“LOS MONEDEROS FALSOS DE GIDE ME HICIERON VELAR HASTA LAS HORAS DE LA MADRUGADA”

EL FÍSICO DEL AMOR: EL DIARIO DE JUAN BERNIER
 
Fragmento de Imaginarios efébicos frente a la vergüenza: Gide en los diarios de Ricardo Molina y Juan Bernier de José Antonio Ramos Arteaga
 
Los diarios de Juan Bernier y Ricardo Molina   
 
Los dos diarios objeto de este trabajo fueron publicados muchos años después de la muerte de sus autores, aunque en circunstancias diferentes: el de Ricardo Molina, fallecido en 1968, se publica en 1990 y es fruto de la ordenación de un conjunto de cuartillas sueltas —que van desde 1937 a 1946— por parte del investigador José María de la Torre. En el caso de Juan Bernier, el autor murió en 1989, pero durante sus últimos años estuvo preparando la edición de la que había adelantado algunas noticias años antes (Bernier Blanco "El diario") pero que recién que completaría su sobrino Juan Antonio Bernier en 2011. El diario de Bernier se inicia en 1918 y termina en 1947, aunque el grueso de las entradas corresponde al lapso que va de 1937 a 1946, exactamente el mismo período que el de Molina. Además de esta azarosa coincidencia de fechas, es posible establecer diálogos en algunas entradas de ambos diarios ante un mismo acontecimiento: la única relación heterosexual de Molina, discusiones sobre literatura o sus vocaciones literarias y religiosas.
 
Las anotaciones diarísticas de Molina entreveran fundamentalmente breves ideas sobre lecturas, audiciones musicales y alusiones a sus procesos creativos. Pocas veces dedica notas a episodios estrictamente personal; su idea de escritura autobiográfica es presentada como colección de impromptus, es decir, piezas breves, ajustadas al instante presente, casi improvisadas, sin vocación de fijar un evento o tiempo concreto (Prieto Roldán 3). Sin embargo, la publicación del diario de Bernier supuso todo un hito en la literatura autobiográfica en la literatura española: por el altísimo grado de elaboración[5]; la exhaustividad y cruda sinceridad con la que aborda sus aventuras sexuales; y, sobre todo, por el valioso testimonio de la represión contra los homosexuales en el primer franquismo, las tácticas de emboscadura social y las consiguientes prácticas clandestinas de homosociabilidad y resistencias (Huard).
 
Este conjunto de comportamientos individuales y colectivos de mantener una forzada discreción ante la hostilidad del ambiente es lo que se conocerá a partir de los años de 1960 como “estar en el armario” o “estar armarizado” (a partir de la palabra inglesa closet). Si en la vida cotidiana estas dinámicas producían efectos negativos como la vergüenza, el aislamiento social o la posibilidad del chantaje (Tin 158-161), en el campo de la literatura y las artes en general generó tematizaciones y estrategias textuales sofisticadas (Kosofsky Sedgwick). Estas lógicas del armario como espacio de supervivencia frente a la política de delación generalizada en el opresivo ambiente de una ciudad de provincia marcada por el sanguinario control de jefes provinciales franquistas, poseían a veces un reverso homofóbico para quienes contaban con el privilegio de pertenecer a una burguesía asentada en la ciudad, protagonista de la vida cultural y social, escasamente molestada por sus debilidades siempre y cuando se mantuviera una discreta compostura.
 
Las negociaciones del deseo homosexual con la realidad circundante por parte de este grupo acomodado a su contexto social (aunque en el caso de Molina, hay un factor de precariedad laboral y económica insoslayable, como deja entender en algún comentario) se realiza de variadas maneras: por relaciones amicales en las que se comparten datos sobre la disponibilidad de los jóvenes y los lugares de ligue (cruising); por su profesión docente (en el caso de Molina y Bernier las confidencias sobre alumnos atractivos); por proyectos artísticos y literarios que ayudan a recrear bajo códigos para iniciados la intencionalidad homoerótica; por último, la sociabilidad de las tertulias, especialmente, la que denominaron “Peña Nómada”, con la que recorrían las tabernas populares y antros nocturnos de Córdoba y en la que muchas veces se iniciaban los contactos con los jóvenes (García Florindo La compasión 43).
 
