UN ARCHIVO SIDARIO
AGENCIAS
DESDE LAS CONTRACULTURAS SEXUALES
(ARGENTINA 1985-1994)
NATALIA COCCIARINI
CAPÍTULO 1
LECTURAS A CONTRAPELO DEL ACONTECIMIENTO
APOCALÍPTICO
En abril de 1985 aparece anunciado en la tapa de la revista La Semana el documento que contiene dicha edición, titulado “La peste rosa en la Argentina”. Su volanta lo resume como “la extraña enfermedad y sus once muertos”28. Ese enunciado es una de las primeras veces que la figura de “peste rosa” es puesta en circulación por la prensa gráfica nacional para evocar al sida. Resulta llamativo que ni en la volanta ni en el título aparece su nomenclación científica y que en todo caso ya se apela a cierta referencia masificada suponiendo un marco de entendimiento sobre la enfermedad a la que el documento se referirá.
28 “La peste rosa en la Argentina” en La Semana, N° 11 de abril de 1985, págs. 3-7. La Semana fue una revista semanal de circulación masiva de Buenos Aires fundada en 1976. Publicaba temas de actualidad y noticias de la farándula, con un tono ligero y sensacionalista. Su nombre completo era Noticias de la semana, por lo que con su refundación en noviembre de 1989 fue más conocida como Revista Noticias, editada por Editorial Perfil S.A.
El documento recoge entrevistas a una médica de la Academia Nacional de Medicina y al científico norteamericano que aisló el virus, en las “que hablan por primera vez de la enfermedad y sus formas de contagio”. También, al propio Carlos Jáuregui que por entonces era el presidente de la “polémica Comunidad Homosexual Argentina”29. Si bien el artículo pretende reponer algunos datos científicos sobre los avances en el conocimiento respecto del síndrome, en tanto atiende a los más afectados, “los homosexuales y los drogadictos”, las entrevistas rondan incesantemente sobre la psicosis que se empieza a generar entre homosexuales, sus prácticas sexuales anales, el consumo aditivo de drogas, el “vínculo directo con el número de relaciones sexuales”, así como el perfil etario de esos pacientes que, según un trabajo en la Universidad de Nueva York, “un homosexual con SIDA tuvo a los 30 años, un promedio no menor a las mil parejas”.
Casi lógicamente, el informe aparece reforzado por el mecanismo de verificación que implica la exposición de la “primera víctima de la peste rosa que se conoció en Argentina” sobre la que no solo sabemos sus datos personales, sino también las hipótesis de su contagio, esbozada frente a la explícita pregunta sobre cómo era la vida sexual del paciente: “en su historia clínica figuraba su condición de homosexual”, y del que se asume que “pudo haber adquirido la enfermedad en el extranjero” porque “en 1979 había hecho un viaje al Brasil”30.
Recuperamos esta nota de la revista La Semana, no sólo por la posibilidad de estar entre las primeras apariciones del sida en su evocación metafórica -y su consecuente efecto estigmatizante- en la prensa convencional, sino porque los sentidos a los que se la asocia funcionan como exponente de los discursos que comienzan a gestarse, circular y que, como dirá Perlongher, aún por su carácter provisorio y frente a la indecisión clínica, favorecen a proliferación de mitos31.
29 Ídem; pág. 7.
Perlongher está entre una serie de pensadorxs que se han detenido a señalar mecanismos discursivos por medio de los cuales el “acontecimiento del sida”32 ha producido re-estigmatizaciones, fundamentalmente en relación de las sexualidades no normativas. Queremos situarlos no sólo por la propuesta conceptual y las hipótesis que esbozan sobre dicho mecanismo, sino de modo sustancial, como análisis-lecturas que se dan en su propio contexto de producción y, por tanto, actuando a contrapelo de un campo de discursos que construye a la enfermedad en clave apocalíptica, funcionando a la vez como materiales teóricos y fuentes históricas.
