DE LÚMPENES Y MONSTRUOS: LAS CONFIGURACIONES
María Laura Moneta
UNR
lauramoneta13@gmail.com
Portada: Los Manicuros del Faraón, 2.600 a JC:
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1. Género y performance: la escena barroca. Explotando las categorías.
Tanto en Perlongher como en Copi asistimos a una puesta en escena de manera explícita y transgresora de representaciones de la homosexualidad inéditas hasta ese momento en la literatura argentina. A pesar de que inauguran el tratamiento de la temática gay desde un punto de vista que supone la asunción plena de la homosexualidad y un tratamiento nada reprimido ni culpable –todo lo contrario, diríamos festivo– de la “condición gay”, introduciendo así la problemática de género de manera declarada y osada en la literatura rioplatense de la década de los 80, hay en ellos, sin embargo, tanto una negación explícita a definir la identidad (de ellos y de su literatura) a partir de la condición de homosexual como un rechazo a pensar la homosexualidad ontológicamente.
Unos años después, en la década de los noventa, y después de la publicación de algunos de los textos más importantes tanto de Copi como de Perlongher relacionados con la problemática de género, aparecerá en escena la Teoria Queer que, de alguna manera, va a señalar y criticar la misma cuestión que aparecía criticada en ellos: el de la identidad sexual como categoría substancialista. Resulta interesante, desde nuestros días, ver cómo autores diferentes como Copi y Perlongher trataron la temática homosexual en consonancia a varios de los postulados de la teoría queer, adelantándose a muchas de las críticas que ésta hará suyas, fundamentalmente, la cuestión (que la aleja de los movimientos de “minorías” y de los estudios gays y lésbicos) de la identidad como un concepto estable, esencialista, permanente, lo que crea, en palabras de Judith Butler “ficciones fundacionistas”.
Para Butler el problema de los discursos feministas y de las comunidades gays y lésbicas es que construyen su aparato en torno al concepto de identidad, como estable y coherente, definida de manera universal y definitiva (“ser mujer”, “ser gay”, “ser lesbiana”) serían entonces “esencias” que los sujetos encarnarían. Para la teoría queer, en cambio, se trata de salir de la manera ontologizante de pensar la identidad como única salida de la reproducción de las relaciones binarias de género de la matriz hetero-patriarcal.
En el caso de la homosexualidad masculina específicamente, el problema es creer que la categoría “gay” puede dar cuenta de una multiplicidad de prácticas sexuales que, a su vez, están atravesadas por otras variables que no son solamente las de género. Es ese carácter universal y descontexualizado el foco de discusión de este tipo de abordaje. Para Butler, se trata, por el contrario, de pensar el género, fuera de la metafísica de la sustancia, fuera de la concepción humanista del sujeto moderno, como inconstante y contextual. Así, para la autora, cualquier identidad sexual es, en realidad, una construcción performativa y nunca una esencia o atributo ligado a una “interioridad” 1, pensada como origen y causa. En sus palabras, el género:
No es un sustantivo, pero tampoco es un conjunto de atributos fluctuantes, pues vimos que su efecto sustantivo es performáticamente producido e impuesto por las prácticas reguladoras de la coherencia del género (...) no hay identidad de género por detrás de las expresiones de género; esa identidad es performativamente constituída, por las propias “expresiones” percibidas como sus resultados. (Butler 2008: 48)
Pensar la identidad sexual desde este punto de vista, deslegitima toda intención clasificatoria, definitoria, y de etiquetación propias del discurso sociológico, para diferenciar las diversas “tribus” homosexuales. La percepción de esta performatividad –la idea de que el género es un conjunto de expresiones que crea un “efecto de realidad”– está en la base del abordaje perlonghiano en su estudio sobre la prostitución masculina en São Paulo, aunque esta terminología no sea la utilizada.
1 Basada en la teoría foucaultiana, Butler critica la idea de pensar la subjetividad como interioridad, demostrando que la idea de un “yo interior”, de un alma escondida en el interior del cuerpo, es una de las formas discursivas creadas para producir la internalización de la ley, es decir, una ficción reguladora más.
