LA SENSIBILIDAD HOMOERÓTICA EN TRES POETAS DEL 27


OLVIDOS Y SIMULACROS: LA SENSIBILIDAD HOMOERÓTICA
EN LA ESCRITURA DE TRES POETAS DEL 27
 
Gloria Salbarrey
 
Portada: Vicente Aleixandre con Federico García Lorca y Luis Cernuda, hacia 1927.
 
Resumen:
 
En este artículo exploro la expresión o  el silenciamiento de la sensibilidad homoerótica en Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda. He seleccionado algunos poemas escritos antes de 1936 para descubrir la construcción de un nuevo lenguaje, sus máscaras, velos, símbolos y los conflictos ocasionados por su orientación sexual. La concepción histórica y social del sexo era muy dura en aquellos tiempos y era muy difícil escoger opciones distintas como ellos hicieron. Mientras Aleixandre la mantuvo oculta toda su vida y Cernuda la manifestó abiertamente,  García  Lorca  oscilaba.  Estas diferentes formas de vida generaron también escrituras distintas.
 
Palabras  clave:  poesía-  sensibilidad  homoerótica-  García  Lorca- Aleixandre- Cernuda
 
Gloria Salbarrey
 
Profesora  de  Literatura,  egresada  del  Instituto  de  Profesores   Artigas.   Ha   publicado Romancero,  un  romancero  del  honor  (1970),  Montevideo,  Tauro; Quevedo,  poeta  del  desengaño (1977) Montevideo, Ed. Técnica; Escuchando los fogones de Paco (2008),  Montevideo,  Rebecca Linke  Editoras,  desempeñándose  además  como  colaboradora del Suplemento Cultural del  diario  El  País  de  Uruguay desde 1997 a 2014.
 
Introducción
 
Hace  casi un siglo que, en el marco de los  prime-ros encuentros, amistades y agrupamientos de escrito-res conocidos luego como la generación del 27, varios  veinteañeros  hicieron  su  entrada  triunfal  en  las  letras españolas. No puede considerarse de otro modo la reivindicación estruendosa de  un poeta mayor del Siglo de  Oro,  Luis  de  Góngora,  por  aquel  entonces  venido a menos. No es coincidencia que ya en vida aquel autor clásico e innovador fuera sujeto de controversias y rivalidades, intercambiando  versos soeces e injuriosos con  Quevedo  que  le  llamara  “Poeta  de  bujarrones  /y  sirena de los rabos” en una de las muchas acusaciones de homosexualidad.  A contrapelo de la opinión autorizada de la década del 20, que había decidido ignorar el tricentenario de su muerte, los homenajes a Góngora abarcaron diversos  eventos,  desde  conferencias  a  “performances” insolentes y publicaciones, entre ellas antologías poéticas y una investigación estilística de Dámaso Alonso.
 
De ella derivó la versión desde entonces imprescindible de las Soledades, que interpreta el poema gongorino metáfora  a  metáfora  e  hipérbaton  a  hipérbaton.  Las invitaciones fueron firmadas por Jorge Guillén, Pedro Salinas,  Dámaso  Alonso,  Gerardo  Diego,  Federico García  Lorca  y  Rafael  Alberti,  a  las  que  deben  sumarse  otros  organizadores    (Emilio  Prados,  Manuel Altolaguirre)  junto  a  otros  menos  activos  y  visibles como  Vicente  Aleixandre  y  Luis  Cernuda.  Lejos  de desanimarse  con  las  respuestas  virulentas  de  varios consagrados, el grupo cobró fuerzas con la oposición. Con anterioridad varios escritores habían comenzado a  publicar  sus  libros  de  poesía  y  a  obtener  distinciones, por ejemplo el Premio Nacional compartido por Rafael Alberti y Gerardo Diego en 1925 otorgado por jurados integrados por autores mayores más o menos adversos a las inquietudes nuevas.
 
Después de la posguerra del 14, durante la dictadura de Primo de Rivera y durante la Guerra Civil ya estaban  instalados  en  el  centro  de  la  escena  y  siguieron estándolo durante el franquismo pese a las adversidades: el asesinato del poeta y dramaturgo Federico García Lorca, las persecuciones del régimen y la dispersión del exilio. El hecho de que la mayoría de ellos fueran académicos y críticos en plena producción, con amplio reconocimiento dentro y fuera de España, sumado a las dificultades trágicas antes apuntadas, con-tribuyó a mantener la notoriedad y el interés por esta promoción.
 
Se  ha  discutido  hasta  el  cansancio  si  el  colectivo constituía una generación, un grupo o un movimiento, quiénes  lo  integraban  y  con  qué  nombre  debía  pasar a la historia, amén de muchos otros ítems por lo cual llama la atención que se hayan pasado por alto dos fenómenos que saltan a la vista desde la agenda actual. En  primer  lugar,  entre  los  diez  autores  que  se  alinean  en  el  grupo  inicial  o  promotor,  incluso  entre  los grupos regionales, o el movimiento más amplio, no se nombran    las  mujeres  cuyas  actividades  las  dieron  a conocer como Las sin sombrero, título que comenzando por  la  indumentaria  subrayaba  las  rupturas  protagonizadas  por  ellas  contra  las  convenciones  agobiantes.
 
Recientemente se ha iniciado una tarea de rescate e investigación ya recogidos en libros y en un excelente audiovisual que difunde someras semblanzas de Concha Méndez, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Ernestina de  Champourcin,  Maruja  Mallo,  María  Zambrano,  y Marga Gil Roësset. En segundo lugar, el silencio ha custodiado la preferencia homosexual de varios autores muy elogiados y estudiados, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, entre otros. Cuando se ha revelado el dato ha sido con sumo recato y no solo con el respeto que cabe a las opciones de cada uno, sino como un dato biográfico sin importancia en lo que tiene que ver con el arte del poeta.
 
El sometimiento de las mujeres y la persecución de los homosexuales fueron fenómenos interrelacionados, aunque  marcharan  con  ritmos  diferentes  y  en  ciertas épocas  unos  parecieran  aventajar    a  otros.  España  ha tenido una trayectoria -más que patriarcal- machista, y claramente homofóbica, paralela a algunos momentos de mayor apertura. En  las  primeras  décadas  del  siglo  XX  se  desarrollaron  programas  destinados  a  la  educación  femenina sin embargo no es una excepción la actitud de Rafael Alberti, un “sinsombrerista” como el mismo se definía en el libro de memorias La arboleda perdida1. En ese texto se burlaba con acidez de las asistentes a una conferencia provocadora dada por él en el Lyceum Club de Señoras, con la salvedad de distinguir entre las mujeres que  lo  aplaudieron  y  las  que  se  retiraron  escandalizadas.
 
Con mentalidad similar pero menos agresiva, en la evocación titulada Nueve o diez poetas Pedro Salinas2 sólo incluye  el  nombre  de  pila  de  las  consortes  al  final  de las semblanzas masculinas, sin mencionar la actividad literaria de ninguna de ellas. Estas situaciones ambiguas y ambivalentes concernientes  a  la  mujer  heterosexual,  lesbiana  o  bisexual, apenas  podrán  recibir  alusiones  entretejidas  con  la indagación  de  la  sensibilidad  homoerótica  de  Lorca,  Aleixandre y Cernuda que ocupa el centro de esta reflexión.  Por  otra  parte,  sólo  reviso  la  obra  de  los  tres poetas hasta 1936, debido a la muerte de García Lorca ocurrida ese año.
 
Es opinión bastante aceptada hoy que en las primeras  décadas  del  siglo  XX  existía  una  cultura  homosexual masculina  consolidada  y  extendida;  si  es  que  no  pue-de  hablarse  de  una  comunidad,  tampoco  se  trata  de figuras prestigiosas aisladas. Eran amigos, tenían lugares de reunión, intercambiaban lecturas, y compartían referencias  artísticas,  filosóficas,  gustos,  predilecciones a  tal  punto  que  podrían  analizarse  códigos  y  jergas. También en este caso el entretejido es por demás ambiguo ya que se desenvuelve en pocos espacios cerrados, predominando  aquellos  relativamente  abiertos,  don-de  alternan  también  heterosexuales  que  en  ocasiones aceptan  a  regañadientes  las  opciones  distintas,  alcanzando manifestaciones hostiles.
 
La legislación mantuvo cierta flexibilidad vaga, peligrosa por la arbitrariedad, hasta la dictadura de Primo de Rivera, cuando retrocedió  hasta  niveles  anteriores,  para  volver  a  liberalizase durante la República. Por consiguiente homosexuales y  bisexuales  estuvieron  moviéndose  en  una  frontera  borrosa entre la clandestinidad subversiva y la tolerancia resbaladiza. Durante  el  franquismo  la  persecución  se  inclinó por el exterminio, ya fuera la pena de muerte, la reclusión, la censura, el exilio. La eficacia del silenciamiento  rebasó  incluso  la  caída  del  régimen  y  la  transición democrática. El destape liberó el desenmascaramiento regocijado  de  algunos  sobrevivientes  y  el  surgimiento de nuevos círculos pero no generó un interés relevante por el tema en los estudios literarios.
 
En general España ingresó tarde en la reflexión feminista y la reflexión gay; en ambos casos careció de un desarrollo teórico potente, que fue sustituido por teorías importadas, en especial norteamericanas, inspiradas en una  historia  y  un activismo  tan distinto  que ni  siquiera admite el mismo nombre para designar lo que hace poco  era innombrable.  Llamas3  ha  propuesto  y  usa  la expresión  “teoría  torcida”;  otros  prefieren  la  locución “entiendes” en sustitución de los términos ya  impuestos en otros lares,  estudios “gay”, o “queer”, cada uno con sus connotaciones propias. Alberto Milla4define el estado de la cuestión en el comienzo del siglo XXI con tajante claridad. Hasta que el libro De Sahuquillo llegó a España en 1991, con casi ninguna repercusión entre lorquistas y académicos,  no se conocían indagaciones sobre la forma en que la homosexualidad influía en el trabajo de los escritores canonizados o de las personalidades de la cultura. 
 
En concreto, la reflexión académica no se preguntaba de qué manera la experiencia homosexual se convertía en escritura,  trabajando  a partir de  qué  influencias  literarias,  las  imágenes  y    opciones estilísticas.  La  experiencia  homosexual  no  se  consideraba creativa sino  una  opresión  social  y  legal que   los individuos  padecían  y  debían  superar.  Admitidos    los hechos,  se  pasó  de  un  silencio  causado  por  una  dura represión a un silencio (mucho mejor, según se sugería) provocado por la recién descubierta normalidad de la homosexualidad. Con respecto a Lorca y Cernuda, fue aceptada sin resistencia y sin dudas pero la mayoría de la crítica- con la excepción de T Moix- no quiso ir más allá.
 
De izquierda a derecha, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, con motivo de una comida ofrecida a la hispanista francesa Mathilde Pomés. Madrid, 11 de abril de 1931. Archivo de la Residencia de Estudiantes, Madrid.

Una vez admitido, no había nada más que decir. Apenas dos décadas después, hoy en 2016, la cuestión española parece más rica, gracias a  una bibliografía  dispersa  y  en  plena  producción  que  ha  sido  imposible  consultar  a  satisfacción.  Es  posible  aventurar  las debilidades que implica un corpus todavía en ciernes, una teorización que no ha sido debatida y confrontada con documentos aún ocultos, todo lo cual lleva a conclusiones  provisorias,  apuradas  por  el  entusiasmo  y  la necesidad de aderezar una historia literaria “torcida”, para usar la expresión de Llamas.
En consecuencia mi propósito solo puede ser ensayar una lectura alternativa y naif- no experta- atenta a la  sensibilidad  homoerótica  en  cuanto  esta  constituye una batería de obstáculos a superar por el escritor y a la  vez  una  rica  cantera  de  recursos  y  desafíos  para  la creación literaria.
 
