“MOLINA HA DESCUBIERTO EL SABOR MISTERIOSO Y PERVERSO DE LOS JARDINES…”


NOSTALGIA PAGANA: EL DIARIO DE RICARDO MOLINA

Fragmento de Imaginarios efébicos frente a la vergüenza: Gide en los diarios de Ricardo Molina y Juan Bernier de José Antonio Ramos Arteaga
 
Gide y la poesía homoerótica española  

Los trabajos sobre la influencia de Gide[4] en la tradición homoerótica española se han centrado especialmente en la figura de Luis Cernuda, quien lo conoce a través de su profesor Pedro Salinas (Barón). Durante toda su vida, Gide estará presente en la producción cernudiana (incluso compone un bello poema a su muerte). Sin embargo, a Cernuda no será la pederastia tal y como la plantea Gide lo que más le atraiga, sino su libertad de vivir y de amar, por un lado; y la reivindicación de una literatura desligada del chantaje moral con Lafcadio, personaje gidiano, como síntesis de esa nueva forma de lenguaje amoral, por otro. El desarraigo del exilio ayudó a Cernuda a reforzar esta conexión íntima.
 
El poeta Luis Antonio de Villena, en un libro homenaje dedicado a Gide, recoge en un breve pero sustancioso epígrafe su recepción en el mundo hispánico. Además de Cernuda, Gil-Albert y los Contemporáneos de México, dedica unas páginas a la influencia de Gide en Bernier con el Diario de fondo (Villena André Gide 191-194). Ya en un texto autobiográfico anterior, Villena había comentado aspectos de este deseo en otros poetas de Cántico en sus encuentros personales con Baena y Aumente (Villena Dorados días), pero la presencia destacada de Gide en los diarios de Molina y Bernier indica que la imbricación de su concepción del deseo hacia los muchachos desbordaba el socorrido ámbito tutelar de la literatura y constituyó parte del proyecto vital y ético de estos poetas cordobeses. Para Villena, esta influencia es palpable en la primera etapa de Cántico, entre 1947 y 1949. Sin embargo, como veremos, la lectura de Gide resulta detectable años antes, lo que indica un magisterio más intenso del que suele sugerirse.          
    
Estos autores constituyeron una singular pléyade poética de la ciudad de Córdoba que se fue consolidando por lazos de amistad y complicidad sexual clandestina desde finales del año 1939 hasta la publicación, en octubre de 1947, del primer número de la revista Cántico, que dará nombre al grupo poético con el que se les conocerá en la historiografía literaria hispánica. La revista se publicará en dos etapas (1947-1949 y 1954-1957) y el núcleo editor estará conformado principalmente por los poetas Juan Bernier y Ricardo Molina, con la estrecha colaboración de dos jóvenes también poetas, Pablo García Baena (1921-2018) y Julio Aumente (1921-2006): los cuatros homosexuales, los cuatro lectores de Gide, los cuatro cultivadores de la temática efébica y, a su vez, de una escritura personal que llegó a cuajar en ensayos de clara naturaleza autobiográfica o directamente en diarios personales. Esta coincidencia de vocaciones y afectos en circunstancias históricas como las que les tocó vivir, hacen del estudio de este grupo una singular oportunidad para reconstruir tanto las vivencias en sí de las personas homosexuales en el período, como las estrategias literarias y filosóficas que pergeñaron para osar nombrar y poetizar sus deseos amorosos.
 
Nostalgia pagana: El Diario de Ricardo Molina  
 
En el caso de Molina, su aspiración afectiva aparece dispersa en esas cuartillas sueltas, pero tenemos un testimonio de gran relevancia en una carta, fechada el 22 de febrero de 1948, en la que el joven poeta se presenta al admirado Vicente Aleixandre (Rendón Infante 234-237) y le explica sus atormentadas fases de apego al paganismo y al cristianismo.  
 