Partiendo del bagaje teórico deleuziano, el texto de Perlongher reflexiona en torno a la “identidad homosexual” (y sus diferentes tribus y subgrupos) como posiciones móviles en vez de en clasificaciones ontologizantes y fijas. Para Perlongher, lo interesante de la clasificación “barroquizante”, de la enorme proliferación de denominaciones y nomenclaturas para referirse a las diferentes representaciones de lo homosexual que él recolecta es que son, en realidad, mutables e inestables, dando cuenta más de una especie de asunción teatral (performativa) y por lo tanto provisoria de un papel o rol, que de “verdaderas” identidades definidas de una vez y para siempre. En sus palabras:
Las nomenclaturas se inscriben en la trama de los cuerpos –que nunca se encuentran totalmente donde ellas los marcan, de ahí que las asociaciones nominativas proliferen y estallen trastornando la transcripción sociológica. Los nombres –señas de pasaje, antes que bautismos ontológicos– en uso cargan un dejo de carnalidad insultante: bicha bofe, michê, travesti, gay boy, tia, garoto, maricona, mona, oko, eré, monoco, oko mati, oko odara y sus sucesivas combinaciones y reformulaciones. (Perlongher 1997: 47)
Por otro lado, en Copi la cuestión de la “mutabilidad”, de lo “no idéntico”, de las transformaciones y metamorfosis en relación a cualquier tipo de identidad de género es una marca registrada de su estética. Tanto en El homosexual y la dificultad de expresarse, como en La guerra de los putos o Las cuatro gemelas (sólo para mencionar algunos ejemplos), los personajes pasan por tantas transformaciones que es casi imposible definirlos en términos de género: ¿son mujeres, hombres travestidos, transexuales o mujeres travestidas de hombres? Cualquier tentativa de clasificación resulta insuficiente e irrisoriamente provisoria, a lo que se suma la velocidad (propia de su estética) con que las transformaciones suceden. De acto en acto, o de capítulo en capítulo, los personajes se metamorfosean, negando así cualquier principio de identidad.
La velocidad y la naturalización del carácter artificial con que estas transformaciones suceden en sus textos (que no narran el proceso por el cual pasa el personaje para transformarse en otro género y, por el contrario, “saltan” de uno a otro negando cualquier explicación), son propias de la estética de Copi y tienen la finalidad de enfatizar la capacidad de “pasar” de un género a otro, de mostrar el carácter de “disfraz”, de asunción teatral, performativa, de cualquier identidad sexual, desnaturalizando así toda noción esencialista y desvinculando, definitivamente, sexo de género y género de principio único y estable, definido de una vez para siempre y coherente con respecto a sí mismo.
Al final, el show debe continuar; y cuantas más sorpresas y metamorfosis, mejor. Este procedimiento hace explotar toda tentativa clasificatoria, más aún, se burla de sus intenciones, en la medida en que subraya, en la construcción de los personajes, el carácter de efecto teatral en el momento de asumir una identidad, además del carácter efímero y provisorio y, por lo tanto, incoherente en relación a sí mismo. Los personajes de Copi no son ni gays, ni travestis, ni hombres, ni mujeres; sólo “se visten de....” y al hacerlo eligen siempre un vestuario grotesco que los acerca tanto al mutante posmoderno de la ciencia ficción como a las monstruosidades y deformidades goyescas.
Esta concepción performativa en relación a la “identidad sexual” deconstruye, tanto en Perlongher como en Copi, el abordaje sociológico clasificatorio y estandarizante (basado en el concepto de identidad como substancia), incorporándose dentro de las líneas “des-identificatórias” que, a partir de la teoría deleuziana, llegan hasta la actual Teoría Queer. Desde este punto de vista, las categorías sólo sirven para ser explotadas, negadas, por la escenificación barroca de múltiples identidades, enfatizando la proliferación, la diferencia, la teatralidad y la provisoriedad.
En concordancia con la teoría queer, el género es pensado más como efecto de una performance que como esencia estable. Por detrás del maquillaje, del “vestirse de”, no hay nada. Como en la representación teatral de un “papel”, cuanto más artificial - en el sentido de construida y creada, de no natural -, mejor. Así piensan Copi y Perlongher la problemática de género; todo cuenta en la fiesta barroca siempre que genere “la ilusión de”. O como dice Copi en relación a ser mujer: “Pero vestirse de mujer...es...porque ser mujer es solamente eso, es vestirse de mujer” (Tcherkaski 1998: 50).