Lorca,  Aleixandre  y  Cernuda  son  quizás  los  tres poetas  andaluces  más  estudiados  del  período,  que  yo descubrí con entusiasmo allá por los 60 sin siquiera sospechar su opción de género. Las revelaciones biográficas sobre Federico fueron mis primeras aproximaciones al asunto que no alteraron mi postura. Más grandes y universales  me  resultaban  mis  poetas  predilectos,  que lograban albergar sentimientos homo y heterosexuales, que ellos mismos  no  experimentaban. La  observación no me parece del todo descaminada a pesar de la necesaria demolición de la universalidad como concepto. En el marco del postestructuralismo que rompe con la concepción dicotómica del mundo, una de cuyas manifestaciones es la crisis opción hombre/ mujer, ya no se privilegia la oportunidad de igualarnos unos a otros sino de disfrutar las posibilidades que nos diferencian.
 
La sensibilidad homoerótica abre un campo de expresiones infinitas, que no se reducen al enmascaramiento, la abyección, la sublimación, la multiplicidad de lecturas, incluyendo- además del nivel socio cultural y político- el plano ético, ontológico, ideológico. Los diferentes caminos recorridos por estos tres poetas tan transitados por la crítica no agota esa diversidad por más que ellos parecen representar tres modalidades distintas ensaya-das en un mismo círculo o en espacios cercanos de una misma circunstancia histórica. La  óptica  que  propongo  introducir  en  la  lectura poética está lejos de alcanzar ese horizonte interminable.  Intentar una  mirada  diferente  a  las  interpretaciones autorizadas recogidas en la historia de la literatura española  dirigida  por  Francisco  Rico5  es  un  propósito humilde  por  pretender  sólo  conclusiones  provisorias pero capaces de desestabilizar la retórica puesta al servicio de una concepción patriarcal y homofóbica- aunque  lo  fuera  por  omisión.  Omisión  en  la cual  muchos  intelectuales  del  60  hemos comulgado  por  periodos  más  o  menos prolongados.
 
Acotaciones iniciales
 
El telón de fondo de la década del 20 española fue la lucha entre la monarquía y la república, que en este tramo alcanzó sus  términos  extremos    con  la  dictadura de Primo de Rivera (1921), la guerra civil y el triunfo de Franco. Estas esquemáticas enumeraciones  señalan  un  proceso  complejo e ineludible de una formación política, económica y social extremadamente inestable y dinámica. Durante este periodo de  transición  se  desarrollaron  diversos  intentos  de  reconfigurar  España  para acompasar las transformaciones de un capitalismo recién  instalado  pero  ya  necesitado  de  modernización. Muchos fueron los reagrupamientos del bloque conservador, que seguía teniendo su base agraria, eclesiástica y  monárquica,  a  la  que  se  incorporaban  los  sectores industriales  y  las  entidades  financieras  creadas  en  los últimos años, en los cuales participaba la burguesía nacionalista, catalana y vasca.
 
Las  fuerzas  republicanas  también  estuvieron  su-jetas  a  numerosos  realineamientos,  incorporaciones  y contradicciones.  En  general  respondían  a  necesidades de las mayorías hambrientas y con todo tipo de necesidades. También comprendían intelectuales afines a los impulsos críticos, defensores de la libertad y la renovación  de  un  país  a  todas  vistas  atrasado  que  se  habían puesto en marcha en el 98 y que en este periodo vieron repetir la catástrofe colonial en Marruecos y la derrota de Annual (1923). De modo que los republicanos abarcaban un espacio nuevo, variopinto y cambiante en el cual se destacaban  anarquistas,  marxistas,  nacionalistas  y  diversas organizaciones  policlasistas  en vías de formación, que introducían  el  pensamiento  europeo  y  la  experiencia internacionalista.
 
No  es  necesario  decir  que  se  trata  de  un  período riquísimo, imposible de analizar en este trabajo, a pesar de  que  el  grado  de  involucramiento  de  los  escritores con los proyectos de la II República incidió en la práctica de sus opciones de género.
 
Polémicas y sensibilidades
 
En 1843, coincidiendo con la mayoría de edad de Isabel  II  que  ocupó  el  trono  de  España  entre  1833  y 1868, su ministro de Fomento- Pedro Gómez de la Serna- envió  a  Alemania a Julián Sanz del Río, catedrático interino de Facultad de Filosofía de Madrid, en lo que fue la única iniciativa de mejora educativa de este reinado. Pese a que en el panorama filosófico germano el  krausismo  estaba    ya  fuera  de  juego,  Sanz  del  Río volvió  fascinado por estas ideas que no pudo ensayar en el sistema educativo oficial. Junto con sus colaboradores  las  difundió  y  puso  en  práctica  en  instituciones privadas creadas para ello, en especial el ILE (Instituto de  Libre  Enseñanza,  1876)  que  introdujo  además    los métodos  activos  de  la  escuela  nueva. 
 
En  la  órbita  del Ministerio de Educación  se creó la Junta para Ampliación de Estudios (1907), la cual promovió diversos centros  de investigación en el campo científico y humanístico, además de la Residencia de Estudiantes (1910), la Residencia de señoritas (1915). En  la  dirección  de  esta    última  María  de  Maeztu buscó  llevar  adelante  una  institución  avanzada  que educara a las muchachas en la “libertad de una familia española bien organizada, (con) atención diligente, vigilancia meticulosa, sin que se sienta”. Se buscaba hacer “compatible la elevación intelectual con el mantenimiento de las virtudes morales de la mujer española; su aumento de cultura racial y hondo sentimiento del honor y la dignidad”.
 
Por supuesto no deseaba que la Residencia  acabara  siendo  “ni  casino  de  intelectuales ni plantel de sufragistas” sino “una casa de muchachas aplicadas  al  estudio”6.  Por  lo  demás  la  institución    siguió los principios de la residencia de varones adecuándolas para cultivar a quienes -en tanto féminas-   iban a encargarse de la maternidad y del acompañamiento social  de ese ser humano completo que era el hombre. Pese a cumplir una función renovadora en materia de enseñanza, promoviendo una educación laica, acti-va y experimental, siempre con los controles y autorizaciones paternas en caso de las señoritas, el krausismo sostenía que las mujeres eran una versión incompleta, inferior y supeditada a los varones. 
 
Por  regla  general  los  intelectuales  del  27  no  se  escolarizaron  en  el  ILE,  como  sucedió  por  ejemplo  con los hermanos Machado en la generación anterior; casi todos ellos  cursaron primaria en colegios católicos de su tierra natal y llegaron a la Residencia de Estudiantes para realizar su formación terciaria.  Varios escritores residían  allí,  se  reunían  a  diario,  asistían  a  clases  o  a las actividades especiales aunque se ocuparon poco de pensar  y  refundar  España  como  se  había  hecho  a  la hora de la tragedia de Cuba; ni Argel ni Annual tuvieron los mismos efectos. La ebullición filosófica y política ya había echado a andar, alimentada por el pensamiento de una izquierda que estaba en gestación dentro y fuera del país. Los intelectuales participaban de la vida pública con el talante de cada uno pero estaban concentrados antes que nada  en  su  arte  y  con  frecuencia  transitaban  por  las letras, la plástica, la música y las publicaciones.
 
La Residencia era uno más, quizás el más prestigioso e influyente de esos centros de intercambio  juvenil, abierto a los visitantes y a las novedades extranjeras en los cuales se cultivaban las elites cultas de clase alta, al igual que sucedía en lugares similares en provincias. A nivel de la población en general, con excepción de minorías, las costumbres seguían regidas aun en ambientes republicanos por la iglesia en especial en cuanto a la sexualidad. En materia religiosa, frente a la doctrina católica recalcitrante e inflexible, la ILE defendía el laicismo y un panteísmo abierto. No obstante las ideas, creencias, costumbres y valores éticos asociados al sexo constituían un substrato, un cuerpo de prejuicios, más o menos inconsciente y convencional, con  intensa in-fluencia por encima de la evolución, formación política o científica que el sujeto hubiera alcanzado.
 
En  aquellos  años  la  sexualidad    solo  se  concebía asociada  a  la  reproducción,  como  una  esencia  inmutable. El sexo era intrínsecamente malo y por tanto debía  ser  regulado  y  domesticado.  Eran  inaceptables  las pequeñas  variaciones  en  la  práctica  sexual,  que  iban de  los  actos  apenas  tolerables  hasta  hechos  abomina-bles7. Las transgresiones eran pecados y los pecadores homosexuales  se  convertían  en  monstruos,  sodomitas, perversos, desviados, invertidos. Este tipo de creencias, profundamente  enraizados  en  el  inconsciente  colectivo,  se vio beneficiada por las penalizaciones jurídicas cambiantes y por el interés de la ciencia y la medicina para las cuales la homosexualidad era una enfermedad cuya curación y prevención desarrollaban en un campo experimental.  La  criminalización  y  la  medicalización de las conductas sexuales diferentes también extendían su afán represivo al placer y al cuerpo en general.
 
Por  si  fuera  poco  el  control  más  eficaz  comienza con los pares y los maestros en la escuela, donde a las burlas  y  motes,  se  suman  el  disgusto  “silencioso”  que los  docentes  dispensan  a  los  diferentes  y  amanerados, tratamiento  que  también  cae  sobre  ellos  mismos  sor-prendidos en prácticas solitarias o sospechosas de preferencias especiales por algún discípulo. El insulto de “marica”, “maricón” se asociaba con las “mariquitas”, el tipo especial de homosexual callejero, de clase baja, dedicado a la prostitución, muy llamativo en cuanto a la ropa y los gestos. Véase el poema de Lorca8 y la curiosa coincidencia con la mención despectiva  de    Rafael  Alberti9  “mariquitas  desvergonzados en espera de esos increíbles hombretones que bajan de los barcos en busca de un placer que por aquellos puertos mediterráneos casi nadie osa considerarlo un extravío”. 
 
Residentes ante el Pabellón Trasatlántico de la Residencia de Estudiantes, en 1919. Fundación Federico García Lorca.

Aquellos  que  buscaban  clientes  por  las  calles  de Málaga,  constituían  casi  un  peligro  para  los  señoritos de  buenas  costumbres,  mientras  existía  cierta  condescendencia  callada  para  los  amigos  cuya  homosexualidad  era  conocida  por  los  íntimos.  Aún  así  los  poetas exhibían  o  escondían  sus  preferencias  con  diferente recato,  incluso  en  la  Residencia  donde  algunos  internos se molestaban frente a los comportamientos raros. No obstante la institución tenía fama de ser un centro de  homosexualidad  y  hasta  el  amaneramiento  de  sus directores  más  reconocidos  recibió  la  misma  etiqueta descalificadora. Los debates en torno al surrealismo, el cubismo y el arte puro no eran solamente estéticos. La apelación al inconsciente y a mundos experimentados más allá de la realidad, con sus dosis de absurdo e irracionalidad, fue ensayada y discutida en los círculos artísticos del 20.
 