En 1988, frente a la enfermedad identificada siete años antes, Susan Sontag se siente convocada a releer su ensayo Illness as Metaphor de 1978 para repensar, entonces, en torno al sida33. En el primer trabajo la autora se había centrado en analizar cómo diversas enfermedades (como el cáncer, la tuberculosis y la sífilis) adquieren significaciones y connotaciones sociales específicas en determinados momentos históricos -y cómo luego ellas devienen metáfora de otras cosas-. Sontag encuentra que en ese presente el cáncer no es ya la enfermedad más temible y que por lo tanto se habla de ella con menos fobia que una década anterior, producto del “surgimiento de una enfermedad cuya carga de estigmatización, cuya capacidad de echar a perder una identidad, es muchísimo mayor”34.
32 Nos servimos de la fórmula conceptual de Alicia Vaggione según la cual el sida supuso un acontecimiento. La elección de ese segmento de tiempo histórico, del surgimiento de lo que irrumpe insospechadamente, que trastoca la temporalidad dejando por un momento todo desajustado, desarticulado, para un encuadre analítico permite indagar sobre la irrupción/aparición de la enfermedad es su carácter disruptivo, sorpresivo, inesperado. Vaggione repara en que la aparición del sida modificó la rutina de lo previsible con signos inanticipables y difíciles de asimilar a lo habitualmente conocido. La conmoción discursiva induce, inventa, precisa nuevos lenguajes produciendo un decir propio y específico sobre la enfermedad. Desestabilizó los saberes médicos-científicos, y funcionó como un disparador de significados que, en un proceso expansivo, se diseminaron en múltiples direcciones. Y lo que nos interesa especialmente, provocó sentimientos de vulnerabilidad sobre el cuerpo de los individuos y sus posibilidades de reacción al despojar al organismo de sus defensas inmunitarias y producir su implosión; además de problematizar las prácticas sexuales entre los sujetos. Vaggione, Alicia (2013); Literatura/enfermedad. Escrituras sobre sida en América Latina. Córdoba, Centro de Estudios Avanzados.
Ese tiempo aún escaso desde la identificación de la enfermedad -reconocido así por ella-, parece haber sido uno de los factores que habrían habilitado el desplazamiento acelerado de miedos ancestrales del cáncer hacia el sida: enfermedad incapacitante y letal, que produce deformación, deshumanización y una muerte lenta y dura. Conceptualiza, entonces, sobre la genealogía metafórica que recae sobre el sida, y su efecto estigmatizador por el cual el hecho de padecerlo es vivido como particularmente penoso.
Esa metaforización en gran escala desencadenada sobre el sida se debe a que es un mal no del todo comprendido, reacio al tratamiento y que llega como una aterradora novedad en su forma epidémica. No obstante, no es sólo su aspecto epidémico el que suponga la evocación medieval de esta enfermedad como la “peste del siglo XX” en tanto la peor de las calamidades colectivas, el mal, el flagelo, enfermedades masivas infligidas35. Existe una serie de características develadas por Sontag -un número suficiente de rasgos que no tienen todas las epidemias-, por las cuales el sida, en su herencia de la mecánica metaforizante, es concebido como peste en esta adscripción, fundamentalmente de la lepra y la sífilis.
Una es la de ser una enfermedad no solo letal, sino con capacidad de transformar al cuerpo en algo alienante, y que la lleva a ser descrita como repulsiva, justiciera e invasora de la colectividad: es un castigo por la trasgresión de un individuo, y considerada como juicios a la sociedad. Para Sontag, además, el sida como nueva epidemia revitalizó la dimensión catastrófica en su categoría de peste para lo que fue necesario que la epidemia tuviera como vía principal de transmisión la sexual36.
35 Ídem, apartado 5
En tanto tal, este es uno de los usos tradicionales -didáctico moralizante- de las enfermedades de transmisión sexual: describirlas no ya como castigo individual por la laxitud moral o la perversión, sino colectivo, por la “licenciosidad general”37, como un juicio moral a la sociedad.