Esta relación cíclica entre momentos de paganismo y accesos religiosos es clave para entender la fluctuante relación con la obra de Gide. El conocimiento del escritor francés es temprano:
 
Joaquín Entrambasaguas quiero identificarlo con un médico que conocí en un viaje a Valencia en 193… [la fecha es entre 1933 y 1935 que fueron los años que estuvo en el Instituto de Córdoba]. Fue en una excursión del Instituto, organizada por Camacho. Aquel médico nos habló a varios excursionistas de Gide. Por primera vez oí nombrar Corydon…. (56)[7]
 
Fruto de esta tensión entre paganismo y cristianismo, las imágenes efébicas en Molina suelen dialogar en muchas ocasiones con la angelología, e incluso en una de las entradas del diario, la del 17 de septiembre de 1943, apunta lo siguiente: “Escribir sobre ‘Los ángeles en la poesía romántica española’. Poema ‘La Angeliada’, en versículos” (52-53). Molina reproduce interiormente la batalla entre sus dos autores favoritos, que también lideraban dos frentes que iban más allá de lo meramente poético: por un lado, Gide; por otro, el católico Paul Claudel.
 
Esta admiración por Claudel parece incompatible con lo propugnado por Gide y será su amigo de instituto y compañero de aventuras poéticas, Bernier, quien desvelará esta impostura. Así lo sintetiza Molina: “Llama falsedad a mi conciencia religiosa y, pocos minutos después, explica el creciente anhelo de mi alma regenerada, cuando bebo vino, con la idea de Teócrito en los versos de un Idilio: El vino y la verdad son una misma cosa” (41). Significativa resulta también una entrada del Diario de Bernier en la que, tras comunicarle su entusiasmo por la reciente lectura de Les faux-monnayeurs (1925) de Gide (traducida al castellano con el título Los monederos falsos), le sorprende la fría actitud de Molina:
 
Después de clase, corro a recoger a Molina. Tengo necesidad de hacer partícipes de mi admiración. Pero me decepciona un poco que R. la conozca. Me extraña que no le haya impresionado tan hondamente como a mí. Sin duda, el paso de los días, la impresión neta intelectualmente borró ya de sí todo el matiz sentimental. (Bernier Diario 158-159)  
 
A pesar de ese interés de Molina por una escritura más apegada a ciertos temas filosóficos y religiosos, como afirma en alguna ocasión en su diario (la naturaleza, el tiempo, el lenguaje), gracias a la lectura cruzada con el diario de Bernier podemos entresacar algunos episodios de su vida sexual. El 4 de julio de 1942 Bernier escribe: “Molina ha descubierto el sabor misterioso y perverso de los jardines en la sombra guiado por mí. Su inspiración poética capta enseguida el contraste entre la pureza diurna de pasos infantiles, de tiernos e inocentes juegos, y este nocturno bullir de figuras solitarias, de parejas en los bancos, de lujuria latente…” (333) y más adelante, comentando las ínfulas claudelianas de Molina, señala: “Pero yo creo que poca metafísica se puede sacar de Claudel. Más bien, el catolicismo de Ricardo es una pose que le ha dictado el incidente con su alumno Montijano” (334).
 

Quizás la situación económica de Molina le impidió desarrollar esa agenda pagana tal y como la veía desplegarse en Bernier, pues el 6 de enero de 1945, en su propio diario, anota lo siguiente:
 
Me siento alejado de Bernier y de García-Gill. ¿Por qué? Tal vez mi inquebrantable economía en las bacanales nocturnas no vaya muy a tono con su generoso desprendimiento, sospecho. Lo que es indudable es que en ellas soy una nota discordante; unas veces a causa del estómago que no me permite beber al unísono con ellos; otras veces –ay, casi siempre, o mejor siempre- mi carencia total de recursos, son bastantes para no hacer con demasiada frecuencia deseable mi compañía. (Molina Diario 60)
 
Por último, frente a la atormentada vivencia de Bernier (construida bajo el mecanismo católico de caída y arrepentimiento con la excusa recurrente del alcohol), una nota manuscrita de Molina nos ayuda a entender su profunda y auténtica subversión sexual y asunción gidiana: “Mis mejores alegrías fueron los deseos satisfechos, escribía Gide […] Alimentar y cultivar el deseo por abstención ascética o epicúrea (la intención no importa, sino el resultado) es nutrir la propia esclavitud y ansia de goce. No veo otra forma de librarse del deseo que satisfacerlo” (Torre 39-40).
 
En el caso de Molina, su aspiración afectiva aparece dispersa en esas cuartillas sueltas, pero tenemos un testimonio de gran relevancia en una carta, fechada el 22 de febrero de 1948, en la que el joven poeta se presenta al admirado Vicente Aleixandre (Rendón Infante 234-237) y le explica sus atormentadas fases de apego al paganismo y al cristianismo.  
 