La mayoría de los miembros de esta generación recibió las propuestas y las visitas de los iniciadores franceses. Sin embargo  no  solían  plegarse  a  la  escritura  automática, proclamando  el  dominio  consciente  de  los  materiales poéticos.  Tanto  en  Lorca,  Aleixandre  y  Cernuda  se perciben épocas y vetas surrealistas, que como veremos responden con éxito a las necesidades de la expresión y la exploración homoerótica. Al tiempo que argumentaban sobre las pretensiones del cubismo y del arte puro, los poetas se ejercitaban en el despojamiento de todo lo personal, de la anécdota e  incluso  del  sentimiento. 
 
Esta  modalidad  de  producción tampoco fue determinante, a pesar de que aparece como una alternativa para solucionar otros problemas, como ser la salvaguarda de la intimidad y el secreto. Coincidiendo con las exploraciones de este tipo, los poetas del 27 dedicaron mucha atención en la práctica y en la discusión a la imagen, la metáfora, el símbolo y la visión, entre las que podían distinguir la modalidad barroca, creacionista, ultraísta, surrealista, vanguardista. Sin embargo no aceptaron la dicotomía tradición/ originalidad, inclinándose por la relectura y reescritura de  los  motivos  clásicos  y  populares  de  la  literatura  española.  También  compartieron  traducciones  de  Rimbaud, Mallarmé, Lautréamon, Breton, Eluard y las primeras  traducciones  de  los  libros  gay  de  Oscar  Wilde, André Gide, Marcel Proust.
 
Podría decirse que tenían a su disposición una batería  intelectual  muy  amplia  a  la  hora  de  resolver  los desafíos  que  las  opciones  homosexuales  planteaban  a la escritura.
 

Federico a secas
 
El  encanto  de  Federico-  así  sin  apellido  ni  padrino-  fue  irresistible,  arrollador  y  generoso,  si  nos  dejamos guiar por quienes convivieron con él “en persona”. Uno querría desgranar todos los elogios cariñosos que le  prodigaron,  a  cual  más  bello  y  sugestivo  en  el  don de  evocar  su  presencia  subyugante.  Fue  polifacético  y brillante;  si  seguimos  parafraseando  el  mito  Federico y  la  mitología  españolísima  urdida  por  él,  debe  haber sido o quizás fue, un poeta en cada gesto cotidiano al igual que lo fue en las artes de la pintura, la música, el teatro y la literatura.
 
Un poeta que descollaba cuando se presentaba en vivo pues “el duende” que lo habitaba se le subía a borbotones por la sangre, con una “hierba  de  muerte”  inseparable  de  la  alegría  desbordante, arrancando aplausos y aclamaciones. Tampoco  es  para  desconfiar  demasiado  de  la  admiración subjetiva de quienes lo conocieron; sin duda Lorca conquistaba y seducía a su público cuando recitaba  o  cantaba  acompañándose  al  piano.  En  1920  el autor recibió abucheos durante el estreno de El maleficio de la mariposa,  pero a lo largo de su vida siempre obtuvo  el  favor  del  público    cada  vez  que  se  presentaba  a recitar y cantar en reuniones más o menos numerosas, salvo aquellas en las cuales participaron opositores políticos organizados en los últimos años de la República.
 
Mimado por la fortuna, por el genio y en especial por  la  simpatía,  el  escritor  entronizado  como  un  demiurgo, sufrió como persona el rechazo, la exigencia, la presión social. Quizás los reclamos para que publicara los textos que ya tenía preparados y era renuente a hacer, sean un ejemplo de esa ambivalencia, lindante con la inseguridad. Tal vez no lo hiciera como todo artista de la oralidad, incapaz de dar por terminada la performance,  siempre  en  proceso  de  re-creación.  En  buena medida también, la indecisión se vincula con el temor a defraudar o el temor a atreverse, a ir más allá poniendo por escrito lo que era un secreto a voces.
 
Cuando la familia lo apuraba a que produjera algo para solventar sus gastos, no se limitaba a promover la independencia  económica  de  un  hijo  que  amenazaba con ser un estudiante eterno. El padre enviaba emisarios a Madrid para averiguar qué hacía el artista, quiénes eran sus amigos y en qué consistían esas amistades y  esa  fiesta  corrida  que  tenía  por  centro  a  Federico. Las cartas de la madre insisten en las advertencias y los velados reproches sin ocultar la voluntad de controlar. Las  respuestas  de  Federico  oscilan  entre  las  excusas  y las promesas, concentradas en los reiterados pedidos de dinero más bien humillantes a causa de los secretos que se iban convirtiendo en abyecciones.10 En las manipulaciones  de  una  y  otra  parte  no  se  menciona  la  vida sexual de Federico,  ni siquiera su hermano Francisco que era muy cercano a él dio testimonio de sus amores “inconfesables”.
 
El poeta en apariencia se apasionaba con  otros  hombres  y  vivía  esos  amores  con  desenfado entre los círculos propicios pero se movía en una cuerda floja, entre los que sabían y los que simulaban no saber-lo, por supuesto sus progenitores. Antes de exiliarse y después de asesinado Federico, los deudos dejaron los inéditos y documentos del escritor en la caja fuerte de un banco pues sabían su valor. Sin embargo nunca aceptaron la homosexualidad con la excusa de no mezclar el carácter político del crimen con otros asuntos que pudieran debilitar la causa. En  los  80,  cuando  los  Lorca  ya  habían  vuelto  del exilio y comenzaron la complicada tarea de desenterrar los  originales  convocando  a  un  grupo  de  especialistas de su confianza, siguieron atrincherados tras el silencio.
 
Entonces era un gesto inútil, que demostraba la fuerza de  la  represión,  dando  lugar  a  una  bella conspiración poética, digna del teatro lorquiano.
 
En ese momento ya se había publicado buena parte de  la  correspondencia  en  la  cual  los  amigos  del  poeta hablaban sin tapujos de las preferencias sexuales de Federico y también algunas cartas en las cuales el propio poeta comentaba su decisión de editar los Sonetos de amor oscuro y  la  pieza  teatral El público,  aclarando  que  tenía en mente textos “impublicables e irrepresentables” en alusión al escándalo social y familiar que provocarían. Arrogándose el derecho de defender una memoria parcial del hombre que fue Federico, la familia siguió controlando  y  cercenando  su  necesidad  de  asumir  quién era, y privilegiando en definitiva sus inclinaciones auto represivas. 
 
A  pesar  de  todas  las  trabas  y  precauciones impuestas para acceder a los originales, la operación de desclasificación en dos actos se realizó a la perfección. No  se  sabe  -ni  interesa,  por  lo  menos  a  mí-  cómo alguno de los investigadores se las arregló para extraer una copia de los Sonetos de amor oscuro y hacerlos llegar a Francia donde se editaron traducidos, para indignación de los  españoles que se sintieron traicionados. En consecuencia  hubo  un  segundo  acto  en  que  apareció una  lujosa  publicación  con  escasos  ejemplares  numerados que se hicieron llegar desde Granada a los domicilios privados de escogidos especialistas. En esta bella edición  clandestina-  que  imitaba  el papel  color  rosa  y la tipografía usados por la editorial Litoral de Manuel Altolaguirre  para  los  libros  poéticos  de  los  amigos  del 27- el misterio seguía venciendo al silencio.
 
FGL en el Jardín de las Adelfas de la Residencia de Estudiantes, 1919.
Fundación Federico García Lorca.

Los deudos no se dieron por vencidos, de modo que cuando llegó la  versión  oficial  del  poemario,  el  sospechoso  adjetivo “oscuro” había desaparecido. El crack del 29 norteamericano coincidió con una fractura relevante en la vida y obra del poeta que lo había llevado a huir a Nueva York. Entonces se contaba en  los  corrillos  parisinos  que  el  padre  estaba  desesperado  porque  Federico  andaba  persiguiendo  jovencitos y lo había enviado a cambiar de aires. Si fuera cierto, las intenciones paternas no lograron el resultado esperado. Ese viaje, incluido el pasaje por Cuba, lo devolvió a  España  cambiado  hasta  en  el  aspecto  físico. “Ya  no es  nuestro  Federico.  Sino  una  persona  muy  diferente. Totalmente  masculino,  y  muy  ordinario”  -comenta Norma Brickel (Gibson, 1998, p. 354) en clara alusión a  una  actitud  homosexual  mucho  más  evidente. 
 
En América el viajero había desatado algunos nudos, traía nuevas  cosas  que  decir  y  un  estilo  onírico,  irracional, casi  pesadillesco,  en  el  cual  las  emociones  dionisíacas dominaban el espíritu apolíneo a diferencia de la poesía anterior.    Federico debe haber sido un magnífico extrovertido y no menos magnífico taciturno solitario. Había nacido  para  actuar  en  público  y  le  encantaba  recitar  sus poemas. Esa fiesta de palabras  que esconden y revelan como máscaras acogía sus estados de ánimo cambiantes y sus emociones secretas brindándole además ocasión para aclarar las malas interpretaciones de su obra, más dolorosas por venir junto con los elogios. Una  de  ellas  giraba  alrededor  del Romancero  gitano, cuya composición se inició en 1924, dando lugar a conferencias y lecturas desde 1926. En 1927 -el año de homenajes a Góngora- Federico ya había consolidado una trayectoria relevante, reconocida por artistas con la talla de Manuel de Falla y Juan Ramón Jiménez.
 
Había hecho amistades perdurables, sin distinguir entre heterosexuales y homosexuales, aunque cabe destacar entre estos  últimos  aquellos  que,  llevando  su  opción  de  género con naturalidad y libertad, intercambiaban confidencias con el joven indeciso. Tenía  un  libro  publicado  y  un  título  universitario pero no había logrado ganar un duro, seguía sin emanciparse, pidiendo a sus padres autorizaciones para quedarse en Madrid, para viajar a extranjero y demás. Casi  siempre  terminaba  pasando  una  temporada  en Granada,  haciendo  buena  letra  de  señorito  andaluz  y congraciándose con sus progenitores. En 1928, apenas publicado, el Romancero gitano se agotaba cada vez que se ponía a la venta, otorgando a su autor una popularidad agobiante de modo que en el colmo de su éxito el poeta se sentía incomprendido por quienes lo aclamaban.
 
Ese síntoma de distinción en apariencia no alude al sexo, que se expresa en los poemas de una forma indirecta.  Federico  fundamenta  sus  objeciones  a  las  interpretaciones corrientes planteando una postura esencia-lista de la raza y del país. En su concepción, que no ad-mite el costumbrismo, el pintoresquismo ni el exotismo, los gitanos son ensalzados como lo más “aristocrático” de Andalucía y su excepcionalidad es algo dado, mágico y fatal, destinado a la destrucción y la muerte. Mejor dicho, algo emparentado con una religiosidad muy primitiva, mítica, ajena a la historia y a toda construcción humana,  social  y  cultural  que  no  surja  del  “duende”.
 
Esa es su manera sofisticada y muy tradicional de dignificar a los oprimidos y a los marginados entre los cuales, paulatinamente, irá encontrándose. Sus preferencias sexuales se insinúan de forma indirecta y oblicua en estas narraciones de amores fracasa-dos, frustrados e imposibles, contrariados por el destino esencial de la raza y por la “hierba” de la muerte, si se me permite solazarme con esta metáfora lorquiana tan poco  difundida.  El  elogio  de  la  belleza  masculina    re-alza rasgos poco transitados por la imagen tradicional de la hombría, por ejemplo, las pinceladas sensuales de Muerte de Antoñito el Camborio, -“moreno de verde luna”, “y este cutis amasado/ con aceituna y jazmín”-, las referencias al talle flexible y cimbreante dadas por los juncos, que se suman a los símbolos fálicos.
 