No le sorprende entonces que fuera en esa línea, recuperada de la sífilis, en la que ni siquiera los profesionales se “pueden resistir a la ocasión retórica que brinda una enfermedad mortal transmitida sexualmente”; también se reedita la idea de “visitación dirigida en especial (y bien merecido lo tienen) a los homosexuales occidentales”38, con lo cual se reedita la simbología religiosa apocalíptica sobre las plagas bíblicas como “castigo de dios” y “venganza de los naturales”.
37 Ídem, pág. 137. En su propia conceptualización, verá entonces la necesidad de evocar a la peste, como metáfora, para juzgar sumariamente las crisis sociales.
Como en otras “pestes”, dada la finalidad de señalar poblaciones transgresoras o viciosas, la culpabilización nunca es contradicha por los casos que no cuadran -siempre hay lugar para las “víctimas inocentes” (pág. 137)-. En el caso del sida el hecho de que en los países en donde se dio por primera vez en forma epidémica se haya transmitido, ante todo, por vía sexual entre heterosexuales, no impidió esa proyección moralizante y culpabilizadora sobre los homosexuales.
Pero, además, opera todo el efecto de la imaginería militar en la manera de pensar las enfermedades y la salud, que lejos de ser inocua, moviliza, describe y contribuye activamente a excomulgar y estigmatizar a los enfermos.39
Como queda dicho arriba, frente a esos discursos metafóricos, Sontag repara en su respectivo efecto estigmatizador, por el cual el hecho de padecer la enfermedad es vivido como particularmente penoso. En el caso del cáncer, el floreo metafórico ha producido que se viva como vergonzoso, y en el sida se suma una imputación de culpa en parte porque la mayoría de “los aquejados de sida, fuera del África subsahariana, saben (o creen saber) cómo lo contrajeron. No se trata de un mal misterioso que ataca al azar”. Y a consecuencia de ello, tener sida implica entonces ponerse en evidencia como miembro de algún “grupo de riesgo”.
Ese mecanismo es reconocido por Sontag como lo que produce la confirmación de “una identidad determinada”; dentro del “grupo de riesgo”, que en Estados Unidos es en principio el de los varones homosexuales, ello fue lo que creó “la vivencia que aisló a los enfermos y los expuso al vejamen y la persecución”, pues el “sida aparece de manera premoderna como una enfermedad propia a la vez del individuo y de éste como miembro de un ‘grupo de riesgo’, esa categoría que suena tan neutral y burocrática y que resucita la arcaica idea de una comunidad maculada sobre la que recae el juicio de la enfermedad”40.
La autora reconoce que la culpabilización, social o autoinfligida, respecto de la enfermedad, se da en tanto se concibe que se produce mediante determinado “comportamiento peligroso” por parte de quien la contrae; la enfermedad es el castigo por llevar vidas malsanas, de modo que se buscan los vínculos entre los sistemas orgánicos y ciertos comportamientos concretos, por lo cual se constituyen en repudiables.
39 Sontag, pág. 172. En términos de la estigmatización y excomulgación de lxs enfermxs, se liga a la recuperación que se da con el sida de la visión de la enfermedad como algo que viene de fuera (el extranjero, el enemigo, el intruso), y entonces la producción discursiva conlleva un agente contra el que hay que luchar.
Si las costumbres malsanas asociadas con el cáncer son el resultado de una falta de voluntad, de prudencia o de una adicción a sustancias peligrosas, en el caso del sida esos comportamientos productores se asocian a “la indulgencia, la delincuencia, adicciones a sustancias ilegales o a lo que se juzga como una desviación sexual”.41 No refiere sólo al hecho ya mencionado de la transmisión sexual -lo que supone que la enfermedad se contrae más voluntariamente, es una calamidad que uno mismo se ha buscado y por tanto es más reprobable-, sino a la particularidad por la cual se entiende que el sida es una enfermedad debida al exceso (la promiscuidad ya apuntada en la sífilis) y, fundamentalmente, a la perversión sexual: las costumbres contra-natura.42
También en 1988 Leo Bersani publica “¿Is the rectum a grave?”43. En este texto el autor critica un proyecto de reinvención redentora del sexo44 que en ocasiones puede presentarse bajo apariencias progresistas45.
