LAS CUENTAS DE MI SIDARIO: FLAVIO RAPISARDI

 

LAS CUENTAS DE MI SIDARIO
 
Por Flavio Rapisardi
 
Fotos: Sebastian Miquel
 
En los 80 la peste rosa desató la discriminación persecutoria pero también la acción militante. No existía ni el AZT. Los 90 afianzaron el puente con los derechos Humanos y la CHA expandió los alcances de su militancia. Parte de aquella ala radicalizada, Flavio Rapisardi desanda a pie y corazón esas décadas para llegar hasta hoy con la intención de redoblar la pelea colectiva contra el sida.
 
1.
 
Corría el año 1987 y golpeé la puerta de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y me abrió la puerta un hippie de Plaza Francia. Me enamoré. Yo, mariquita de barrio del conurbano esperaba encontrarme con personas como Horacio (el kiosquero de la cuadra que usaba camisas atadas a la cintura) o el Negrito (el profesor de patín del barrio que siempre andaba con un pelo tan tupido que nunca pude dejar de sospechar que era un peluquín). Contra todos mis pronósticos, un hippie, mi ideal del sexo solitario y del amor proyectado, me recibió con una sonrisa. Hola, soy Ángel - me dijo Hola, soy Flavio - le contesté ¿A qué venís?- me preguntó A militar - le dije (ya tenía paso previo por la JP de Avellaneda y un abuelo que mu rió de peritonitis y con tres Viva Perón en la boca) Aunque peronista y del conurbano, salí tímido en temas sentimentales, nunca me animé a declararle mi amor. No parábamos de mirarnos en las asambleas, en los pasillos de ese paquete departamento de la calle Rodríguez Peña.
 
No pasábamos de las insinuaciones, de los abrazos y las manos en la espalda. Sólo supe que él quería ser mi novio antes de su muer te, cuando aún el AZT no figuraba en ningún vademécum. Ya había abandonado su “retiro” en una vieja casa en Villa Rosa, donde se resguardó con su homeopatía, sus artesanías y sus devaneos. Ángel Bruno murió cerca de su cumpleaños. En los últimos tiempos ya no doblaba alambres, sino restauraba muebles, los pintaba con florcitas de colores tan brillantes como sus ojos negros. En aquella época en mi casa no teníamos teléfono y no hubo forma que la invitación a lo que fue su último cumpleaños llegara. Él quería que yo fuera a toda costa. Quizá aquel día hubiese podido besarlo. Pero se fue. Sus más íntimos hicieron un dibujo de un ángel sobre una sábana, pusieron ahí sus cenizas, le hicieron tres upas y las arrojaron a la reserva ecológica de la costanera sur. Ahí yo solía correr sin poder dejar de pensarlo. Quizá por eso ya no visito ese lugar, tengo miedo que el agua o el fuego lo borren de mí.
 
2.
 
Era principios de los 90. Los carapintadas ya se habían levantado y los orga nismos de derechos humanos seguían en su lucha, pero no éramos tantos. La CHA (Comunidad Homosexual Argentina) convocó a ir la Marcha de la Resistencia de ese año. Yo, peronista de toda la vida, ex Secretario de la Juventud Peronista Secundarios, respondí al llamado por gusto y organicidad. Cuando llegué la bandera de la CHA estaba todavía en el piso. Al lado un chico de barba: Eduardo Antonetti. Ahí nos conocimos. Hijo de una acomodada familia de farmacéuticos de Lincoln, Eduardo había optado por ser un militante de todas las causas. Él me acercó a las Madres otra vez. El me hizo trabar amistad con Laura Bonaparte Bruchstein con quien desde esa época compartimos una amistad forjada en base a cositas ricas y charlas sin tiempo. A esa marcha no vino ningún militante más de la CHA.
 
Yo me enfurecí, pero con Edu decidimos marchar igual. Solos. Dos mariquitas barbudas levantando una bandera grande y pesada. La paseamos por toda Avenida de Mayo, bajo mira das atónitas, alguna puteada o lo que fue peor, el “que tienen que ver estos” de algunos compañeros, como si la dictadura nos hubiese sido ajena. Pero fuimos feli ces con ese airecito de libertad, no parábamos de reírnos y de forcejear contra el viento. Luego de llegar al Congreso y es cuchar a Hebe nos fuimos a la sede que estaba llena. Entramos en crisis, las dos barbudas no paramos de gritar, de cuestionar. Nos dejaron hacer catarsis, pero convocamos a una Asamblea. Ese día en que íbamos a deliberar en la Asamblea me fui a la casa de Eduardo. Ahí me contó que tenía vih y que se pensaba morir.
 