La
Fraternité des peuples, 1883. Aimé-Jules Dalou.
2. No es sólo una cuestión de nombres: “Putos”, “locas” o “gays”. Género y subalternidad.
Aunque insista en la proliferación, mutabilidad y teatralidad de las clasificaciones –lo que da cuenta de la imposibilidad de pensar el género, la supuesta “identidad homosexual” como un sujeto estable y permanente–, Perlongher va a hacer una división entre dos tipos de homosexuales, teniendo en cuenta otras categorías, como la cuestión de clase y el grado de adaptabilidad/marginalidad, con respecto a lo social. Perlongher diferencia dos tipos de homosexuales:
un modelo “arcaico”, popular y jerárquico, cuyo paradigma es la relación marica/macho (en la que “la marica es la suela del zapato del chongo) y otro modelo “moderno” de clase media e igualitario, conforme al cual ya no se trata de un homosexual afeminado que se somete ante un amante varonil (que no se considera homosexual), sino de un sujeto asumido como homosexual que se relaciona de igual a igual con otro sujeto también asumido como homosexual (relación gay/gay). (Perlongher 1997: 47)
Surgen en esta diferenciación, cuestiones que atraviesan la definición de identidad homosexual o gay, incluyendo en el debate otro tipo de variables, en este caso, socio-económicas, socio-culturales y también, aspectos históricos, proponiendo una especie de historia, o “genealogía” de la homosexualidad. Lejos de presentarse como una simple clasificación, la distinción pone al debate sobre género en relación, en “inmiscución”, en sus palabras, con otros tipos de marginalidades: de clase, culturales y raciales.
Esta consciencia que Perlongher tiene sobre cómo el género no puede ser desvinculado de las otras variables de exclusión y marginalización es también uno de los puntos fuertes de su pensamiento y uno de los aspectos que por un lado, lo distancia del discurso de las minorías y por otro, lo pone a la vanguardia de las discusiones de lo que actualmente se llaman Teorías Subalternas.
Aunque en la cita anterior se puede percibir una distinción en la que entran en juego las variables económicas y culturales, en otro fragmento de sus ensayos la discusión se profundiza en dirección al problema de clase, de espacios geográficos, de centros y periferias. Es interesante, en este sentido, la distinción entre los michês (taxi boys) de las “bocas” (puntos de la ciudad en donde se venden drogas y se ejerce la prostitución) de São Paulo y los barrios gais, clase media de EUA, de los cuales Perlongher concluye:
cierta relación de contigüidad entre las marginalidades sexuales (que atentan contra el orden de reproducción sexual) y económicas (que atentan contra el orden de la producción social); lazo entre homosexualidad y marginalidad que se mantiene vigente a despecho de los reclamos de dignidad de los homosexuales más modernizados. (Perlongher 1997: 46)
Este entrecruzamiento de género-clase-raza, que Perlongher llama de contigüidad entre marginalidades, e esta preocupación por la contextualización y la no universalización serán problemas que, apenas en los años 90, serán abordados por la Teoría Queer y por los Estudios Culturales, es decir, por las Teorías Subalternas. Aquí los nombres parecen volver no para clasificar y dar cuenta de las etiquetas sociológicas, sino para enfatizar la marginalidad, la ropa pobre del “puto” de barrio, el tacón sucio de barro del travesti mal “producido”, el doble insulto al orden que significa ser “puto y pobre”.
Son esas poblaciones marginales (las “bichas”, “las locas”) y ese entrecruzamiento de marginalidad sexual con marginalidad económica el punto de real interés de Perlongher y no el modelo clase media-moderno y bien comportado, representado en los estereotipos de la comunidad gay estadounidense. De ahí la preferencia, el gusto por las denominaciones groseras del lunfardo portugués, por la exuberancia obscena y explícita de la “clasificación barroca”, de ahí también la desconfianza por la asepsia del término “gay”.
