EDMUND WHITE. “SER GAY ES SER, SIEMPRE, SE QUIERA O NO, UN GO-BETWEEN”

EDMUND WHITE, EL ÚLTIMO CORREVEIDILE
 
Por  Javier Montes
 
Portada: Edmund White (Cincinnati, 1940)
 
Durante más de medio siglo, Edmund White (Cincinnati, 1940 - Nueva York, 3 de junio de 2025) narró la vida «queer» con una claridad implacable y una ternura lúcida que desbordó las fronteras de la identidad sexual para instalarse en el centro mismo de la literatura estadounidense. Fue testigo y testimonio: del Nueva York libertino previo al sida, del París literario de los expatriados, de la vida homosexual antes del lenguaje que pudiera nombrarla. Obras como «Historia particular de un muchacho» o «La hermosa habitación está vacía» no fueron solo memorias disfrazadas de novela: fueron cartografías afectivas de una generación silenciada. En su prosa elegante, a menudo sensual, siempre cerebral, White conjuró el deseo y el duelo con igual precisión. No escribía para dar respuestas, sino para complicar lo obvio. En una América que aún vacila entre la aceptación y el olvido, su obra queda como archivo y advertencia.
 
Se ha muerto a los 85 años Edmund White [el 3 de junio de 2025], y con él se acaba una estirpe ilustre de escritores norteamericanos que se empeñaron durante dos siglos en taponar la brecha entre las élites culturales europeas y las estadounidenses, que no ha parado de crecer y que a estas alturas es ya probablemente insalvable: la grieta ha crecido tanto que ya se nos olvidó que tuvo orillas, y de todas formas esas élites ya casi han desaparecido.
 
Incluía a Henry James y a Susan Sontag entre sus miembros y cultivadores, y se dirigía a unos lectores norteamericanos y europeos que aún sabían (o simplemente les parecía interesante y placentero saber) quién era Leopardi, Von Kleist o Saint-Simon. 
 
White sirvió de polinizador cruzado entre ambos continentes. Vivió quince años en Francia, era cultísimo y curiosísimo, escritor de raza y también mundano disfrutón. En sus viajes de ida y vuelta, trajo a Europa las primicias de nuevos modos americanos de escribir y de vivir en los ochenta: Nueva York como asunto y escenario de modernidad y libertad sexual, la idea misma de autoficción (él inventó el término) y la «literatura gay» como género, verdadero veneno para la taquilla como etiqueta, que nunca dejó de reivindicar, ni durante la crisis del SIDA que vivió en primera línea de frente ni más adelante, cuando muchos autores prefirieron sacudirse el término. Y llevó de vuelta a su país la obra de muchos escritores, directores de cine, músicos o artistas hasta entonces desconocidos, en una época en que Estados Unidos no consideraba que «cosmopolita» fuese un adjetivo peyorativo y no había caído en el ombliguismo cultural.
 
Como Henry James (o como E. M. Forster en su versión anglo-continental) White cultivó a fondo lo que el Maestro llamaba «la situación internacional»: las peripecias de los americanos en Europa y de los europeos en América, las comedias y tragedias, aventuras y malentendidos que surgen del choque (o sin ponernos dramáticos, del encuentro) entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Lo hizo en su trilogía soberbia de memorias noveladas, su gran obra maestra (Historia particular de un muchacho, La hermosa habitación está vacía y La sinfonía de los adioses), en sus memorias de sus años parisinos (Dentro de una perla) y en novelas basadas en su vida como El hombre casado (donde rescribía la historia de la pasión (y muerte) por un muchacho francés mentiroso y mitómano y seropositivo).
 