Las navajas, los peces,  el  viento  verde,  los  cuernos,  sugieren  el  ímpetu del instinto sexual masculino y la mirada lujuriosa del deseo que se expande en la atmósfera cósmica, justificando que se hable del panerotismo lorquiano: “Verde que te quiero verde, /verde viento, verdes ramas”. La asociación del color verde con la sensibilidad homoerótica fue observada por  Jung.
 
En ocasiones se despoja de circunloquios y eufemismos, concentrando las metáforas como en el Romance del emplazado dedicado  a Emilio Aladrén, un joven amante por quien Lorca se había desvivido:
 
Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados
 
El mismo motivo lúdico se reitera aludiendo a la tradición bíblica judía, al ciclo del Rey Arturo y a la litera-tura árabe “aljamiada”, en el romance de San Rafael:
 
Niños de cara impasible
en la orilla se desnudan
aprendices de Tobías
y Merlines de cintura
para fastidiar al pez
en irónica pregunta
si quiere flores de vino
o saltos de media luna.
Pero el pez que dora el agua
y los mármoles enluta
les da lección y equilibrio
en solitaria columna.
El Arcángel aljamiado
de lentejuelas oscuras
en el mitin de las ondas
buscaba rumor y cuna
 
Las  manifestaciones  homoeróticas  más  claras  del poemario son las estampas de los arcángeles, instaura-dos en una frontera entre lo sacro y lo profano. La hermosura de San Gabriel todavía está lejos de lo sacrílego
 
Un bello niño de junco,
anchos hombros, fino talle,
piel de nocturna manzana,
boca triste, y ojos grandes
 
Más transgresor San Miguel aparece travestido, con gestos  de  entrega  y  coquetería  que  sugieren  una  invitación al goce  y la satisfacción ante su propio cuerpo. El engalanamiento de los pasos de virgen que salen en las procesiones de semana santa, vestidas de seda, arregladas y enjoyadas como seres de carne y hueso es una costumbre arraigada en la religiosidad andaluza  pero el fervor callejero encendido por los piropos gritados a voz en cuello guardan poca relación con las voluptuosas descripciones de Lorca, emparentándose más con el retrato desdeñoso de su poema Canción del Mariquita.
 
San Miguel lleno de encajes
en la alcoba  de su torre
enseña sus bellos muslos
ceñidos por los faroles.
Arcángel domesticado
en el gesto de las doce,
finge una cólera dulce
de plumas y ruiseñores
 
....
 
San Miguel se estaba quieto
en la alcoba de su torre,
con las enaguas cuajadas
de espejitos y entredoses
 
“Lo de las enaguas del santito en su alcoba”- dice Salvador  Dalí  en  una  carta  dirigida  a  Federico  en  la cual critica el Romancero y elogia al autor. En 1928 Luis Buñuel descalificaba los mismos versos con similar iro-nía peyorativa, extendiendo la acidez -homofóbica- a los críticos y admiradores de Lorca: “los Andrenios, los Baeza, los poetas maricones y cernudos de Sevilla”.
 
Salvador  Dalí y García  Lorca  habían  mantenido una relación íntima tortuosa y prolongada  que terminaría con una triste acusación de pederastia mediante la  cual  Dalí  intentó  explicar  al  mundo  la  separación, alardeando que él habría resistido a los acosos. Por su parte Buñuel, que era conocido como un homofóbico salvaje,  competía  con  Federico  por  las  atenciones  de Salvador, que terminó acaparando ambas.   A  pesar  de  las  infidelidades-  más  delicadas  aun  si no mediaba el amor-, de los ruegos de uno y los desdenes del otro, entre el poeta y el pintor se establecieron intercambios artísticos muy fecundos.
 
Por lo pronto Federico disfrutó de varias estadías en Barcelona y Cadaqués  que  le  abrieron  el  horizonte  europeo,  aportando la  visión  del  surrealismo  parisino  tal  como  la  sentían los  amigos  de  aquella  región.  Muestra  de  estos  influjos  son  las  obras  producidas  en  conjunto  aunando  las dotes del dibujante y del poeta que había en cada uno de ellos, como ser las autorrepresentaciones de los dos, con  sus  cabezas  superpuestas,  decapitados,  mutilados. En estos dibujos la obsesión de Federico por interpretar a la muerte, en actuaciones repetidas entre amigos desde años atrás, entra en consonancia con los motivos oníricos frecuentados por Dalí. Aunque    el  andaluz  encontró  un  público  catalán entusiasta  que  siguió  sus  conferencias  y  admiró  sus dibujos,  a  partir  de  estas  experiencias 
 
Lorca  fue  profundizando  la  autocrítica,  que  ya  estaba  en  germen. Las interpretaciones que lo convertían en poeta de los gitanos ahondaban su malestar. De modo que cuando Dalí y Buñuel le reprochaban ser un poeta trasnocha-do, anacrónico y tradicional, el contenido, conocido y casi aceptable, no podía molestarle tanto como el tono y las burlas homofóbicas. Los  nuevos  desplantes  de  Dalí  que  se  suman  el abandono  de  Emilio  Aladrén  configuran  una  crisis amorosa    grave,  más  aún  porque  el  fracaso  frecuente  en  las  pasiones  de  Federico  cuestiona  la  identidad de género y todas las opciones que lo llevan a preferir hombres  muy  jóvenes,  bellos,  casi  siempre  bisexuales.
 
El  enamorado  se  deshacía  por  anticiparse  a  todos  sus gustos como sucedió con Emilio, un escultor de escasa valía a quién el poeta trató de promover halagándolo y recomendándolo en el mundo artístico. Sin embargo el joven lo abandonó por una mujer con la cual terminó casándose.  A mi parecer la relación con Salvador tiene otras aristas,  no  solo  porque  el  deseo  de  Lorca  renace  una y  otra  vez  como  si  no  supiera  del  rechazo  que  casi siempre  lo  espera,  sino  por  los  proyectos  intelectuales y artísticos que promete. Salvador quizás fue un igual con un carácter fuerte, que lo manipulaba mientras lo desafiaba  y  lo  menospreciaba.  La  represión  no  surge solo del mundo hostil sino del núcleo mismo del deseo, con el juego propio de la atracción y la repulsión, o sea, una forma dolorosa de abyección que lo expulsa de sí mismo y del universo.
 
Nueva York brinda la oportunidad al poeta de salir de  sí  y  lanzarse  fuera  del  abismo,  lo  cual  por  parado-ja  parece  ser  enfrentarse  a  sí  mismo  y  a  la  “otredad”, que no es una vivencia nueva. En el Poema doble del lago Eden la evocación de la infancia inocente es brevísima, “Era  mi  voz  antigua/  ignorante  de  los  densos  jugos amargos”. La  interrumpe  la  voz  viviente  invocada  en los lamentos reiterados a gritos: “Ay voz antigua de mi amor/ Ay voz de mi verdad/ Ay voz de mi abierto costado”.  En un texto donde abundan los versos crípticos, sorprenden  esos  otros  tan  francos  para  decir  el  dolor y  la  intención  clara  de  afirmar  la  identidad  desde    la emoción, el saber y el cuerpo.
 
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano,
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera,
¡mi amor humano!
 
El  sujeto  poético  desterritorializado,  es  decir,  des-pojado de un aquí y ahora, se reivindica como una persona  apasionada,  que  puede  liberarse  sin  dar  razones para el amor y para el dolor. No obstante la alusión a los “niños del último banco” evoca un dato biográfico aportado por un condiscípulo (Gibson, 1998, p 57):
 
Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco
 
El escolar al que los niños llamaban Federica, quizás amparándose en la animadversión de los docentes, se  recluía  en  el  último  banco,  sintiéndose  desde  “antiguo”  diferente  y  separado.  Los  versos  siguientes  no podrían ser más explícitos:
 
Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño, abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo
 
No, no. Yo no pregunto, yo deseo
voz mía libertada...
 
El acoso y la hostilidad del entorno urbano se acumulan, al igual que en el resto de Poeta en Nueva York, en las imágenes grises del aluminio, el alfiler oxidado, la  hojalata  y  el  laberinto,  todo  lo  cual  conduce  a  la culpa,  el  castigo  del  cuerpo,  el  paso  del  tiempo  y la persecución.
 
el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado. 
 
A lo largo del poemario- no sólo en esta pieza- los símbolos, las metáforas, las visiones, la retórica en general, muestra la proximidad del surrealismo, sin adoptar la  irracionalidad  o  la  escritura  automática,  pero  estableciendo  una  atmósfera  abisal  y  pesadillesca  acorde con la experiencia de una o múltiples fracturas. El título del poema invita a una doble lectura que los críticos no suelen precisar. La antítesis fundamental corresponde  al  campo  y  a  la  ciudad;  esta  última  representa  un idioma y una cultura ajena, donde reinan las máquinas y el anonimato.  
 
Eden  Mill  es  un  lago  real  donde  Lorca  pasó  unos días descansando del ruido y la vorágine neoyorquina. El  nombre  del  lugar  aporta  sus  connotaciones  mítico religiosas. Ese edén puede representar el paraíso de la infancia  enfrentado  al  tiempo  dominado  por  el  reloj encenizado.
 
Pero a su vez es el Edén “donde Eva come hormigas /y Adán fecunda peces deslumbrados”. La alusión a la pérdida de la inocencia, a la tentación y a la esterilidad de la cópula entre varones, sugerida por el pez, símbolo fálico de la penetración, expresa la sensibilidad homoerótica, en especial, si la leemos desde el conjunto de la obra lorquiana. Toda la composición tiene un tono elegíaco; no obstante en esta estrofa el sujeto lírico reclama el acceso al gozo, que está asediado por fuerzas de  Saturno,  dios  del  tiempo  devorador  de  sus  hijos  y asociado a la androginia de Urania:
 
Dejarme pasar, hombrecillos de los cuernos,
al bosque de los desperezos
y los alegrísimos saltos
 
Otros textos de Poeta en Nueva York tratan la problemática gay a veces en forma de digresión, por ejemplo, la  bellísima Oda  a  Walt  Whitman,  cuyo  hilo  conductor es  el  elogio  del  poeta,  “anciano  de  barba  luminosa  y casta,”  soñado  por  los  maricas.  O  sea,  el  elogio  de  la ancianidad. La fatalidad del “viejo hermoso”, deseoso de “un desnudo que fuera como un río/ toro y sueño que junte la rueda con el alga, son las muchedumbres de gritos y ademanes/ como gatos y como las serpientes/ los maricas”. Terrible es la ira de Lorca contra los que ahora llamamos trabajadores sexuales, que él contrapone con la  homosexualidad  naciente  del  niño  y  el  muchacho que dan los primeros pasos ingenuos a escondidas. Por exceso  de  prejuicios  y  de  subjetividad,  Federico  aborrece y repudia otra forma de “otredad”: aquellos que se burlan o toman en broma a sus iguales más frágiles o  enamoradizos  como  él. 
 
En  aquellos  deposita  la  abyección mientras reserva la pureza para quienes puede aceptar como sus semejantes. De nuevo el discurso de las imágenes violentas, pesadillescas,  las  imprecaciones  y  los  alaridos  inauguran un  tipo  de  belleza  “fea”  que  Dalí  reclamaba.  Entrelíneas él enhebra imágenes delicadas y un decir desnudo para plantear la problemática que siente en carne viva: La edad madura del que todavía ama la hermosura de la juventud  que su cuerpo va perdiendo. En El  diván  de  Tamarit y  en Sonetos  oscuros el  tono  y la temática serán otros, propios de la poesía amatoria, mientras los que hemos analizado hasta ahora pertenecen a la lírica del sujeto homosexual,  todavía sensible a las presiones y prejuicios sociales mientras está saliendo conflictivamente de su “armario”, con una concepción contradictoria de la identidad sexual.
 