Yo inventé mil argumentos, que no lo piense, que luchara, que iba a poder. Pero cómo pedirle a alguien que se enfrentaba solo a un prejuicio espantoso y un saber médico todavía rengo. Desde aquel día fuimos inseparables. Nos con vertimos en el ala politizada y radicaliza da de la CHA. Nos juntábamos con Cata Guagnini, íbamos a las reuniones orga nizadoras contra los indultos, nos pasábamos literatura, sobre todo poesía, que era el género del último novio de Eduardo que se había ido a vivir a Estados Unidos. Esa partida fue su dolor: le había cerrado el corazón por lo que decidió, dijo, no enamorarse más. Por esas vueltas dejé de verlo un tiempo. Mi trabajo en el Mercado Central vendiendo frutas y mis estudios de filosofía en la UBA me troglodizaron. Una noche, ya con teléfono en casa, conquista de mi laburo vegetal, me llama Eduardo y me ofrece la colección completa de la revista Crisis.
 
Le pregunté si estaba loco y él me contestó “No Flavio, me muero”. Corté y lloré sobre el teléfono mientras mi mamá me preguntaba si necesitaba algo. Si mamá, una varita mágica, pensé. Nunca fui a buscar esas revistas que su familia luego tiró a la calle. Ya internado lo fui a visitar. Estaba vo lando de fiebre, un cadáver con pañales y una familia que lo despreciaba. Su hermano no lo besaba. Yo lo abracé, hablé lo que pude y me fui. A la salida del hospital me empezó a doler la garganta por no llorar lo suficiente y estuve una semana en cama con 40 grados de fiebre. En ese tiempo Eduardo murió y sus cenizas están hoy en la Plaza de Mayo, haciendo la ronda permanente de las Madres.
 
3.
 
Hervé Gibert en su Protocolo compasivo escribió que tenía los huevos llenos de muerte. Esa imagen dura fue imborrable para toda una generación de gais y no gais. Ese fue el mensaje con el cual nos acorraló el conservadurismo que se escandalizaba no solo por el cruce entre cuerpos de varones, sino también entre clases y orientaciones sexuales. El cruce entre migrantes haitianos y altos ejecutivos en Nueva York que describe Néstor Perlongher en su libro El fantasma del sida, acá se reprodujo entre gais, entre camioneros y sus esposas y otras combinaciones que, al menos, resquebrajó el corralito de miedo y odio. Religiosos, médicos y gurúes varios coincidían que la ruptura de una supuesta complementariedad (yin y yan) era la causa de una enfermedad leída como castigo.
 
Así, a la discriminación de los años 80 que incluía razzias, torturas y llamadas al trabajo y la familia por par te de la cana, se le sumó la sospecha de ser asesinos seriales en potencia. Se nos pensó peligrosas, armadas y amorales. Mientras muchos morían, la falta de in versión e investigación sobre el vih llevó a la creación de grupos “radicales” como Act Up Nueva York que arrojaron el cadáver de su fundador en los jardines de la Casa Blanca como modo de protesta. Esos fueron huevos de vida que nos em pujaron a ganar la calle. La expansión hacia la población hétero (culpa nuestra, por supuesto), la buena voluntad de médicos y los intereses far macéuticos se combinaron y el AZT se convirtió en jurásico, sobre todo a partir del año 1996 cuando se desarrollaron medicamentos que hoy convirtieron al vih en una enfermedad crónica como la hipertensión. En estas décadas, las lógicas de la anunciación y la recepción cambiaron, al menos para quienes luchamos contra todas las formas de exclusión.
 
Este año me internaron en una ostentosa clínica en la Ciudad de Buenos Ai res por una fiebre que parecía no tener explicación. Una tardecita entró un médico a mi habitación y me dijeron sin filtro: lo lamentamos, pero tu Western Blot dio positivo, es decir, vivo con vih. Los miré y guardé silencio. Después de haber vivido en estas tres décadas un cambio de sentido sobre el vih y el sida no pude más que pensar en los que ya no esta ban. En Ángel y en Eduardo. Pero no lloré, mi cara fue inmutable, tanto, que el médico me dijo “¿Estás bien? ¿Necesitas hablar?”. “No” le dije. Me dejaron solo en la habitación, cerré los ojos y pensé que la muerte no estaba en mis huevos.
 
Ahora sé que la muerte (que nunca fue un llamado de ningún Dios) está en la distancia entre nosotros. Las políticas sanitarias, que en nuestro país incluyen la gratuidad total del tratamiento de por vi da, la voracidad farmacéutica y las propias ganas de vivir (adherencia al tratamiento) son partes inseparables de un proyecto colectivo. Pero como sé que el vih y el sida no tienen el sentido de una hipertensión para muchos, sé que también me llegó la hora de redoblar esa pe lea colectiva. Ahora no quiero varitas mágicas. Ahora sólo me queda el camino de construir nuevos sentidos. Sentir que el amor no es imposible y que el temor, la condena a la soledad y la discriminación son los fantasmas de quienes en sus vidas necesitan del desprecio, aún en formas sutiles frente a aquellos que aprendimos que la lucha libera del dolor y de la muerte.
 
Graciasss/sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/43117/Documento_completo.pdf



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