La mirada de estos “armarios distinguidos”, víctimas del ecosistema represivo, al que se deben amoldar con grandes costes personales y profesionales, no puede evitar reproducir íntima y públicamente los sesgos de clase, identidad, etnicidad y género propios de su origen burgués: los niños y adolescentes pobres, trabajadores o en situación de calle; los afeminados, locas y maricas, los jóvenes marroquíes, gitanos o los campesinos en su éxodo urbano son subestimados, estereotipados o cosificados dentro de un complejo discurso legitimador que se alimenta de múltiples fuentes, y una de las más relevantes será André Gide.
 
De esas fuentes, en primer lugar, se singulariza la tradición clásica: Molina, lector entusiasta de Horacio, al que considera “Valor máximo”, apreciará los ecos en la poesía horaciana de los poetas griegos antiguos, helenísticos y alejandrinos (Molina Diario 33). En Horacio, autor de odas y épodos pederásticos, pero cuya fortuna literaria está más ligada al inocente beatus ille, y, por tanto, autor no sospechoso, Molina logra una particular síntesis entre la moral natural de Gide y la invitación a alejarse del mundanal ruido horaciano. Bernier, por otro lado, parece más inclinado hacia la tradición prosística de Petronio y su Satiricón -la obra más citada en su diario, con ocho alusiones-, los diálogos de Luciano de Samósata (tres alusiones) o la poesía homoerótica andalusí (cinco alusiones).
 
Otras fuentes remiten a la tradición pederástica moderna y contemporánea en la que también se diferencian estos dos autores: Molina prefiere a Whitman (tres alusiones); Bernier al Aretino (tres alusiones) y Huysmans (tres alusiones). Estas diferentes sensibilidades estéticas podrían explicar, en parte, la forma con la que afrontan su deambular erótico y su negociación con el deseo: el retraimiento más especulativo de Molina frente a la osadía de Bernier[6].
 
Sin embargo, como señalábamos, Gide aunará a ambos poetas. El conocimiento de los principales textos gidianos en su lengua original y su circulación en el círculo poético proviene, con toda seguridad, de Molina. En varias anotaciones de su Diario (27, 43, 44) hay referencias a préstamos a los compañeros de tertulia y lecturas en sus ediciones francesas, aunque algunas de sus obras señeras circulaban en traducciones realizadas en España y Argentina (Sur y Losada), por lo que pudieron ser conocidas por sus compañeros de grupo. Por otro lado, la concesión del Premio Nobel a Gide en 1947 supuso un reconocimiento mundial en el momento fundacional del grupo cordobés (en el segundo número de la revista, en diciembre de 1947, Molina lo celebra con palabras laudatorias). No obstante, en 1952, la inclusión de su obra en el Índice de libro prohibidos obstaculizó su circulación bajo el pujante nacionalcatolicismo franquista (Morán 445 y n.).
 
Bernier y Molina abordaron la pederastia de Gide no a modo de rasgo estético de excepcionalidad o abstracto valor culturalista, como muchos de sus especialistas defienden, para evitar lo que los diarios evidencian (García Florindo): el imaginario pederástico de Bernier, Molina, García Baena o Aumente formaba parte de una cultura material del deseo pederástico, en el que los referentes literarios ocupan un espacio de aprendizaje esencial.
 
En el trabajo antes citado de Eribon, el teórico francés hace una afirmación oportuna para abordar este acercamiento a los diarios de Molina y Bernier. Explica que la opresión de la homosexualidad se juega en gran parte en el terreno del lenguaje, por medio del silencio impuesto —“Las cajas negras del discurso”, en feliz metáfora de Foucault- y por ello la literatura tiene una virtud eminentemente pedagógica: enseña a ser uno mismo al sugerir las posibles maneras de inventar la identidad personal (93-94). Ese será el principal valor de estos diarios: su materialidad como “cajas negras del discurso”.
 