A pesar de que Tamarit es el nombre de las tierras de  un  tío,  el  título  del  libro,  deliberadamente  polisémico,  subraya,  incluso  por  su  sonoridad,  la  tradición cultural árabe que está eligiendo como lugar de enunciación lírica. El diván es un mueble de origen otomano que estuvo de moda en Europa desde el siglo XVIII y aún  hoy  insinúa  la  molicie  y  la  entrega  que  invitan  al placer y la reflexión. En la literatura árabe el término designa una colección de poemas como la “gacela” y la “casida” que son tipos de composiciones líricas. Lorca no respeta la preceptiva y la métrica original pero opta por  una  atmósfera  erótica  y  espiritual  “oriental”. 
 
Se trata de la tradición mora aún viva en Andalucía, fortalecida por la reciente publicación de la antología de Emilio García Gómez  Poemas arábigoandaluces (1930). Algunas “gacelas” de El diván inician el diálogo con el  amor  ausente  que  alcanzará  estremecedoras  cumbres en los Sonetos. Todavía predomina la estrategia del ocultamiento; se habla de sentimientos y gestos sin necesidad de precisar la identidad sexual del ser amado. En la Gacela del amor desesperado, la fatalidad abyecta de la pasión se expresa en metáforas de la fealdad y la suciedad que la empujan a la oscuridad del secreto y a la muerte, otro tema recurrente:
 
Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel
 
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad
 
Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.
 
El amor secreto e incomprendido de la Gacela del amor imprevisto sugiere el cuerpo masculino con las metáforas, sujetas por supuesto a la libre interpretación. Un crítico empeñado  en  hacer  precisiones  donde  debe  primar  la sugerencia ve una referencia a la lengua que besa en el colibrí, a mi entender un claro símbolo fálico:
 
Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
 
Con su desafiante concisión, los sonetos continúan recurriendo  al  recato  ya  sea  para  evocar  detalles  íntimos o para definir la naturaleza de un sentimiento que perdura cuando la historia ya está declinando. Sólo un adjetivo masculino permite asegurar que el enamorado se  dirige  a  un  varón,  en El  amor  duerme  en  el  pecho  del poeta
 
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido
 
Además del secreto y la incomprensión, los sonetos evocan  diversas  situaciones  o  características  del  amor “oscuro”. La esterilidad, tema obsesivo del poeta, trasciende la mera reproducción biológica, refiriéndose al decir de amor.  El núcleo central de Ay voz secreta del amor oscuro se lamenta tanto por ese decir inútil e imposible como por la falta de “fruto” de una pasión que es carnal y pura pero por definición es perseguida y censura-da, en ese silencio sin confín.
 
Ay perro en corazón! Voz perseguida
silencio sin confín, lirio maduro
 
huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.
 
La concepción esencialista se reitera aquí fundiendo al sujeto lírico con una pasión que le es inevitable y natural. Para Federico la identidad no se construye, es algo dado y biológico, que se sufre
 
Que soy amor, que soy naturaleza!
 
La locura de amor y la serenidad, el sufrimiento del amor vivido y el dolor de  la ausencia, la melancolía y el  gozo.    Antítesis,  paradojas,  aporías,  promueven  ese estremecimiento poético tan peculiar en el que se con-juga  la  intertextualidad  barroca-  Quevedo,  Góngora, Shakespeare,  remontándose  más  allá  hasta  Garcilaso- con el genio o la veta surrealista. La atmósfera íntima de  estos  diálogos  amorosos  eminentemente  cerebrales es el tono coloquial que no puede negar la sinceridad del sentimiento.
 
No  de  otra  manera  pudo  emparentarse  reiteradas veces  el  amor  humano  con  “la  noche  del  alma”  de  San Juan de la Cruz.
 
Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura
 
García Lorca solía explicar su poesía en conferencias  pero  también  reconocía  que  no  sabía  qué  quería decir determinado verso hermoso e ineludible. No vayamos más allá de ese misterio.
 

Paradojas y leyenda negra: Vicente Aleixandre
 
Aparte de ser un gran poeta -que no es poca cosa- Vicente  Aleixandre  pasó  una  vida  anodina  sin  acontecimientos  o  hazañas  que  no  refirieran  a  la  salud  o a  la  literatura.  Sus  horas  transcurrieron  como  si  sólo hubiera contemplado la vida  gay de su entorno inmediato, que recordaba y sabía al dedillo, siempre con una opinión autorizada, medida y razonable. Sin embargo, en el fondo, fue un homosexual secreto. Bien conocido por sus visitantes más asiduos, no manifestaba incomodidad  con  la  situación  ni  con  su  condición  a  pesar  de las  anécdotas  y  aventuras  heterosexuales,  que  a  veces ponía a circular.
 
Decía ser liberal de izquierda y supo ser republicano cuando hizo falta; sobrevivió la guerra civil, recuperó su legendaria casa de Velintonia que según contaba le fue arrebatada y destrozada por los “rojos”. No quiso o no pudo exiliarse sobreviviendo a la dictadura en el chalet  que  fue  convirtiéndose    en  un  foco  de  supervivencia cultural, donde ejercía su magisterio benefactor entre los jóvenes y movía los hilos del mundo editorial. La hospitalidad  del autor  colaboró con la construcción y  la  conservación  de  la  memoria  literaria  haciéndolo objeto de una admiración y agradecimiento que superó el malestar provocado entre algunos sectores por su ingreso a  la Real Academia Española (1949) y el premio Nobel que le fue concedido  en 1977.
 
Ser galardonado durante  la  dictadura  levantaba  sospechas  porque,  en definitiva, la tolerancia del régimen para con las “desviaciones” del autor mejoraba la imagen internacional del franquismo alentando la expectativa de una transición democrática, incluso dentro del país.  La  doble  o  triple  vida  de  Aleixandre  es  toda  una incógnita en varios planos. Solía testimoniar con el respeto  deseable  los  secretos  de  sus  visitantes,  a  quienes escuchaba y aconsejaba en materia literaria y también en cuanto a la conveniencia o no de sus relaciones amo-rosas. Con excepción de los íntimos frente a los cuales disimulaba -el recalcitrante Dámaso Alonso-, casi todos sus amigos conocían y custodiaron su vida íntima con  discreción,  tal  cual  él  lo  deseaba,  hasta  después  de  su muerte, cuando explotaron de manera escandalosa las acciones  judiciales  de  la  viuda  de  Carlos  Bousoño  reclamando  la propiedad de las cartas de amor escritas a  su  esposo  durante  años,  que  fueron  incluidas  en  el expediente,  en  la  prensa  y  en  la  exitosa  biografía  de Emilio Calderón.11
 
Recluido en su chalet de la calle Velintonia a causa de “la mala salud de hierro” que lo acompañó de por vida,  hasta la guerra civil los miembros más afines de su  generación    lo  frecuentaban  y  hacían  fiestas  en  las cuales  Federico  tocaba  el  piano  y  “hasta    llegaban  a bailar”  (Gibson,  1998)-  detalle  que  ha  sido  puesto  en duda como si fuera muy pecaminoso. Tal como se ve en las fotos, corpulento, siempre bien trajeado y elegante, los ojitos un poco entornados y la media sonrisa tímida flotando  entre  la  nariz  larga  y  la  mandíbula  saliente, Vicente participaba desde una modesta segunda fila de los proyectos culturales, aunque permanecía mucho en su hogar bajo el cuidado de su familia con la que siempre  convivió  contribuyendo  con  la  imagen  pública  de buenas costumbres.
 
Si sus parientes se preocuparon en exceso  por  su  tuberculosis  renal,  realmente  muy  deli-cada,  o  por  el  bullicio  de  sus  amistades,  nada  de  esto ha trascendido y solo pueden adivinarse los prejuicios porque Vicente no quiso publicitar su homosexualidad en vida de su hermana para no mortificarla. Completando  la  figura  respetable,  el  escritor  con-taba las aventuras heterosexuales de esa época. Con la actriz  Carmen  de  Granada,  que  le  contagió  una  enfermedad venérea de muy lenta recuperación, y con la californiana  Margarita    Alpers,  a  quien  conoció  en  la Residencia, y con quien tuvo relaciones muy apasiona-das.  Esta última  había vuelto a vivir con su esposo en Estados Unidos, no sin antes sembrar una duda. Juanita, que acompañó la visita de Margarita muchos años después,    podría  haber  sido  hija  de  los  dos,  como  el poeta se complacía en sugerir.
 
En  paralelo    con  esta  historia,  Vicente  había  conocido en los mismos círculos a Eva Seifart, alemana, siete años mayor que él, que daba clases de su lengua materna.  A  pesar  de  que  el  escritor  no  la  consideraba  atractiva,  mantuvo  con  ella  un  vínculo  por  décadas, durante las cuales el sexo fue dejando lugar a la amistad,  las  confidencias  y  las  estadías  de  ella  en  la residencia veraniega de  Miraflores. Para mantener la fama de bisexual - cierta o no-, que al poeta le agra-daba cultivar, alcanzaba con la existencia comprobada de Eva y con alguna suposición más, que le permitía pasar por un inofensivo solterón entre los círculos conservadores.
 
Otra  paradoja  es  que,  siendo  un  gran  poeta  del amor, sus composiciones no pusieron en peligro las experiencias  clandestinas  que,  en  aquella  época,  lo  hubieran  aniquilado,  cárcel  mediante.  Dejando  de  lado las  casualidades  que  pudieran  protegerlo,  una  de  las claves reside en la retórica con que dio voz a sus pasiones ocultas y con la cual fue acompasando los cambios culturales.  Por  otra  parte,  premiado  en  sus  inicios  literarios por sus libros de amor más intensos,  extraña la paradoja de que alcanzara con rapidez fama de atrevido e innovador, en el campo poético por supuesto y quizás también  en  el  plano  de  una  vida  afectiva  clandestina, tan reservada como expuesta.
 
En  lo  demás  Vicente fue moderado, amable y  correcto. Según mi parecer, su situación personal presen-taba tantas limitaciones que no hubiera sobrevivido al franquismo  de  no  ser  por  su  habilidad  para  andar  en la  cuerda  floja,  aprovechando  las  ventajas  familiares y  las  pequeñas  libertades  derivadas  de  su  ponderado  “savoir faire”. No creo yo que actuara como un calculador  acomodaticio  pero  en  cambio  supongo,  que  sin proponérselo, fue un  manipulador excelso. En el arte de la poesía amatoria, consagrada mientras iba construyendo la sofisticada y paradójica imagen pública, se vislumbran emociones  auténticas representadas  en  forma  de  símbolos,  visiones  y  cosmovisiones asociados a las vivencias eróticas.
 
A  partir  de  la  reseña  escrita  por  Pedro  Salinas  en 1935 en ocasión de la edición de La destrucción o el amor, esa etapa de la producción aleixandrina  ha sido considerada  por la crítica como el resultado de una postura panteísta, de una ambición cósmica12. En esa breve nota rica en ideas fecundas a las que hemos de volver, Salinas  comenta, aludiendo a la dificultad de  los  poemas: El anhelo de fusión da en la confusión. Carlos Bousoño, continuó analizándolos en el libro de 1950  alrededor del  cual  se  fue  concitando  el  consenso  de  los  estudio-sos.13 En la primera etapa de la obra, que termina con Sombra del Paraíso, predominaría el estilo cósmico, mientras en la segunda, que comienza con Historia del corazón, lo haría el estilo histórico o realista, que concentra la  solidaridad  amorosa    en  el  vivir  humano. 
 