También en Copi, encontramos esta distinción, aunque de manera menos “políticamente correcta”. Como siempre en Copi, el discurso trabaja más con el escándalo que con la explicación teórica o la argumentación política. De todos modos, no se le escapa en su mirada perspicaz, la íntima relación entre homosexualidad y clase social, siendo esta última la que produce –mucho más que la condición de “homosexual”– la marginalidad y la discriminación. En la famosa entrevista que le hace Tcherkasky, al ser interrogado en relación a cómo se siente por ser homosexual, Copi responde:
me divierte, no me angustia para nada. Tendría angustia en algún lugar donde existe la persecución. Viví en la Argentina desde 1955 a 1962; me levantaba la gente que se me daba la gana en la calle. Era un joven porteño que tiene que cojer todos los días, no puedo decir q era nada angustiante; la represión es tan tonta, realmente; como yo pertenecía a un medio burgués, no iba a teñirme de rubio para hacerme de puto, pero cuando iba a ver a mi padre que estaba preso em Villa Devoto, veía el cuadro de los putos pobres. Típico de villa miseria, ése que se le nota que es puto; que va a reventar toda la vida, que entra en esa cosa de barra de esquina; pero a partir de esa condición de homosexual se las arreglan bastante bien; no es un problema social, a menos que sean torturados o fusilados como en Irán. (Tcherkaski 1998: 45)
Si en sus declaraciones, Copi se presenta como típico representante da burguesía porteña, y es esto lo que, en última instancia, cuenta más para autodefinirse y no su “condición homosexual”, en sus textos los personajes que entrecruzan marginalidad social, económica y sexual proliferan. Se trata siempre de travestis que se prostituyen, de locas descontroladas, transexuales pobres y de nacionalidades periféricas, homosexuales sado-masoquistas y hermafroditas tropicales, mujeres cafiolas, ladrones, prostitutos, criminales y drogones. La relación con la marginalidad en distintas versiones (que van del mundo del under, al de las drogas, el submundo citadino y el exotismo de la extranjeridad) está siempre presente, fundamentalmente, con respecto al mundo de la prostitución (con las variantes del sexo “trash”) y de las drogas.
Aunque Copi no escriba sobre “putos pobres”, desde un punto de vista sociológico, ni, mucho menos, haga una literatura interesada en abordar problemáticas sociales ni de compromiso político, es posible decir que hay una apuesta por la marginalidad en general, por el submundo, e cierta ridiculización también del “gay clase media”, que termina siempre atrapado y perdiendo en las aventuras sórdidas de las que participa. El personaje del gay clase media – muchas veces representado por el personaje ficcional falsamente autobiográfico que lleva el nombre del propio autor, Copi– es presentado siempre en contrapunto con una serie alucinante de marginales de todo tipo que se aprovechan de él, lo involucran en situaciones de peligro o lo arrastran directa y finalmente a la marginalidad, produciendo así una ridiculización de este tipo de personajes.
En los textos de Copi, el gay clase media nunca se construye como un personaje “correcto”, moralmente justificada o políticamente posicionada, de manera que produzca la identificación del lector y, así, la reivindicación de la “causa gay”. Más bien se lo representa como alguien que entra en contacto, que “se pierde” en todo tipo de devenires undergrounds y marginales, lo que produce el efecto humorístico. Es el caso tanto del personaje principal de El baile de las Locas como de La Guerra de los putos, ambos llamado Copi, en un gesto auto-paródico, que no debe ser confundido con una intención autobiográfica.
3. De lúmpens y monstruos: la reivindicación de la anormalidad.
La correlación, o mejor, el atravesamiento de la condición socioeconómica, en el momento de tratar la cuestión de género, tiene que ver con abordajes que hacen suya una crítica de la “normalidad”. Es en la apuesta que ambos, Copi y Perlongher, hacen por lo anormal, en el tratamiento de la “temática homosexual”, por el monstruo y por el lumpen, que sus poéticas pueden ser pensadas como realmente transgresoras, y no simplemente por tratar temas o presentar personajes homosexuales. La manera como se construye la representación de la homosexualidad en sus obras es fundamental para evaluar sus poéticas en la dimensión de contra-corriente, y en su carácter crítico, diferenciado y hasta opuesto a las actuales tendencias de estancos y clasificaciones literarias del tipo: literatura gay, literatura femenina o literatura de negros, tan del gusto del lenguaje del marketing y el mercado editorial.