41 Ídem, pág. 112.
Bersani devela que los esfuerzos de los gais46 y las mujeres por combatir la violencia de que son objeto (la violencia y la homofobia) ha supuesto, en muchos casos, cierta complicidad con las mentiras de nuestra cultura sobre la sexualidad: en lo específico sobre lo que nos compete, la ilusión gai de “creerse capaces de gestionar cuestiones referentes a su sexualidad de forma relativamente abierta, pensando que no dejaban de ser por ello, a los ojos de la América mayoritaria, parte integrante de la ‘población general’”47. Para el autor, esas mentiras han quedado obsoletas, su carácter ilusorio como proyecto armonioso ha sido develado a raíz de la crisis del sida. La manifestación más clara de que los homosexuales no alcanzarán la “integración” es la orquestación y el uso maniqueo de los conocimientos y los aún desconciertos en torno al sida en pos de focalizar al agente responsable.
46 Usaremos el modo de escritura que recupera la traducción sobre la que trabajamos.
Lo que hace Bersani, en principio, es mostrar ejemplos de lo que constituye una serie épica y desenfrenada de desplazamientos en los discursos sobre la sexualidad y sobre el sida, de manera concreta, en la égida del neoliberalismo conservador estadounidense bajo el mandato de Ronald Reagan que sortea ser entendida como una crisis de salud pública para constituirse como una amenaza sexual sin precedentes, mediante la cual se habían desencadenado y legitimado determinados impulsos de asesinato48 (o de la reactualización de “sueños de exterminio”49). Así, frente al acontecimiento discursivo por el cual el sida ha logrado que la opresión de los gais pase por un imperativo moral”50, rastrea las representaciones criminales de los homosexuales desencadenadas, legitimadas, por el sida.
Lo que encuentra -y que podemos poner en semejanza con Sontag- es la construcción de la “culpabilidad” de los gais. Aquello que Sontag desovilla como la herencia simbólica-metafórica que se reactualiza en el sida como “peste” en su caracterización de enfermedad de transmisión sexual, Bersani lo resume como punto de partida diciendo que “todo el mundo está de acuerdo en que el crimen es de naturaleza sexual”; que se monta sobre la “promiscuidad real o imaginaria que ha hecho tan famosos a los gais” y se sustancia en las formas de sexualidad implicadas, pues la promiscuidad a la que se hace referencia es la promiscuidad homosexual, equiparando la naturaleza de lo que se hace con el juicio sobre la cantidad de veces.
48 Bersani; págs. 80-81. Son ideas que recupera, para profundizar, de Simon Watney en Policing Desire: Pornography, AIDS, and the Media, Minneápolis, University of Minnesota Press, 1987a.
Lo que efectivamente sucede es que se conjugan ambos en una representación del acto que se asocia por sí misma a un deseo insaciable, a una sexualidad irrefrenable51. En resumen, las formas exactas de comportamiento sexual que constituyen el objeto de la representación del sida como un acto criminal, fatal e irresistiblemente repetido es, por supuesto, la penetración anal. Para ahondar en la argumentación, apela a la analogía del sexo homosexual (homosexualizado) con las prostitutas, a la homologación de las fantasías sobre el sexo anal y vaginal que remiten entonces, tal como lo ha develado Sontag, a la herencia semántica de la sífilis en el siglo XIX.