El Físico del Amor: el Diario de Juan Bernier
 
En el Diario de Bernier, la presencia de Gide es temprana, según una nota fechada en 1930 (aunque aparece entre los años 1925 y 1927); la última referencia pertenece al penúltimo año recogido (1946). Pese a su extensa impronta en la obra, las alusiones tienen una función muy definida y están estrechamente centradas en la relación problemática de Gide, por un lado, con la tradición pederástica impostadamente heterosexual de un Pierre Louÿs (54) o la mirada homosexual demodé de Proust (487-488); por otro, en forma de osmosis literaturizada entre su estado anímico y experiencias en provincias con las narradas por el escritor francés en sus novelas:
 
Presente en mis lecturas, Gide, como todo artista, es capaz de embellecer, en el papel, incluso lo más repugnante […] Solo el amor hacia esos seres incontaminados tiene para mí atractivo. Los hombres que los buscamos no podemos, sin embargo, considerar ni bello, ni puro un amor en que uno de los participantes, acaso yo mismo, somos la fealdad, la impureza, algo así como un ogro que acaricia, en un acto entre bestial y ridículo, una ingenuidad, una desnudez, una pureza perfecta, que se nos entrega. (365-366) 
 
A diferencia del Diario de Molina, el de Bernier plantea una trayectoria compositiva muy distinta. No estamos ante notas (impromptus), ni siquiera ante un texto mantenido incólume desde su primera escritura: como ha testimoniado la persona que trasladó a ordenador sus páginas, su amigo Antonio Ramos Espejo, director del Diario Córdoba, mientras el autor estuvo ingresado en una residencia de Cruz Roja, bajaban a veces a las librerías de Córdoba para buscar “libros que le sirvieran para enfocar sus memorias”, entre ellos, Gide (Ramos Espejo 310).
 
Así, este texto autobiográfico no solo está compuesto por informaciones contemporáneas al período de escritura, sino que existe una elaboración al final de sus días como quien prepara, comenta y hace exégesis desde el umbral último sobre lo vivido, sin piedad alguna sobre sí mismo: “No sabía qué título poner al libro, en principio, Memorias, o Mi otra vida, o… Me había pedido que le sugiriera un título que definiera una biografía atrevida, brutalmente sincera, valiente, como pocos escritores se atreven a hacer cuando deciden abordar su propia vida como elemento de creación literaria” (Ramos Espejo 310).
 
He aquí unos de los rasgos de la escritura gidiana que más atrajo a Bernier: la “propia vida como elemento creación literaria”. Si en Molina es la ética amorosa de Gide en la consecución del deseo lo que despierta su admiración, es decir, una preocupación de corte más reflexiva y filosófica; en Bernier la influencia del francés radica, esencialmente, en la imbricación de biografía y literatura. No podemos olvidar que Gide utilizó distintos artefactos genéricos con sus vicisitudes vitales como eje: sus diarios, o textos autobiográficos como Si la semilla no muere…, ocupan miles de páginas que registran no solo los acontecimientos del día a día, sino también las derivas de sus obras de ficción.
 
Sus novelas de ideas las protagonizan las sucesivas crisis religiosas, maritales y políticas que sufrió en su proceso de descristianización y repaganización personal y estética; e incluso, las novelas de ficción ocultan en muchas ocasiones claves para un lector con afectos clandestinos. En una entrada del Diario, Bernier comenta con detalle cómo sufre la evolución de su recepción lectora de Gide. Hasta esa fecha, la lectura de la obra de Gide se reducía a uno de sus textos hedonistas más conocidos, Les nourritures terrestres (1897), guía esencial para los nuevos artistas homosexuales porque se desasía de la quincalla decadentista o proustiana, basada en cierto dandismo malditista, y reivindicaba una homosexualidad apolínea, varonil, nostálgica de la naturalidad aristocrática y olímpica griega (Laguna Mariscal 129-132).
 