Los  dos últimos poemarios publicados en vida constituyen otro apartado donde  la vejez del hombre y el conocimiento reciben la mirada de un poeta que advierte el final de sus días. Para Bousoño los libros iniciales giran alrededor de “su solidaridad amorosa” con el cosmos que  “lo con-duce a un panteísmo en el que el amor es la sustancia unificadora” y la destrucción, una forma de fusión con el mundo. Leopoldo de Luis, crítico y biógrafo a tener en cuenta, se refiere a las dos etapas mencionadas pero puntualizando  que  en  la  obra  completa  se  “percibirá una  visión  solidaria,  de  una  concepción  totalizadora del mundo”. Coincidencias similares con matices personales se observan en los comentarios de los especia-listas más destacados aunque nada es mejor que el aval dado a estas valoraciones por Aleixandre en una carta de 1940 dirigida a Dámaso Alonso, que transcribo casi en su totalidad.
 
Siento  en  mí  una  especie  de  leonina  fuerza inaplicada, un amor del mundo, que a mí, hombre en reposo, me hace sufrir o me exalta. Tengo una visión  unitaria  de  la  vida,  combatido  yo  en  doble corriente.  De  un  lado,  un  egocentrismo  que  me hace traer a mí el mundo exterior y asimilármelo; y de otro, un poder de destrucción en mí en un acto de amor por el mundo creado, ante el que me aniquilo. En el fondo es absolutamente lo mismo. Los límites corporales que me aprisionan, se rompen, se superan, en esa suprema unificación o entrega, en que, destruida ya mi propia conciencia, se convierten en el éxtasis de la naturaleza toda. Por eso el amor personal, es decir, individual, en mí trasciende siempre en imágenes a un amor derramado  hacia  la  vida,  la  tierra,  el  mundo.
 
Cuántas veces confundo a la amante con la amo-rosa tierra que nos sustenta a los dos! En el fondo no  es  más  que  el  ansia  de  unificación,  de  la  cual el amor es como un simulacro, el único posible en la vida, porque su cabal logro no está más que en la  verdadera  destrucción  amorosa:  en  la  muerte. Todo  esto  de  mí  lo  sabes  tú  bien,  aunque  nunca te lo he formulado con tanta concreción. La con-ciencia de ello la tengo desde hace varios años. Sabiéndolo, fácil es explicar mi amor por la naturaleza, mi sensibilidad por el placer de los sentidos, vista,  oído,  etc...  mi  adoración  por  la  hermosura visible y hasta la mística de la materia que indudablemente hay en mí.14 En  varios  prólogos  a  sus  libros  el  autor  continuó subrayando  estas  ideas,  con  las  cuales  no  discrepo  en tanto  son  una  mirada  y  una  introducción  a  la  obra autorizada nada menos que por el propio creador.
 
Manuel Altolaguirre, Vicenta Aleixandre,  José Luis Cano y Carlos Bousoño, en los años cincuenta. Efe

No obstante son posibles otras aproximaciones que intentan descubrir el deseo sexual encubierto en los poemas de Espadas como labios y La destrucción o el amor, compuestos entre 1930 y 1933. En  estos  años  el  joven  escritor  vivió  experiencias determinantes.  Ya  había  optado  por  la  homosexualidad,  al  parecer  iniciada  en  1928,  y  mantenida  en  exclusividad de ahí en adelante. Las visitas de Eva fueron un escudo más que oportuno para mantener en secreto el  nuevo  rumbo  de  su  vida.  Como  ya  he  comentado era  frecuentado  por  amistades  entre  las  cuales  se  distinguía  el  grupo  de  artistas  homosexuales,  entre  ellos Lorca  y  Cernuda,    con  quienes  intercambió  confesiones y preocupaciones.
 
Por el primero de ellos conoció a  quien  fuera  su  pasión  más  importante  del  periodo: Andrés  Acero,  militante  de  la  UGT,  preso  antes  durante la dictadura de Primo de Rivera y exiliado luego en  México  donde  murió.  El  compromiso  político  del amante quizás alimentara el entusiasmo con que salió a la calle en compañía de Cernuda a festejar la llegada de la república. No menos relevante fue el curso de su enfermedad, que  culminó  en  1932  en  la  extirpación  de  un  riñón. Lorca, que lo acompañó a la clínica, comentó en su correspondencia la gravedad de la situación, ante la cual  Vicente  se  había  echado  a  llorar  y  él  tampoco  había logrado contenerse. El peligro que corría en opinión de los médicos, debe  haberle hecho sentir la cercanía de la muerte. De modo que en la escritura de estos poemas los avatares biográficos no fueron cosa secundaria.
 
En cambio la superficie de los versos en nada evidencia  semejantes  acontecimientos,  en  consonancia con las aspiraciones de la poesía pura, que apreciaba la supresión de la anécdota personal. El surrealismo, que abría las compuertas del inconsciente, propiciaba la  liberación  lírica  inmersa  en  un  torrente  de  imágenes,  símbolos,  visiones,  que  no  tenían  por  qué  manifestar ni un contenido preciso o claro ni una trabazón lógica. Las lecturas de Joyce, Rimbaud, Lautréamont y otros precursores, sumadas a las ideas de Freud recién  llegadas  a  España,  sirvieron  de  acicate  para  lo que en palabras de Salinas fue la adopción decidida, con una brillantez y un acierto no superados en español, de “todas las libertades ofrecidas por esta escuela” (el surrealismo).
 
Claramente onírica es la construcción de los espacios cósmicos- la tierra, la selva, el mar, el cielo- que no responden a una topografía verificable en la geografía ni a una tradición poética consolidada, como podrían ser  el  lugar  ameno  de  la  poesía  bucólica  o  el  paisaje romántico  de  las  ruinas  invadidas  por  la  vegetación  o bañadas por la luz de la luna. Si el estilo de Aleixandre es romántico o neorromántico, como sostienen muchos críticos  de  Salinas  en  adelante,  no  lo  es  por  el  paisaje del alma, que en nuestro poeta querría ser paisaje del inconsciente,  sino  por  la  aspiración  panteísta  a  fusionarse con la naturaleza, que en Aleixandre muestra el signo paradójico de una sofisticada elaboración racional del plano lingüístico y estético.
 
Espadas como labios, Pasión de la tierra son dos poemarios escritos  durante el mismo período y tan hermanados  que    intercambiaron  sus  títulos.  Este  último,  un  libro  de  poemas  en  prosa,  publicado  fuera de  España  y  por  lo  tanto  clandestino,  entreteje  el imaginario,  la  atmósfera  y  el  sentido  oculto  con  las composiciones  de Espadas, que  buscan  su  centro,  al decir de Puccini15, en la dirección de una idea  o una emoción. Así Leopoldo de Luis identifica el inicio de una  veta  o  una  constante  subterránea  en El  amor  no es relieve (Pasión de la tierra) “en el cual el poeta siente que la tierra y el fuego saben en la boca de la amada a muerte, centralización del amor y el cuerpo amado en la entraña telúrica”: tus dientes blancos están en el centro de la tierra”16.
 
En el marco de este descenso a los infiernos o salto abisal, En el fondo del pozo expresa el sentir de El enterrado (referido entre paréntesis a modo de subtítulo).
 
Haciendo  honor  al  raciocinio  de  la  composición  se  perciben tres  momentos;  primero,  la  descripción  de  un  pozo donde  una  mano  quiere  emerger;  segundo,  la  evocación de la dicha amorosa; tercero, la fusión del cuerpo con  la  tierra.  Los  versos  van  nombrando  las  distintas partes del cuerpo recorridas primero por el deseo y luego por el placer. Refiriéndose a la mano:
 
un impulso  hacia arriba aspira a luna,
a calma, a tibieza, a ese veneno
de una almohada en la boca que se ahoga
 
Unos versos más adelante el sujeto lírico recuerda la  satisfacción    de  la  pulsión  sexual  y  la  distorsión  de la  percepción  temporal  que  la  acompaña,  el  “tiempo caliente” identificado  con  los  gestos  de  amor.  En  la sugerencia  de  la  búsqueda  y  el  placer  carnal  el  poeta acude  a  varias  estrategias  de  ocultamiento  transitadas por  la  poesía  “que  no  osa  decir  su  nombre”,    No  hay en el texto indicaciones sobre el género del ser amado, que  se  encuentra  casi  elíptico,  fusionado  con  el  sujeto lírico enterrado en la tierra. El cuerpo aparece representado por partes- mano, boca, labios, pecho- no sólo separadas, sino disminuidas en su sugestión erótica; la delicadeza y la suavidad que las caracteriza insinúan la espiritualización de la situación.
 
recuerdo que los labios, sí, hasta hablaban
 
...
 
Tiempo de los suspiros o de “adórame”,
cuando nunca las aves perdían plumas.
 
Tiempo de suavidad y permanencia,
los galopes no daban en el pecho, ...
 
Nuevamente la reticencia, y otras figuras retóricas como ser la elipsis, la sinécdoque y la metonimia do-minan la descripción de la cópula, que incluso admite la posibilidad heterosexual. La unión carnal libera los humores fisiológicos, viscosos, pegajosos, olorosos que  suelen  provocar  asco,  repulsión,  aún  asociados al  placer.  La  cultura  española,  como  ya  sugerimos, mantenía  el  gozo  bajo  sospecha.  El  conflicto  entre la  prohibición  y  el  atractivo  ineludible  de  la  pulsión sexual genera un sentimiento indigno y descalificador que debe esconderse y borrarse, cuya importancia es señalada por el psicoanálisis, sobre todo lacaniano: la abyección.
 
Siguiendo  con  la  interpretación  psicoanalista,  la solución  de  Aleixandre  es  el  enaltecimiento,  la  trascendencia cósmica, o sea, la sublimación, que obtiene ventajas  expresivas  del  surrealismo  y  de  las  ideas  de Freud.  Cernuda,  gran  conocedor  del  poeta,  observó con la acidez crítica que lo caracterizaba, “Este [el superrealismo] acaso fuera para Aleixandre no tanto una liberación como una máscara, máscara bajo la cual entre decir  lo  que  de  otro  modo  no  hubiera  tenido  valor para aludir en su obra”.17
 
En  estas  opiniones  que  evidencian  el  alejamiento de  los  dos  amigos  subyace  la  acusación  de  hipocresía, como si Vicente escribiera estos versos por comodidad, eligiendo  la  salida  más    fácil.  Sin  embargo  la  fractura se intuye  en este  verso enigmático- “cuando nunca las aves perdían plumas”- y en las referencias al veneno, a la respiración jadeante, a la aniquilación y la plenitud que se cierne sobre el cuadro amoroso con connotaciones de violencia moderada y antitética. Por otra parte la sublimación que transfiere las energías de la pulsión sexual  a  otro  campo  de  actividad  en  buena  parte  habría posibilitado la inscripción de estas emociones en el campo artístico de la escritura.
 
Volviendo  al  poema,  las  últimas  estrofas  relativas a la fusión con la tierra, a la aniquilación del yo y a la muerte se inician con este verso, en el que puede leerse la alusión casi inequívoca a la suspensión temporal del orgasmo: “Así la eternidad era el minuto”.
 