Según Bersani, la promiscuidad en esa fantasía en la que dicha sexualidad es intrínsecamente enferma, no sólo se limita a incrementar el riesgo de infección, sino que asume que “[las] mujeres y los gais abren sus piernas con un insaciable apetito de destrucción”.52 Para el autor, lo que las representaciones sobre el sida muestran es que “los mensajes que con más facilidad se harán escuchar son mensajes que ya están ahí”53 respecto de la homosexualidad.
En este punto amerita traer el aporte de Perlongher, porque resuena como una versión vernácula de las expresiones de Bersani. Para el poeta argentino “el fantasma del SIDA habrá, en los días de hoy, de actualizar el miedo ancestral a la mixtura mucosa, al contacto del semen con la mierda, de la perla gomosa de la vida con la abyección fecal. De reactualizar, en una palabra, el problema del culo.”54 Pero, además, en relación con aquella idea del teórico estadounidense según el cual “hay algo saludable en el hecho de que hayamos tenido que descubrir el carácter ilusorio de ese ajuste armonioso”, refiriéndose, como ya hemos repuesto, a la expectativa gay experimentada hasta fines de los 70 en Estados Unidos.
51 Ídem, págs. 97-98.
Con la identificación de los desplazamientos discursivos que han instituido los imperativos morales sobre la “homosexualización” del sida, Bersani logra dejar expuesta que la certeza enunciada por Simon Watney -respecto de que “los gais somos contemplados oficialmente y de manera global como un colectivo desechable”- aún es su versión “deshomosexualizada”55; para el poeta argentino, ello implica, ni más ni menos que “la desaparición de la homosexualidad”56 masculina -en lo que de ella radica el potencial subversivo-.
En la primera de estas ideas -hilvanadas en el capítulo 3 en el contexto de las publicaciones contraculturales-, Perlongher apela a la figura de “amenaza y asedio”57 que supone el sida y que da lugar al ensayo que publica primero en Brasil (1987) y luego en Argentina (1988). En “El fantasma del sida”58 Perlongher -como Sontag- reconoce que el pánico suscitado por el virus y la discriminación asociada a ello, difundido por una iconografía que identifica a la muerte con el deseo y que se amplía desde los varones homosexuales a las familias acechadas por él, no son tan inéditos, sino que se suscitaron las mismas operaciones en otros procesos históricos frente a las pestes.
55 Bersani; págs. 88-91.
La contingencia del sida radica en que una enfermedad relacionada con lo sexual y la transmisión por sangre toca un punto particularmente sensible en una sociedad tan preocupada por la higiene y el cuidado del cuerpo59. Así, el sida es ubicado en el plano de las representaciones sociales y sexuales y lo que de ello atañe a las relaciones de los cuerpos y sus afectos.60 Se refiere al sida, entonces, como un dispositivo. Recuperando la conceptualización foucaultiana despliega y analiza el entramado entre los diversos discursos que se instrumentan simultáneamente para operar sobre esos cuerpos determinados; y entiende que la emergencia del sida pone en movimiento una diversidad de articulaciones, que está capturado por una serie de saberes-poderes en provecho de la administración de la población sobre la plataforma moral que trae la crisis: el halo de restauración, el momento de pagar “la culpa por los excesos lujuriosos! Un regreso a la pareja, una vuelta a la familia, la muerte definitiva del sexo anónimo e impersonal”.61
Esas articulaciones, dice Perlongher, no merecen restringirse al estrecho plano de la información médica. Menciona entonces a las iglesias, por donde transita el clamor por mayor rigor, cuyas contribuciones “sobre la moderna plaga giran en torno del pecado y del castigo divino”, con enunciados en los que resuenan “los regimientos de la Inquisición, que condenaban a los sodomitas a la hoguera”.62 El sida es evocado como la “ira divina” para repudiar las prácticas homosexuales (“censurar la inmoralidad reinante”, la pecaminosidad) y recomendar el retorno al esquema moral tradicional (“hacer retornar al hombre a los caminos de Dios”, “obligar a las personas a revisar su propia sexualidad y su modus vivendi”).
59 Ídem, págs. 11-12.
