotismo. De hecho, las imágenes no diferían demasiado de ciertas
fotografías que se erigieron en fundantes de la tradición homoerótica: la de
los efebos fotografiados por Wilhem von Gloeden en Taormina o la de la serie
Swimming de Thomas Eakins.
El
otro momento es el capítulo final. En la última escena, los tres personajes
principales –Huck, Tom Sawyer y el negro Jim– deciden, después de atravesar
divertidas y peligrosas experiencias y hallarse en el dulce hogar, escapar
juntos en cuanto puedan e ir en busca de nuevas aventuras.
Recuerdo
todavía el goce que me produjo ese final. Esa comunidad de hombres –dos
bellezas rubias y un negrazo– sellando el pacto con un triple apretón de manos,
riendo alegremente y soñando juntos con una vida de camaradería masculina que
hubiese sido la utopía de Walt Whitman.
II.
Felices juntos
Pocas
personas que hayamos leído Las aventuras de Tom Sawyer o Huck Finn en la niñez
podemos sustraernos al encanto y la frescura de sus páginas. Twain supo narrar
una verdadera épica de la adolescencia y de las potencialidades, e infinitas
posibilidades de la juventud. Encarnando la metáfora de la libertad y la
rebeldía, allí están Tom y Huck que prefieren mil veces vivir de vagabundos,
haciendo incontables proyectos descabellados, que sometidos a la disciplina de
la civilización.
En
sendas novelas de Twain, tanto Tom Sawyer como Huck Finn se hacen pasar por
muertos y adquieren nuevas identidades y una nueva vida, y escapan de la vida
cómoda y obediente que les ofrecían sus tías o viudas bondadosas. Huck, el
huérfano que no se deja adoptar, elige estar con poca ropa o vestido de
andrajos, a su aire y contento. En la novela que lleva su nombre, sus instantes
de mayor felicidad son cuando huye con el negro Jim en una embarcación. Tiene
una balsa propia y un amigo, todo lo que hay que tener. Los muchachos duermen y
velan a su gusto. Disfrutan del agradable calor del verano en el bajo
Mississippi y consiguen alimentos mediante la pesca o robando, a lo largo de la
costa. El clímax es expresado por Huck en un momento de la novela:
Navegábamos
de noche por el monstruoso río que en algunos sitios tiene milla y media de
ancho y, durante el día, descansábamos en tierra. En cuanto empezaba a amanecer
amarrábamos la balsa a un arbusto de la orilla y la ocultábamos con ramas de
sauce y algodones. Echábamos las líneas, nos dábamos un magnífico baño, nos
sentábamos a la orilla y esperábamos ver amanecer.
En
Tom Sawyer en el extranjero, Tom, Huck y Jim viajan en globo a través del
océano, el Sahara y Egipto. En iguales términos, Huck, el narrador, expresa su
emoción de estar alejados del mundo y rodeado sólo por sus dos amigos:
Nos
estábamos acostumbrando al globo; el temor había desaparecido por completo y no
queríamos estar en otra parte... Aquí arriba, en el cielo, todo era tranquilo y
encantador, bajo la luz del sol, satisfecho de comer y dormir, rodeado de cosas
extrañas para ver sin que nadie me molestara y sin tener que soportar gente
antipática. Vivíamos los tres en vacaciones permanentes. De ninguna manera
teníamos prisa por abandonar este paraíso y volver a la civilización.
Frente
a la libertad y a la plenitud tranquila que los muchachos de las novelas de
Twain suelen encontrar cuando se hallan juntos ideando desmesuras, las mujeres
representan la obediencia, la trampa de lo sedentario y lo doméstico, cuya
expresión final es el matrimonio.
Tanto
Príncipe y mendigo como Tom Sawyer y Huck Finn pueden inscribirse asimismo en
los llamados bildungsroman o novelas de educación. En ellas, generalmente, un
joven varón realiza un viaje iniciático que, como todos los viajes, es también
un viaje al interior de uno mismo. Es un viaje que constituye la primera salida
al mundo y que, heredero de la hermenéutica del renacimiento, permite
convertirse en “lo que se es”, es decir, en el mejor de los casos, en un
hombre. Así, en Príncipe y mendigo, el intercambio de ropas con el mendigo Tom
y su descenso al submundo de los pobres es el que posibilita al príncipe
convertirse en un monarca sabio y compasivo, en Eduardo VI.
Convertirse
en hombre y en un adulto, adquirir los valores propios de la masculinidad
precisa del alejarse de las “faldas” de las mujeres y por lo tanto del hogar.
Guardando algunas semejanzas con los ritos de iniciación propias de la
pederastia, este viaje se hace en compañía muchas veces de un hombre mayor o de
un amigo.