Esta relación cíclica entre momentos de paganismo y accesos religiosos es clave para entender la fluctuante relación con la obra de Gide. El conocimiento del escritor francés es temprano:
 
Joaquín Entrambasaguas quiero identificarlo con un médico que conocí en un viaje a Valencia en 193… [la fecha es entre 1933 y 1935 que fueron los años que estuvo en el Instituto de Córdoba]. Fue en una excursión del Instituto, organizada por Camacho. Aquel médico nos habló a varios excursionistas de Gide. Por primera vez oí nombrar Corydon…. (56)[7]
 
Fruto de esta tensión entre paganismo y cristianismo, las imágenes efébicas en Molina suelen dialogar en muchas ocasiones con la angelología, e incluso en una de las entradas del diario, la del 17 de septiembre de 1943, apunta lo siguiente: “Escribir sobre ‘Los ángeles en la poesía romántica española’. Poema ‘La Angeliada’, en versículos” (52-53). Molina reproduce interiormente la batalla entre sus dos autores favoritos, que también lideraban dos frentes que iban más allá de lo meramente poético: por un lado, Gide; por otro, el católico Paul Claudel.
 
Esta admiración por Claudel parece incompatible con lo propugnado por Gide y será su amigo de instituto y compañero de aventuras poéticas, Bernier, quien desvelará esta impostura. Así lo sintetiza Molina: “Llama falsedad a mi conciencia religiosa y, pocos minutos después, explica el creciente anhelo de mi alma regenerada, cuando bebo vino, con la idea de Teócrito en los versos de un Idilio: El vino y la verdad son una misma cosa” (41). Significativa resulta también una entrada del Diario de Bernier en la que, tras comunicarle su entusiasmo por la reciente lectura de Les faux-monnayeurs (1925) de Gide (traducida al castellano con el título Los monederos falsos), le sorprende la fría actitud de Molina:
 
Después de clase, corro a recoger a Molina. Tengo necesidad de hacer partícipes de mi admiración. Pero me decepciona un poco que R. la conozca. Me extraña que no le haya impresionado tan hondamente como a mí. Sin duda, el paso de los días, la impresión neta intelectualmente borró ya de sí todo el matiz sentimental. (Bernier Diario 158-159)  
 
A pesar de ese interés de Molina por una escritura más apegada a ciertos temas filosóficos y religiosos, como afirma en alguna ocasión en su diario (la naturaleza, el tiempo, el lenguaje), gracias a la lectura cruzada con el diario de Bernier podemos entresacar algunos episodios de su vida sexual. El 4 de julio de 1942 Bernier escribe: “Molina ha descubierto el sabor misterioso y perverso de los jardines en la sombra guiado por mí. Su inspiración poética capta enseguida el contraste entre la pureza diurna de pasos infantiles, de tiernos e inocentes juegos, y este nocturno bullir de figuras solitarias, de parejas en los bancos, de lujuria latente…” (333) y más adelante, comentando las ínfulas claudelianas de Molina, señala: “Pero yo creo que poca metafísica se puede sacar de Claudel. Más bien, el catolicismo de Ricardo es una pose que le ha dictado el incidente con su alumno Montijano” (334).
 
Quizás la situación económica de Molina le impidió desarrollar esa agenda pagana tal y como la veía desplegarse en Bernier, pues el 6 de enero de 1945, en su propio diario, anota lo siguiente:
 
Me siento alejado de Bernier y de García-Gill. ¿Por qué? Tal vez mi inquebrantable economía en las bacanales nocturnas no vaya muy a tono con su generoso desprendimiento, sospecho. Lo que es indudable es que en ellas soy una nota discordante; unas veces a causa del estómago que no me permite beber al unísono con ellos; otras veces –ay, casi siempre, o mejor siempre- mi carencia total de recursos, son bastantes para no hacer con demasiada frecuencia deseable mi compañía. (Molina Diario 60)
 
Por último, frente a la atormentada vivencia de Bernier (construida bajo el mecanismo católico de caída y arrepentimiento con la excusa recurrente del alcohol), una nota manuscrita de Molina nos ayuda a entender su profunda y auténtica subversión sexual y asunción gidiana: “Mis mejores alegrías fueron los deseos satisfechos, escribía Gide […] Alimentar y cultivar el deseo por abstención ascética o epicúrea (la intención no importa, sino el resultado) es nutrir la propia esclavitud y ansia de goce. No veo otra forma de librarse del deseo que satisfacerlo” (Torre 39-40).

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