Del mismo modo, se refiere a la operación simultánea de los medios de comunicación; en su capacidad de espectacularización de la muerte, orillando lo porno, permite, mediante un show de subinformación, una “delectación morbosa” de las masas63. Para Perlongher son los medios de comunicación, como caja de resonancia, lo que produce la expansión sin precedentes de la influencia y del poder médicos64 respecto del sida -mientras que no necesita rodearse de acordes bíblicos-.65
De modo que, sobre esas articulaciones, el autor advierte que la gran protagonista de la crisis del sida es la medicina. El saber médico se presenta con mayor “progresismo” en tanto brega por cierta reforma de las prácticas corporales, disminuyendo así las probabilidades matemáticas de transmisión del virus. Pero si logra configurar preponderancia en la activación del dispositivo es porque todo lo que tiene para decir lo hace como parte de un “programa global de ‘medicalización’ de la vida (...), la medicina confisca y se apropia de la muerte, proveyendo respuestas tecnocráticas a miedos ancestrales y vendiendo sutilmente cierta ilusión de inmortalidad”66.
Lejos de ser “inocentes”, estos consejos parten de cierto modelo médico de práctica corporal que guarda una relación conflictiva con los usos concretos de los cuerpos. Ya sabemos con Foucault -pero Perlongher no se ahorra de reponer el proceso de la institucionalización de las ciencias sexualis- que la mirada médica no se limita a intervenir en lo orgánico, sino que se extiende al régimen de vida del sujeto atendido; lo que aporta nuestro autor es el hecho concreto de que en el caso del sida, en la medida en que el virus se transmite por vía sexual, los consejos médicos vehiculizan un disciplinamiento de las prácticas sexuales, especialmente de las homosexuales67. Perlongher adjetiva de “promiscua” a la relación entre homosexualidad y medicina.
63 Ídem; págs. 66-67.
Podríamos detenernos, así, en la lucidez de Perlongher para develar las condiciones de posibilidad del “dispositivo SIDA” en relación con los mecanismos confesionarios, la proliferación de los discursos (el prerrequisito por el cual con la emergencia del sida todo lo que se refiere a la corporalidad pueda ser dicho, mostrado, exhibido, asumido, a diferencia de la sífilis que fue una “enfermedad secreta”68) y la efectiva administración de los cuerpos. También en las transformaciones en el disciplinamiento del deseo y las prácticas homosexuales que el autor sintetiza como la “plusvalía moral” que el poder médico extrae del sida69.
Entonces, el autor se pregunta por qué es justamente el homosexual quien constituye el blanco de la programática del “dispositivo SIDA”, por la cual se apunta no tanto a la extirpación de los actos homosexuales, sino, más bien, a “la redistribución y control de los cuerpos perversos, que apunta a hacer del homosexual una figura aséptica y estatutaria”.70
La respuesta radica en que el saber-poder médico, en su misión de hegemonizar la gestión de la vida, y por tanto administrar los cuerpos-encuentros, es una determinada organización que legitima y prescribe una jerarquía funcional puramente biológica y normativa de los órganos. Como consecuencia, los usos alternativos del cuerpo suelen ser considerados prescindibles; de manera fundamental se apunta contra el coito anal71 en tanto no produce ni reproduce nada, y al que le caben “sólo los infortunios del vicio”. Para Perlongher la analidad cobra centralidad, y el “abrazo médico”72 al cuerpo sexuado pasará a apoyarse en los esfínteres.
68 Ídem, págs. 78-79.
En ese entramado, aparece la idea de la evitabilidad. Se considera al sida una enfermedad evitable, fruto de excesos prescindibles, desde un ángulo funcional: los del goce anal, o mejor, la sodomía, y esto es no sólo el coito anal sino todos sus “modos nómades”73, sus “fugas intensivas”74. Perlongher recupera la genealogía por la cual homosexualidad se liga a muerte, y postula que el sida introduce una forma directamente clínica de esa tradicional y tenebrosa relación, confabulando “lo moral con lo patológico”. Frente a ello se pregunta si “detrás de la argumentación de que la sodomía es ‘evitable’, ¿no estaría la vieja ilusión conservadora de que la homosexualidad también lo sea?”75.