III.
Amigos para la aventura
En
el principio de las ficciones fundacionales norteamericanas, como en la mayoría
de las novelas épicas o de aventuras, sólo están los hombres. La aventura es
una forma de vida que pone en juego virtudes que se suponen esencialmente
masculinas como la fuerza, la valentía y el coraje, y por ello está vedada a
las mujeres que, por otra parte, siguiendo la misma lógica androcéntrica, deben
relegar su vida al campo de lo doméstico.
Por
otra parte, en momentos clave de creación de los mitos fundantes de los
Estados-Nación modernos se hace necesaria la aparición de héroes masculinos que
resignifiquen la idea de la política como cosa de hombres y las bases de la
dominación masculina. Las novelas que fueron un verdadero boom para la
burguesía del siglo XIX cumplieron muchas veces esa función.
Partiendo
de esos supuestos, la narrativa norteamericana nace con ese pecado original que
imprime ciertas características a la literatura de aventuras norteamericana y a
la manera en que son descriptas las relaciones entre los hombres. Por un lado,
esas ficciones creaban héroes exclusivamente masculinos y que exageraban hasta
el paroxismo las virtudes corporales de músculos, vellos y fuerza, y la
valentía frente al peligro. Por otro lado, al excluir muchas veces a las
mujeres de los relatos –u otorgarles un papel meramente decorativo– fue preciso
darle un contenido y unas características particulares a las únicas relaciones
afectivas posibles, es decir entre hombres, pero que no pusieran en tela de
juicio valores tales como la masculinidad y la hombría. En ese sentido, puede
entenderse el particular homoerotismo presente en las primeras ficciones
americanas.
No
sólo nos referimos al poeta Walt Whitman y su utopía del amor de los camaradas
que se bañan juntos, sino, también, a la recurrencia de las novelas de hombres
sin mujeres y las intensas amistades masculinas en la narrativa de James
Fenimore Cooper, Hermann Melville, Nathaniel Hawthorne y Mark Twain, entre
otros.
Así,
Cooper, considerado el creador de la épica norteamericana, intenta en El último
de los mohicanos (1826) dar a su país el fundamento mítico de que aquél
carecía, en su condición de nación recién formada. Para ello recrea un héroe
que reúne las mejores virtudes del pionero, el cazador, el vaquero y otros
personajes que marchan hacia el Oeste: Natty Bumpo. Pero la historia de El
último de los mohicanos es también la historia de una amistad pasional: la de
Natty Bumpo y el indio Chingachgook. Uno es el espejo del otro.
La
amorosa relación entre el blanco huido de la sociedad y el salvaje de piel
oscura que se unen hasta que la muerte los separe simboliza la posibilidad de
una nación entre los nativos puros y los blancos puros. En su influyente obra
titulada Love and Death in the American Novel, Leslie Fiedler, Fiedler describe
esa amistad como una de las maneras paradigmáticas en que van a definirse las
relaciones entre hombres en la narrativa americana: un “inmaculado matrimonio
de hombres, sin sexo y puro”.
El
esquema que inaugura Cooper se repetirá hasta el cansancio en incontables
películas masculinas de westerns. Dos ejemplos paradigmáticos que suelen ser
citados son la relación de amor-odio-obsesión que sienten entre sí los
personajes de John Wayne y Montgmery Clift en Río Rojo (Hawks, 1948) y sobre
todo Paul Newman y Robert Redford, que eligen vivir y morir juntos en Butch
Cassidy and the Sundance Kid (Hill, 1969) y que permanecen impasibles a la
belleza de Katherine Ross.
En
otra novela fundacional, Moby Dick, de Melville, no sólo destacan las obsesivas
descripciones de marineros viriles, de cuerpos musculosos y tatuados en una
comunidad de hombres que parece no precisar de mujeres, sino también la intensa
amistad hasta la muerte entre los personajes Ismael y el arponero Queequeg.
Amistad no exenta de celos, besos y abrazos. En la novela, los amigos se
acarician y duermen juntos, uno en brazos del otro y el narrador no titubea en
compararlos como un “amante matrimonio” y caracterizarlos como una “tierna
pareja amorosa”. Melville estrena con sus novelas de marineros toda una
imaginaria homoerótica que tendrá larga vida hasta el presente.
En
su análisis de la narrativa de las aventuras de Mark Twain, Fiedler se apresura
en señalar: “En nuestro imaginario nacional, dos niños pecosos cogidos del
brazo, con cañas de pescar al hombro, caminan hacia el río; o bien uno de ellos
se desliza tranquilamente en una balsa sobre sus aguas, en compañía de un negro
cimarrón. Han dejado, lo sabemos, a la tía Polly y a la tía Sally y a la viuda
Douglas y a la señorita Watson y a la rubia Becky Thatcher también, a los
repetidos símbolos de la civilización”.