Como James, como Sontag, como Forster, White era homosexual: serlo implica siempre, desde la infancia, una sensación de ambivalencia hacia la propia cultura, una pertenencia precaria a la sociedad propia, una distancia forzada que los mejores artistas, esos capaces de hacer de la necesidad virtud, transforman en atalaya, punto de vista y perspectiva ideal para la observación desapasionada y racionalizada mediante el lenguaje y el estilo (al coste de la permanente sensación de desarraigo, de la inseguridad y de la desconfianza frente a grandes relatos y valores establecidos). Ser gay es ser, siempre, se quiera o no, un go-between. 
 
Hay escritores que intentan encontrar certezas y hay escritores que intentan deshacerse de ellas. Edmund White pertenecía al segundo grupo y eligió precisamente esa posición que permite estar vacunado contra las certezas: la del correveidile. Es un gran papel para un escritor, incluso posiblemente el más noble (incluso la palabra es bonita): ir y venir y diseminar ideas y dudas y falsas alarmas y traer noticias y difundir chismes y básicamente fragmentos de información inquietantes aquí y allá... (en realidad, siempre una misma noticia: Hay todo un mundo ahí fuera, estad atentos a él).
 
Edmund White en Londres, 1983. Imagen: Graham Turner / Alamy

También es verdad que no hace falta ser gay para escribir sobre la «situación internacional» ni para encontrarla infinitamente fascinante, divertido, interesante y vibrante: lo recuerdan desde la orilla europea libros maravillosos como América día a día de Simone de Beauvoir o Un optimista en América de Calvino. Escritores todos que necesitaron a Europa para explicar la americanidad y a América para explicar la europeidad. Ninguno lo logró del todo, por supuesto, porque esas cosas son imposibles. Y White lo sabía, pero no dejó de intentarlo una y otra vez, porque eso es exactamente lo que uno hace cuando está en el extranjero (y extranjero podría significar, de hecho, cuando uno viaja fuera de su habitación). Porque la gracia está en intentarlo.
 
El gran Edgardo Cozarinsky, argentino que vivió muchísimos años en París y que jugó para su país el papel de White para los Estados Unidos, que también murió este año, escribió un libro maravilloso titulado Museo del chisme desarrollando estas ideas. Los libros de ambos se leen y casi se escuchan como una gran conversación y un gran pasatiempo (también un gran guardatiempo, en el sentido más profundo que puede tener la escritura.
 
Sus críticos americanos, insensibles a la calidad magnífica de su prosa, a la brillantez de sus metáforas y su estilo, reprochaban a su obra que no fuesen más que recuentos de anécdotas y que le faltase edición (esa idea utilitaria, supuestamente eficiente y por eso justamente horrible y sórdida que plaga la literatura contemporánea anglosajona) y una estructura bien construida y bla, bla, bla... como si los libros tuvieran que ser diseñados por un equipo de Fórmula 1 para ser eficientes (¿eficientes en qué sentido, por Dios?), como si a veces no quisiéramos simplemente dejarnos llevar por la voz, el ojo de lince para el detalle, la memoria errante y la libertad de asociación de alguien más, sin ningún provecho o edificación particulares. Como si las anécdotas y los detalles microscópicos no fueran la esencia de la literatura, como si todo lo literario no estuviera, en primer lugar, relacionado con el chisme cozarinskiano, el puro placer de escuchar una historia, repensarla, contarla de nuevo.

Edmund White aparece en su apartamento de Nueva York el 24 de abril de 2006. Foto AP/Mark Lennihan

White perteneció, sin duda, de alma y corazón, a los Estados Unidos, «ese gran, triste país» como él lo llamaba, que recorrió y describió incansable durante cuarenta años. Pero su literatura se contagió del gusto del Gran Siglo francés por los géneros de la causerie y el portrait. Sin sentimentalismos, pero con sentimiento, sus remembranzas recuerdan a Saint-Simon, a Brantôme y las «Vidas de damas galantes», a Chateaubriand.
 