Con Guattari emite el enunciado sobre la funcionalidad del “dispositivo SIDA” dado que, en su presente de conservadurismo y reacción, la enfermedad está en una especie de fiesta mortífera -que si no existiera habría sido necesaria inventarla-, desarrollando una política obsesiva de represión al homosexual76.
Por último, podemos sumar a la serie el análisis que entonces generaba Marcelo Benítez, para traer su especial atención sobre Argentina -quizá jugando con la misma lógica en que se leyó la circulación del virus desde las áreas de preeminencia, tal como afirma la nota de La Semana según la cual los casos registrados en el país hasta ese entonces compartían la característica de haber viajado a las áreas de prevalencia y haber adquirido el sida en el exterior: Estados Unidos y Brasil77-.
73 Ídem, pág. 93.
Benítez fue militante proveniente del Frente de Liberación Homosexual y a quien en el capítulo siguiente ubicaremos como miembro de la Comunidad Homosexual Argentina, donde aportó una visión crítica a la organización que alcanzó la política editorial y el contenido de la publicación Vamos a Andar cuando se hizo cargo de ella. En enero de 1986 Benítez publica un texto en dos números consecutivos de la revista Nueva Presencia78. Allí retoma la idea que construye Perlongher de la fantasmagoría amenazante según la cual “un fantasma recorre el mundo gay: el fantasma del SIDA”79 -con la que ironiza a El Capital y que podríamos también poner bajo la lupa conceptualizadora de Sontag en lo que de ello implique una transferencia metafórica-.
Como ese texto de Marcelo Benítez es de 1986, lógicamente no está aún dialogando con el mencionado libro de Perlongher sino con una referencia previa: el texto del sociólogo en El Porteño, publicado en mayo de 1985. Traemos este aporte de Benítez de 1986, en una pequeña reversión temporal respecto de los otros autorxs hasta aquí repuestos, porque se trata de una versión reducida de un ensayo inédito más largo que había sido escrito por pedido de Perlongher, para ser el prólogo al libro; que finalmente no se publicó como tal, pero que manifiesta el diálogo que por entonces mantenían quienes habían compartido la experiencia del FLH, como mínimo80.
78 Benítez, Marcelo Manuel; “La Batalla del SIDA” en Nueva Presencia; Año VIII, N° 446, 17 de enero de 1986, págs. 13-14; “El Fantasma del SIDA” en Nueva Presencia; Año VII, N° 447, 24 de enero de 1986, págs. 12-13. Sobre la revista Nueva Presencia ver Bellucci, Mabel; “El semanario Nueva Presencia. Páginas para los derechos humanos, el judaísmo, las minorías sexuales y el feminismo” en Moléculas Malucas, agosto de 2021. Disponible online en: https://www.moleculasmalucas.com/post/elsemanario-nuevapresencia
79 Néstor Perlongher, “El fantasma del SIDA” en El Porteño, N° 41, mayo de 1985, pág. 38. Trabajaremos sobre ese texto en el capítulo 3. Luego, en el libro, “el mundo gay será reemplazado” y el enunciado será “Un fantasma recorre los lechos, los flirts los callejeos: el fantasma del SIDA”.
80 Los datos sobre los intercambios entre Néstor Perlongher y Marcelo Benítez, así como el acceso al texto inédito escrito por el último para ser el Prólogo de El Fantasma del SIDA fueron aportados por Juan Queiroz. Ese material, el número La Semana referenciados al inicio del capítulo y otros textos publicados que se encuentran citados en el anexo, radican en Archivos Desviados. Gracias a su resguardo y la predisposición de su responsable, Juan Queiroz, para que podamos acceder a ellos de manera digital, hemos podido trenzar sentidos aquí repuestos.