Las perspectivas críticas de la literatura de ambos apuntan en la misma línea que la teoría Queer, hacia la representación de “sujetos abyectos”, ya sea el lumpesinado en Perlongher o el monstruo en Copi. Representar la homosexualidad desde su arista abyecta y marginal es muy diferente de las representaciones de lo “gay” y su cultura. No solamente es diferente el tipo de homosexualidad que se escoge representar, sino también la finalidad que eso alcanza. Mientras la literatura “gay” (así llamada por las clasificaciones marketineras del mercado editorial) se ha vuelto um objeto de mercado que tiende a perder cualquier intención crítica o resistente, com un público específico y diferenciado lo que supone en realidad la afirmación de la noción de gueto, la obra de Copi y de Perlongher ultrapasa el interés de la “minoría”, en la medida en que la representación de la homosexualidad está atravesada por la cuestión de la marginalidad como forma extrema de lo subalterno.
En este sentido, el trabajo con la temática homosexual desde la perspectiva de lo abyecto –tanto en Copi como en Perlongher–, más que buscar un público de “entendidos” que se identifique con dicha temática y sus personajes a partir de la cuestión de género (lo que es uno de los objetivos de la literatura gay), provoca otro efecto: colabora en la desconstrucción y desnaturalización de las concepciones identitarias y ontologizantes del género, ya que las representaciones de estos sujetos abjectos evidencian, por el carácter incoherente y dislocado da su identidade de gênero y por la excepción a la norma, el carácter ficcional de la ley tomada como natural.
Este es el efecto que genera el trabajo con la temática homosexual en sus obras, y no una reivindicación de la comunidad gay entendida como gueto. De ahí la elección por lo marginal y anormal al abordar el tema y el rechazo por las representaciones gays “correctos” y “normales” que tendrían por objetivo desde la intención pedagógica (enseñar qué es un gay), al compromiso político (cierta literatura de “tesis” sobre la problemática gay) y que puedem resumirse en la estandarizada representación estetizante y psicologizante del homosexual, cuyo horizonte es la identificación del lector con el personaje, a fin de producir una reflexión con respecto al prejuicio, a la tolerancia y a la inclusión social. Nada más lejos de este tipo de representaciones que los lúmpenes y monstruos, verdaderos “anormales”, que forman parte del mundo de Copi y de Perlongher.
La homosexualidad que le interesa a Perlongher es aquella que se encuentra en los márgenes y que puede ser definida como una forma de lumpesinado. En Copi, la homosexualidad está asociada al monstruo, a la pura artificialidad del género, a su performatividad, a su anti-naturalidad que le devuelve cierta configuración grotesca y deforme. Lo interesante es que, pensada desde esta perspectiva, la temática homosexual se rescata fuera de toda moralina o intención pedagógica o identificatoria, en su carácter abyecto y de contra-corriente, es decir, se la valoriza, justamente, por su marginalidad e inadaptabilidad con respecto a la matriz reguladora. Opuesta a ciertas tendencias de las posturas integracionistas, la visión de Copi y Perlongher en relação a la “identidad gay”, postula lo “diferente” como un valor, afirma su carácter abyecto, de no adaptado, de inclasificable, de “anormal”.
Hacer al monstruo visible, “sacarlo del armario”, como diría Eve Sedgwick, sin el maquillaje de la normalidad y sin querer pagar el costo de la reducción a lo idéntico, es una postura que se encuentra en las antípodas de las políticas integracionistas, cuyo desarrollo contemporáneo terminó asumido en muchos casos, lamentablemente, la serialización de patrones establecidos no sólo por la matriz heteropatriarcal, sino fundamentalmente por el mercado. Contra esa tendencia a la creación de subjetividades serializadas se construyen las representaciones de los personajes homosexuales en la obra de Copi y Perlongher, cuya ley no es otra que la ley del deseo.
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