De  una  manera  bastante  transparente  para  el  estilo  de  este  primer  Aleixandre,  el  placer  obtenido  en respuesta a la excitación sexual resulta transferido a un espacio  elemental,  la  profundidad  de  la  madre  tierra. Por  lo  tanto  el  orgasmo,  imaginado    como  algo  oculto, que no se puede nombrar como si fuera abyecto y, en consecuencia, digno de ser reprimido, trasciende a un espacio prestigioso, más puro- virginal- y  también conquista su necesaria sublimación.  La hermosa enumeración  caótica  reitera  la  antítesis  entre  lo  tierno  y lo cortante, sugiriendo la ambigüedad de los recuerdos desatados por lo sublime18.
 
Oh sí, en este hondo silencio o humedales,
bajo las siete capas de cielo azul, yo ignoro
la música cuajada en hielo súbito,
la garganta que se derrumba sobre los ojos,
la íntima onda que se anega sobre los labios.
 
Dormido como una tela
siento crecer la hierba, el verde suave
que inútilmente aguarda ser curvado.
 
Una mano de acero sobre el césped,
un corazón, un juguete olvidado,
un resorte, una lima, un beso, un vidrio.
 
Una flor de metal que así impasible
chupa de tierra un silencio o memoria.
 
Pocas   veces   Aleixandre   se   confiesa   vulnerable, necesitado  de  una  presencia  protectora  y  de  un  oído comprensivo.  El  poema Madre,  madre, de  Espadas   me impresiona  por  su  rareza.  Comienza  demostrando  su raigambre subterránea y abisal: “La tristeza u hoyo en la tierra” y culmina con esta dramática invocación que mueve  a  interpretarla  como  la  súplica  o  solicitud  de aceptación para definirse como quien es.
 
-Madre ¿me escuchas?; eres un dulce espejo
donde una gaviota siente calor o pluma.
 
En este caso la madre tierra ya no es sólo un espacio  acogedor  de  dicha.  La  herida,    pozo,  corazón  de alambre, extravío, se ubica en el cuerpo y en el interior del yo que sufre el desgarramiento de afuera y  adentro.  Los dos poemas sarcásticos, El vals y El salón, que parodian los salones dieciochescos de Darío, invitan a avizorar  la  hostilidad  y  la  falsedad  de  las  apariencias sociales  ubicadas  afuera  pero  nada  indica  que  en  este texto el yo poético hable de un conflicto de género. En cambio  es  innegable  el  sentimiento  de  exclusión  y  rechazo afectivo.
 
Madre, madre, te llamo;
espejo mío silente,
dulce sonrisa abierta como un vidrio cortado.
Madre, madre, esta herida, esta mano tocada,
madre, en un pozo abierto en el pecho o extravío
 
....
 
-Madre ¿me escuchas? Soy yo que como alambre
tengo mi corazón amoroso aquí fuera.
 
La necesidad de afirmación y  definición personal no es tan clara y contundente como las expresiones de Lorca  analizadas  antes,  aunque  la  ambivalencia  de  la madre, espejo “silente” que parece no escuchar y es invocada con dolor, delata la intimidad escindida. Cernuda también fue capaz de observar, con otra comprensión,  los  obstáculos  que  incidían  en  la  auto aceptación de su amigo.  
 
[Para  Aleixandre]  el  superrealismo  fue  el  medio de hallarse a sí mismo, a su ser más recóndito e insospechado  que  para  aparecer  a  la  luz  acaso  necesitaba aquel reactivo. Demasiadas cosas pesaban sobre la vida y la conciencia del poeta: el medio social, la familia, su propio instinto de las conveniencias, bastante fuerte en él; de ahí que el superrealismo le atrajese de una parte, como técnica para expresar todo aquello que yacía en la subconsciencia, y de otra parte, porque su misteriosa manera de decir le permitía al mismo tiempo eludir la comprensión ajena de las verdades íntimas19 .
 
Otros poemas evocan dimensiones cósmicas como el que transcribimos en su totalidad a continuación. La antigüedad, la lejanía y la virginidad del espacio enuncian en los dos primeros versos el carácter fantástico o imaginario del lugar, corroborado por los animales que surgen del estallido de imágenes, a modo de corriente psíquica  inconsciente.  Casi  todos  ellos  depredadores, las bestias tienen en común los apéndices punzantes y afilados. Sería una ingenuidad  suponer que el simbolismo fálico de dientes, uñas, pinzas indica de manera inequívoca  intenciones  masturbatorias  u  homosexuales. 
 
Cabe  advertir  que  en  general    se  alude  a  sujetos y  objetos  del  amor  que  implicaría  de  por  sí,  también en el caso de la heterosexualidad, una relación afectiva destructiva, según  lo señala el título del poemario.
 
El  contraste  entre  salvajismo  y  debilidad  tiene  su cumbre  emotiva  en  el  cervatillo  ya  devorado  y  en  la “pulcra coccinella”.  El coleóptero, que en el Río de la Plata conocemos como san antonio, en España lleva el nombre de mariquita, en homenaje a la virgen María, su capa roja y sus siete alegrías. Pese a su tamaño, es un depredador,  enemigo  natural  del  pulgón,  plaga  de  los cultivos.
 
Quién sabe si Aleixandre conocía estos detalles pero no hay duda de que es el único ejemplar del bestiario  que  podía  haber  observado  directamente  en  su jardín y es muy significativo que sustituyera el nombre vulgar,  que  como  sabemos  designa  a  los  homosexuales callejeros, menospreciados en su círculo de amigos. Doblemente  enmascarado  detrás  de  la  denominación científica y debajo de su bello caparazón, el coleóptero lleva sus alas rojas, a diferencia de las adjudicadas a la selva que son de oro.
 
La selva y el mar
 
Allá por las remotas
luces o aceros aún no usados,
tigres del tamaño del odio,
leones como un corazón hirsuto,
sangre como la tristeza aplacada,
se baten con la hiena amarilla que toma
la forma del poniente insaciable.
 
Oh la blancura súbita,
las ojeras violáceas de unos ojos marchitos,
cuando las fieras muestran sus espadas o dientes
como latidos de un corazón que  casi todo lo ignora,
menos el amor,
al descubierto en los cuellos allá  donde la arteria golpea,
donde no se sabe si es el amor o el odio
lo que reluce en los blancos colmillos.
 
Acariciar la fosca melena
mientras se siente la poderosa garra en la tierra,
mientras las raíces de los árboles, temblorosas,
sienten las uñas profundas
como un amor que así invade.
 
Mirar esos ojos que sólo de noche fulgen,
donde todavía un cervatillo ya devorado
luce su diminuta imagen de oro nocturno,
un adiós que centellea de póstuma ternura.
 
El tigre, el león cazador, el elefante que en sus
colmillos lleva algún suave collar,
la cobra que se parece al amor más ardiente,
el águila que acaricia a la roca como los sesos duros,
el pequeño escorpión que con sus pinzas solo
aspira a oprimir un instante la vida,
la menguada presencia de un cuerpo de hombre
que jamás podrá ser confundido con una selva,
ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen
su nido en la axila del musgo,
mientras la pulcra coccinela
se evade de una hoja de magnolia sedosa...
Todo suena cuando el rumor del bosque siempre virgen
se levanta como dos alas de oro,
élitros, bronce o caracol rotundo,
frente a un mar que jamás confundirá sus espumas
con las ramillas tiernas. 
 
La espera sosegada,
esa esperanza siempre verde,
pájaro, paraíso, fasto de plumas no tocadas,
inventa los ramajes más altos,
donde los colmillos de música
donde las garras poderosas, el amor que se clava,
la sangre ardiente que brota de la herida,
no alcanzará por más que el surtidor se prolongue,
por más que los pechos entreabiertos en tierra
proyecten su dolor o su avidez a los ciclos azules.
 
Pájaro de la dicha,
azul pájaro o pluma,
sobre un sordo rumor de fieras solitarias,
del amor o castigo contra los troncos estériles,
frente al mar remotísimo que como la luz se retira.
 
(La destrucción o el amor)
 
En este poema la pulsión erótica parece no culminar, a pesar de ser ardiente, quedando  detenida en la esperanza,  “pájaro,  paraíso,  fasto  de  plumas  no  toca-das”. El pájaro y la pluma son imágenes reiteradas en esta poesía, quizás sin que el escritor haya advertido su uso en la jerga homosexual. No es necesaria la aclaración  para  disfrutar  la  condensación  y  las  muchas  su-gestiones de la estrofa, entre las que se cuentan la idea del castigo y la esterilidad que  la cultura conservadora reserva para los gays.
 
También  la  luz  es  un  elemento  recurrente  en  la elaboración visual y simbólica, que alude con ella a la altura, la ascensión, la pureza y el brillo. En este sentido las  visiones  aleixandrinas  no  son  del  todo  ajenas  a  la alegoría de la Divina Comedia de Dante Alighieri, en la cual el autor se presenta a sí mismo como personaje en una selva oscura, cercado por las fieras que simbolizan la tentación; luego de lo cual desciende al Infierno, pro-sigue por el Purgatorio y termina elevándose  al Paraíso donde conoce la luz deslumbrante de Dios en compañía  de  su  amada.  Las  diferencias  entre  las  dos  obras son evidentes, destacándose la alegoría aleccionadora y dogmática ausente por completo en la experiencia poética de Aleixandre.
 
En  el  siguiente  poema  sorprende  el  diálogo  amo-roso y la reacción airada del sujeto lírico ante el exceso de amor. Hablando con el ser amado o consigo mismo, pues  no  delata  la  identidad  del  “tú”  por  él  interpela-do, el amante pregunta por las palabras y por el manto que oculta el desnudo y la cintura que siente la presión de  una  “secreta  mano”.  Manto,  vestido,  palabras  que ocultan la “herida”, son las máscaras contra las cuales el  yo  se  rebela.  También  el  tema  del  poema  discurre escondido detrás de la explosión metafórica. El secreto es el desgarramiento “que a sí mismo se ignora”  junto con la búsqueda del amor  imposible o el desnudo, dicho de otro modo, la búsqueda infructuosa del desenmascaramiento.
 
El desnudo
 
Basta, basta.
Tanto amor en las aves,
en estos papeles fugitivos que en la tierra se buscan,
en ese cristal indefenso que siente el beso de la luz,
en la gigante lámpara que bajo tierra solloza
iluminando el agua subterránea que espera.
 
Tú, corazón clamante que en medio de las nubes
o en las plumas del ave,
o en el secreto tuétano del hueso de los tigres,
o en la piedra en que apoya su cabeza la sombra
 
Tú, corazón que dondequiera existes como existe
la muerte, como la muerte es esa contracción de la cintura
que siente que la abarca una secreta mano,
mientras en el oído fulgura un secreto previsto.
 
Dí, qué palabra impasible como la esmeralda
deslumbra unos ojos con su signo durísimo,
mientras sobre los hombros, todas, todas las plumas
resbalan tenuemente como sólo memoria.
 
Dí, qué manto pretende envolver nuestro desnudo,
qué calor nos halaga mientras la luz dice nombres
mientras escuchamos unas letras que pasan,
palomas hacia un seno que, herido, a sí se ignora.
 
La muerte es el vestido.
Es la acumulación de los siglos que nunca se olvidan,
es la memoria de los hombres sobre un cuerpo único,
trapo palpable sobre el que un pecho solloza
mientras busca imposible un amor o el desnudo.
 