En este texto publicado, Marcelo Benítez también se pregunta por esa yuxtaposición de discursos morales al fenómeno estrictamente biológico, por el proceso por el cual se ha adosado la homosexualidad a una enfermedad de origen viral; pretende, entonces, indagar cuál es la función que cumple ese mecanismo discursivo.
Luego de la construcción del proceso genealógico (que nosotrxs podemos resumir como el triunfo de la moral victoriana, la consecuente persecución de la homosexualidad por el nazi-fascismo, las respuestas gays, el “coming out”, la apropiación del mercado), el autor arroja la primera respuesta: el sida se inscribe como la peste que recae como castigo por el delito cristiano de violar la ley de la familia monógama; la culpabilidad no recaería tanto sobre el homosexual, sino sobre su promiscuidad. Y allí la develada yuxtaposición es expuesta en una perfecta línea con lo que luego planteará Perlongher con el “dispositivo SIDA”.
Para Benítez “el mecanismo medieval se revela intacto en el discurso médico del siglo XX, y el consultorio vuelve a reemplazar al confesionario en su tarea de adaptar el cuerpo a las normas morales vigentes”.81
Pero, además, en la segunda parte del texto publicada en el número siguiente, sitúa las particularidades de nuestro país. Encuentra que, como en el resto del mundo, el contacto entre homosexuales y médicos se dio a partir de las enfermedades venéreas con las que desplegaron métodos policiales de control epidemiológico y el efectivo uso de la fuerza represiva en la vía pública. La especificidad de este análisis de Benítez no homogeneiza las posturas en el campo de la medicina nacional, sino que encuentra una variación como réplica de la opinión pública sobre la homosexualidad que está logrando debatir por primera vez con cierta “garantía de seguridad”82.
81 Benítez, Marcelo Manuel; “La Batalla del SIDA” en Nueva Presencia; Año VIII, N° 446, 17 de enero de 1986, pág. 14.
Así, para un sector, el “SIDA es una enfermedad de homosexuales”, y entonces queda ubicada como objeto de censura; el autor expone argumentos que van en el sentido del régimen sexual y la funcionalidad orgánica con especial énfasis en la analidad, tal como lo develará Perlongher en el libro. Y otro grupo de médicos, que en general “se inclinan por el estilo de vida homosexual”, limita a desaconsejar la promiscuidad, si bien ello no supone una postura distinta respecto de la ocasión de la medicina de atacar a la homosexualidad instándola a la monogamia y al higienismo.
A esa postura es a la que ya ve sumarse al sector del capitalismo que se prepara para explotar el novedoso mercado gay. Pero allí también se permite ver cierta complicidad de la cultura gay nativa. Fiel a su tradición en el FLH, postula una crítica al integracionismo gay y lésbico argentino, desde el aspiracionismo consumista individual a las organizaciones que “dan su palabra de honor de moderar las pretensiones de su sexualidad expansiva a cambio de un espacio donde no se los moleste”. A través de Gumier Maier señalará que “pertenecer al círculo de los ‘iguales’ que son ‘diferentes’ (como) los inicios de la conformación del futuro ‘mundo feliz’ gays en la Argentina”83, para luego con Perlongher sentenciar que “con el SIDA se cierra definitivamente el espacio de la orgía”84.
Como fuere, para Benítez, también en Argentina las posturas quedan suprimidas en la homogeneización que produce la derecha deshumanizada. Sobre esta plataforma discursiva iremos relevando los materiales de nuestra serie propuesta, entendiéndolas en sus particulares modos de disputar dichos sentidos.
83 Se refiere al texto de Jorge Gumier Maier “Gays argentinos: los disfrazados sin
84 Se refiere al texto de Néstor Perlongher “El espacio de la orgía” en el suplemento
Graciasss/libros.unlp.edu.ar/index.php/unlp/catalog/view/
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