Hay un pasaje de las Memorias de ultratumba que siempre me ha obsesionado. Chateaubriand se deja llevar y relata con minucia sus recuerdos de un par de tías que tuvo en Bretaña, solteronas que vivían en su ruinoso castillo, lucían bonetes imposibles, dormían de día y disfrutaban jugando a las cartas hasta casi el amanecer. Y de repente, en medio de todo eso, se sorprende a sí y dice algo así como: «¿Por qué recuerdo todo esto? ¿Quién más en este mundo recuerda a estas personas a estas alturas? ¿Quién quedará para pensar en ellas, mis insignificantes tías, fallecidas hace mucho tiempo, cuando yo también haya muerto?».
 
No me acuerdo de lo que se respondía a sí mismo, si es que se respondía algo, pero por un lado es obvio que gracias a que escribió sobre ellas las recordamos en 2025 y sabemos que existieron ellas y sus bonetes, que no es poco milagro. Y por otro, como viene a decir la obra de White, que preguntárselo y no saber o no poder responder y aun así seguir escribiendo, seguir contando, sin buscar o esperar respuestas, es quizá la cosa más humana que hay, y la labor y la forma más elevada de la escritura y tal vez de la vida.
 
Este mismo año, pocos meses antes de morir, White publicó su último libro: Los amores de mi vida. Unas memorias sexuales. El título descarado y todo lo que sigue son, una vez más, un fiel autorretrato: amable pero firme, sin paciencia para la zalamería, muy neoyorquino por tajante y no-nonsense, apasionado por los chismes y orgullosamente indiscreto, sofisticado y erudito pero con el don de la naturalidad sin pretensiones, espléndidamente inmoral. En el libro cuenta por cierto sus visitas a Madrid atraído por un rollete: yo lo conocí entonces y trabamos amistad durante años. Quienes lo tratamos ganamos mucho con su magisterio irónico y bien humorado: incluía el derecho y casi el deber de bromear sobre absolutamente todo y la reivindicación de la vieja escuela libertina europea frente al puritanismo y la moralina que plagaron su infancia y adolescencia en el Medio Oeste y reaparecieron en las guerras culturales de sus últimos años.
 
Aún recuerdo cómo, cuando me invitó una fría noche de invierno a pasar la noche en su casa de Chelsea, consideró con toda naturalidad que sus deberes de anfitrión exigían poner a disposición de su huésped no sólo toallas, sábanas y jabón sino un encantador amigo suyo invitado expresamente para templar el frío y compartir la cama de invitados.

De ese libro suyo último y casi póstumo traduzco y copio este poema de despedida: 
 
La entrevista (un poema)
P. ¿Cuál fue su mejor década?
R. Los ochenta. Andaba por los cuarenta, aún presentable, viviendo en París, aprendiendo francés, haciéndome conocido como escritor, seropositivo pero con buena salud, escribiendo bien.
P. ¿La mejor polla que haya probado?
R. Aún no he probado la tuya. 
P. Parece que sus padres estaban loquísimos. ¿Cómo sobrevivió? ¿Siendo gay?
R. Sí.
P. ¿Cuántos años le quedan por vivir? Ahora tiene 83.
R. Siete.
P. ¿Le asusta la muerte?
R. Me aterroriza.
P. ¿Qué es lo más sabio que haya aprendido?
R. Nada, supongo.
P. ¿Cuál es su mejor libro?
R. Me gustan todos.
P. ¿Quién fue el gran amor de su vida?
R. Jim Ruddy en los sesenta. Fue por quien más lloré. Eso es lo que hago: llorar por chicos. 
P. ¿Añora París?
R. No. Casi todos mis amigos de allí han muerto.
P. Tengo un piso en Berlín. ¿Se viene a pasar un mes allí conmigo?
R. Vale.
P. ¿Cuánta ilusión le hace? ¿En porcentaje?
R. Un cincuenta por ciento.
P. ¿Por qué esa duda?
R. Tengo miedo de enamorarme de ti. Ya he llorado bastante. 
 
Graciasss/www.penguinlibros.com/es/despedidas/edmund-white-el-ultimo-correveidile-javier-montes


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