El
mismo Fiedler se pregunta por qué a los lectores del siglo XIX les interesa una
literatura que tan a menudo está próxima a aceptar la homosexualidad masculina.
Su hipótesis es que el rechazo tan fuerte a la sodomía y la inversión masculina
de ese mismo siglo derivó en una literatura que consagra los lazos libidinales
y las amistades entre hombres como inocentes, no sujetas a la lujuria y más
allá de todo reproche. Es lo que más tarde Eve Kosofsky Sedwick va a llamar
homosociabilidad.
Con
ese concepto se refiere a la forma que encuentran las sociedades modernas de
Occidente para describir los lazos afectivos masculinos: posicionándose contra
la pasión/deseo por los del mismo sexo. El deseo homosocial masculino es un
modo de regular las prácticas afectivas entre hombres y también de subrayar la
forma en que las relaciones masculinas se organizan dentro del sistema
patriarcal.
Esta
visión de las relaciones entre hombres dominará asimismo el campo
cinematográfico durante gran parte del siglo XX. Para dar cuentas de esta
perdurabilidad basta citar, entre incontables ejemplos, la versión de 1950 de
otro clásico del cine de aventuras, Los caballeros de la tabla redonda (Richard
Thorpe), basada en la leyenda del rey Arturo. En el film, el caballero Lancelot
(Robert Taylor) busca a “su hombre”, el rey Arturo, por los campos de toda
Inglaterra, para conocerle y entregarle su vida y su corazón.
Luego
de atravesar una batalla juntos, Lancelot y Arturo se juran amistad eterna y
hasta intercambian anillos. Siguiendo el esquema clásico del llamado amor
triangular, se enamoran de la misma mujer, la princesa Ginebra (Ava Gardner),
pero ese enamoramiento compartido sólo sirve para afianzar sus propios lazos
afectivos. Cuando el rey Arturo se percate de que su esposa Ginebra está
enamorada y añora a Lancelot, que se halla guerreando, la respuesta del
supuesto desairado marido con respecto al posible amante de su mujer es: “Yo
también lo extraño”.
IV.
Literatura, cine y homoerotismo
Como
señala Alberto Mirá en Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine, al
hablar de literatura o cine y homosexualidad determinados aspectos despreciados
por la tradición científica o textual resultan esenciales para dar con los
sentidos que ciertas historias tienen para ciertos públicos: placeres
sensuales, respuestas eróticas, ironía, risas y lágrimas, opresión y placer.
Situaciones
biográficas como las relatadas –Gore Vidal y sus sensaciones frente a Príncipe
y mendigo; el despertar de algo parecido a mis deseos sensuales frente a los
rizos rubios y la sonrisa encantadora de Huck Finn– no sólo dicen algo sobre
las películas y los libros sino que además no son totalmente intransferibles.
Las individualidades no tienen que ser –y de hecho no son– solipsistas, y
experiencias como las señaladas pueden encontrar eco en otras muchas reacciones
individuales arraigadas en un potencial textual que está presente.
No
se trata de que gran parte de las novelas y las películas de aventuras o las
referidas novelas de Twain sean películas y novelas gays sino que para ciertos
espectadores pueden serlo. De los muchachos de las novelas de Twain puede
decirse lo mismo que de los jóvenes de algunos relatos de Henry James –el Miles
de Otra vuelta de tuerca o el Morgan de El discípulo–: pueden gustarles los
muchachos en un sentido erótico o pueden no gustarles. Pero hay un contenido
eminentemente erótico en esas emociones entre muchachos y un contenido
posiblemente homosexual.
Al
fin y al cabo, nadie puede saber cuál fue el destino y los caminos eróticos de
Tom y Huck. Las novelas de adultos suelen terminar en el matrimonio, pero las
novelas de jóvenes terminan antes de que ellos tomen las decisiones de su vida.
El mismo Twain se encarga de señalarlo al final de Las aventuras de Tom Sawyer:
¿Se
hizo ladrón Tom Sawyer? ¿Qué vida llevó, desde entonces, su amigo Huck?
¿Pudieron, ambos, cumplimentar sus planes? ¿Los desecharon, por el contrario,
resignándose los dos a una vida fácil, sin complicaciones?
Tal
vez algún día resulte interesante reanudar la historia de los más jóvenes, y
saber en qué clase de hombres y de mujeres se convirtieron a través de los
años.
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