Sin embargo, en 1939, Bernier lee la novela Los monederos falsos. Encuentra en el estilo y la mirada sobre el mundo que la novela retrata una despiadada perspectiva que en otros momentos más introspectivos del Diario se acerca a la ansiada sinceridad sin paliativos que, como persona obligada a la ocultación cotidiana, marcará su escritura autobiográfica. La crudeza de las páginas diarísticas de Bernier debe mucho a este ascendiente de Gide:    
                   
5 de octubre de 1939. Los sábados tarde a Córdoba. Los monederos falsos de Gide me hicieron velar hasta las horas de la madrugada. No creí encontrar en sus páginas sino un recóndito y continuo ambiente de felicidad. Pero desde los Karamazov, ninguna obra me ha producido una impresión tan fuerte. Las páginas de Los monederos me fueron sumergiendo en una atmósfera de hipersensibilidad llevada hasta inverosímiles límites. El epicureísmo delicado de las Nourritures no existe en absoluto. Por el contrario, el análisis es minucioso, complicado, cruel. La exposición sin calificativo, sin crítica, a base de la desnudez misma de los hechos, llega a lo inconcebible en la creación de una verdadera morbología de los sentimientos. (158)
 
De ahí nacen algunas de las reflexiones reiteradas sobre la identidad homosexual (entre el estigma y la excepcionalidad prestigiosa); la falta de piedad hacia aquellos que compiten con él en las cacerías nocturnas; la mirada taxonómica sobre los cuerpos jóvenes, especialmente los más humildes socialmente; en fin, su imposibilidad de verse y de ver en su condición disidente una oportunidad para la solidaridad o la comprensión de la diversidad de experiencias homosexuales (sus diatribas contra los afeminados o el rechazo a las reuniones clandestinas homosociales), acercan bastante el retrato de Bernier al diagnóstico arriba citado de Eribon sobre Gide. Por otro lado, hallamos reflexiones sobre la homosexualidad de carácter médico y psiquiátrico (Castilla del Pino, Vallejo Nájera), fruto de interpolaciones realizadas en los últimos años sobre el material conservado (Ramos Arteaga “Los armarios del franquismo” 150).
 
La presencia de otros autores también leídos atentamente como Petronio (Bernier, como el protagonista de Satiricón, Encolpio, llama a muchos de los jóvenes que le atraen como el compañero de aventuras en la novela latina, Gitón) o Proust nos ayuda a esbozar a qué tipo de amistad viril aspira: una pederastia que resignifica el mundo grecolatino (la presencia de Petronio es herencia de la exaltación que de este autor hace Huysmans en Al revés [González Manjarrés 1999]) para asumir la tradición transgresora del XIX, en claro equilibrio con el elemento racional y suasorio de Gide.
 
Como comentamos anteriormente, no son de extrañar estas negociaciones culturalistas ante una tradición que circulaba emboscada. Sin embargo, una entrada del Diario permite afirmar que la lectura gidiana de Bernier va más allá de una simple imitación culturalista, que tiene conciencia del giro copernicano que supuso el escritor francés en esta tradición. El 15 de octubre de 1946, al establecer analogías entre El inmoralista de Gide y los últimos capítulos de Los Guermantes de Proust, escribe:
 
La primera fotografía de esa escena humana, como la que Gide retrata, no era la primera vez que salía en el papel; pero sí la primera vez que se justificaba como una diferencia no condenable desde los tiempos clásicos. Antes estábamos acostumbrados a la casuística de los médicos, y a las hipótesis de los psicólogos. Sus estudios y descripciones los contemplamos diciendo: “¡Caramba, qué raros somos!”. Ahora ya Monsieur Gide le quita la rareza: amar, besar, querer, hacer el amor con un niño o un adolescente es simplemente una variación de lo que en el siglo XIX se llamaba “Física del Amor”… (487-488)
 
Por último, en el caso de Bernier, como en el de Gide, existe además una vocación pedagógica innegable con respecto al grupo de poetas más jóvenes: inició a Molina en la práctica del cruising (333); siguió a García Baena con 12 años y luego lo abordó con 16 en la biblioteca (219-220); atrajo a Aumente, siempre rodeado de jóvenes condiscípulos que fascinan a Bernier (291-292). Por otro lado, varias veces exhibe estas prácticas de proselitismo juvenil. En tal sentido, el Gide de Bernier profundiza en las prácticas del eros pedagógico, aunque esta voluntad socrática chocará con
dos realidades que lo alejan del coraje público de su maestro de vida Gide: el asfixiante y violento ambiente represivo del franquismo y su confesa pusilanimidad.
 
Graciasss/cerac.unlpam.edu.ar/index.php/anclajes/article/view/



Comentarios