(La destrucción o el amor)
 
Si se  incluyen las antologías, después de 1936 Vicente Aleixandre editó más de una decena de libros, en los  cuales  la  memoria,  la  palabra,  la  muerte,  el  amor imposible, la tristeza, el tiempo continuaron desfilando con diferentes acentos mientras  mantenía la firme resolución de ser un poeta lírico con una intimidad secreta. En Horas sesgas (Poemas de la consumación, 1968) pueden leerse estos versos seleccionados casi al azar:
 
Durante algunos años fui diferente,
o fui el mismo...
 
...
 
Amé a quienes no quise y desamé a quien tuve
 
...
 
No sé si me conocí o si aprendí a ignorarme
 
...
 
Narciso es triste.
Referí circunstancia. Imprequé a las esferas
y serví la materia de su música vana,
con ademán intenso, sin saber si existía
 
...
 
El  secreto  guardado  a  ultranza,  ese  “ignorarse” contrariando  los  usos  de  los  nuevos  tiempos,  tal  vez explica  cómo  y  por  qué  su  obra  ha  venido  perdiendo ascendiente entre las generaciones más jóvenes.
 

Luis Cernuda, rebelde y reflexivo
 
Alrededor de Luis Cernuda también hay una cuestión de imagen en un sentido amplio. La figura del dan-di le cae muy bien, aunque es peligroso quedarse solo en el elegante cuidado de su aspecto físico y su indumentaria, en la altanería provocadora de sus actitudes sociales y en la distinción intelectual. Polémicos y contradictorios, todos estos juicios  en parte serían acertados, si les quitáramos  la  connotación  de  frivolidad.  Nunca  tuvo el escritor ese costado lúdico e infantil que fue la ruina de Oscar Wilde; tampoco hubo en su vida momentos de esplendor y aplauso.
 
No obstante el escándalo y la animadversión los recibió de manera soterrada e indiferente  porque  Luis,  muy  tímido  y  reservado,  parecía no hacerse notar, pasar desapercibido. Sin embargo su vida y su presencia cuestionaban las convenciones burguesas  y  conservadoras;  la  dependencia  familiar  que protegía los señoritos andaluces que eran sus amigos; la hipocresía y la corrupción que imperaba en la economía, las costumbres y la afectividad.
 
Por  supuesto  que  la  manera  abierta  y  franca  con que había asumido y vivía su homosexualidad era una bofetada para aquella sociedad represora y pacata. Todavía un veinteañero, fallecidos sus padres, quemó las naves, abandonó Sevilla y pasó por Málaga donde tuvo su primer amor conocido, Gerardo Carmona. La lectura de André Gide, fundamental en la comprensión de su  opción  de  género  y  en  el  despegue vital,  inspiró  su ensayo, escrito en 1946, que documenta la lucidez y la racionalidad de las ideas y las decisiones adoptadas dos décadas antes.
 
Todo lo que vive, por el hecho de vivir, está dentro de lo natural, y en cuanto natural es normal. Es la costumbre vulgar, y justamente llamada segunda naturaleza,  la  que  empuja  a  verlo  así;  y  respecto de la emoción amorosa, a quien la siente en forma considerada como normal, la costumbre le hace no darse  cuenta  de  que  la  perversión  atribuida  a  esa misma emoción, cuando toma otra forma considerada como anormal, no es siempre privativa de ésta ni  determinada  por  su  objeto.  Si  la  costumbre  no lo ocultara debería reconocerse que el amor  normal es o puede ser igualmente perverso; que no es el objeto del sentimiento amoroso lo que califica o descalifica a este, sino que es el sujeto de tal sentimiento quien le confiere dignidad, aunque anormal su objeto, y abyección aunque normal.20
 
Quizás con la intención de evitar reiteraciones innecesarias  para  la  claridad  de  la  idea,  el  autor  cae  en usos inapropiados de la palabra “normal”, definida con exactitud antes en el mismo párrafo pero, a mi entender, no es necesario tanto celo cuando el razonamiento es impecable y la acusación a los hipócritas, que sigue desarrollando en el ensayo, tan contundente.
 
De este orden es su rebeldía. Haya sido o no  una reacción al padre militar y al breve pasaje por el ejército  que  él mismo  había  decidido,  su  oposición  alcanzó a  la  sociedad  en  su  conjunto,  por  lo  cual  Cernuda  se convirtió  en  un  militante  de  izquierdas  independiente o sin partido, muy cortejado por los comunistas de los cuales estuvo cerca en breves lapsos, siempre sin aceptar ataduras. El compromiso político es visible y activo, por  ejemplo,  en  su  participación  en  las  Misiones  pedagógicas durante la República a partir de 1931 y  en las actividades organizadas en Valencia en 1936 por la “Alianza de intelectuales antifascistas para la defensa de la cultura”.
 
El poeta, que ya había ejercido un lectorado en la universidad de Toulouse en 1928, se entera del asesinato  de  García  Lorca  mientras  se  encontraba  en París como agregado de la Embajada de España. A su regreso se alistó en el Batallón Alpino que lo envió a la Sierra de Guadarrama. Mientras daba un ciclo de conferencias en el Reino Unido se instaló la dictadura por lo cual no pudo volver e inició el  exilio que se extendió hasta su muerte en México (1963).
 
Estos rasgos consecuentes en la conducta de Cernuda  se  combinan  con  los  problemas  de  carácter, que de verdad sufría, tergiversados por la mala fama y  transformados  en  la  leyenda  negra  que  él  cultivó construyendo  el  mito  del  poeta  moderno,  romántico y maldito. Concha Méndez, la poeta sin sombrero, casada con Manuel Altolaguirre que fue su amiga desde la época madrileña y que lo acogió en su casa mexicana,21 atestiguaba que era retraído, taciturno, de humor cambiante, hipersensible y, por momentos, insociable. Se  le  acusaba  de  resentido  y  vengativo.  Algo  de  eso hay en el rencor que guardó siempre hacia las críticas adversas  como  la  de  Juan  Ramón  Jiménez,  centrada en una presunta imitación de Jorge Guillén. Tampoco olvidó  a  Pedro  Salinas,  profesor  suyo  en  la  Universidad  sevillana,  que  lo  había  estimulado  prestándole los libros de Gide entre otros y le había conseguido el puesto de Toulouse.22
 
El resentimiento llegó hasta un poema de Desolación de la Quimera donde alude al título de  “licenciado  vidriera”  que  le  había  adjudicado  su maestro. Como se sabe el personaje cervantino había sido  envenenado  con  vidrio  y  en  medio  de  su  locura no dejaba de lanzar críticas sarcásticas e hirientes, sin parar mientes en el lugar o la ocasión. La ocurrencia de Salinas se cebaba también en el carácter de malagueño  advenedizo  que  el  personaje  superaba  gracias a la educación. Lo cierto es que intercambió ataques con  prácticamente  todos  los  compañeros  de  generación  contribuyendo  con  su  pluma  filosa  y  su  aislamiento a que se lo acusara de paranoico y narcisista, atribuyendo  la  conflictividad  de  su  personalidad  a  la homosexualidad.
 
Tal  vez  Cernuda  se  excedía  en  la  defensa  de  la opción  de  género  dirigiendo    descalificaciones  indebidas  hacia  los  heterosexuales.  Intransigente  en  todo  y en  especial  en  este  asunto,  no  aceptaba  la  abyección sino  que  la  combatía  en  la  práctica  no  dejándose  ganar  por  la  represión.  Los  mecanismos  de  sublimación que operan en su poesía son distintos a los analizados con  respecto  a  Aleixandre  porque  Cernuda  no  sentía oprobio  ni  indignidad  a  causa  de  su  condición  y  por lo tanto, lejos de ocultarla, la exhibía con naturalidad, sin extralimitarse -eso creo-. En este marco no permitía que nadie menoscabara su dignidad.
 

Luis Cernuda en Burgohondo, Ávila, julio de 1932
Archivo de la Residencia de Estudiantes, Madrid


En  su  minucioso  análisis  sobre  este  punto,  Derek Harris23 sostiene que la crítica ha fracasado en la necesaria separación de la persona con su carácter conflictivo y el poeta, que en su obra trasciende su personalidad antipática, contraria a las convenciones, con una poesía que  iluminó  su  experiencia  personal  con  una  mirada ética que la convertía en una crítica sobre toda la existencia humana. Es excepcional por su cercanía con la poesía político- social, y más para el periodo inicial al que pertenece, el  ejemplo del poema ¿Son todos felices?24 que comienza demoliendo los valores “nacionales” para desentrañar gradualmente la frustración individual y el desengaño amoroso, que motiva la ironía trágica del título:
 
El honor de vivir el honor gloriosamente,
El patriotismo hacia la patria sin nombre,
El sacrificio, el deber de labios amarillos
No valen un hierro devorando
Poco a poco algún cuerpo triste a causa de ellos mismos.
 
Abajo pues la virtud, el orden, la miseria;
Abajo todo, todo, excepto la derrota,
Derrota hasta  los dientes, hasta ese espacio helado
De una cabeza abierta en dos a través de soledades,
sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte.
 
En cambio el texto es representativo del tono coloquial, y de la intención todavía no lograda de desembarazarse de la ampulosidad. El estilo que los detractores confundieron con sequedad, indiferencia hacia la vida y frialdad, se verá profundizado cuando Cernuda estudie la literatura inglesa y alemana, incursionando a fondo en Robert Browning, William Yeats, Rainer M. Rilke y Friedrich  Hölderlin  a  quien  tuvo  oportunidad  de  traducir  durante  su  exilio  británico. 
 
El  “carácter”  europeo  en  el  ámbito  cultural  y  el  dominio  de  las  lenguas extranjeras lo distingue de los coetáneos más acotados a la tradición castiza. Dentro de esta demuestra la inclinación al despojamiento lírico en la predilección por Garcilaso en lugar de Góngora, cuyo homenaje igual-mente acompañó. En cuanto a la adopción ponderada del  surrealismo,  se  apartó  de  la  escritura  automática como casi todos los poetas del 27, pero se inscribió en las vertientes francesas transitadas por Pierre Reverdy y  Paul  Eluard  y  con  anterioridad  por  los  precursores simbolistas  Charles  Baudelaire,  Stephane  Mallarmé, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.
 
En las estrofas finales del mismo poema la alusión al mito platónico de las dos cabezas y a Urania, la metáfora  desarrollada  del  pájaro  con  brazos  de  mujer  y voz de hombre, los frutos podridos y la mano disecada muestran la exploración sutil y depurada de la anécdota amorosa, obviamente homosexual.
 
Ni siquiera esperar ese pájaro con brazos de mujer,
Con voz de hombre oscurecida deliciosamente,
Porque un pájaro, aunque sea enamorado,
No merece aguardarle como cualquier monarca
Aguarda que las torres maduren hasta frutos podridos.
 
Gritemos solo,
Gritemos a un ala enteramente,
Para hundir tantos cielos,
Tocando entonces soledades con mano disecada.
 
El surrealismo, entendido no como una técnica literaria sino como una forma de bucear en lo más hondo de  su  sentir  lo  condujo  a  una  paulatina  toma  de  con-ciencia  y  a  la  meditación  que  lo  ayudaba  a    hacerse cargo  de  su  subjetividad.  A  partir  de  1936  Cernuda compuso con sus colecciones de poesías un único libro donde iba reuniendo todos las nuevos títulos, once en total. La realidad y el deseo constituyó desde entonces una corriente fluida, a modo de un diario poético, que Octavio Paz tuvo el acierto feliz de bautizar “una biografía poética”.
 
El Nobel mexicano, que comprendía mejor que na-die  la  vocación  ética  y  moralista  de  su  amigo  escritor, aclaraba que en una biografía poética la creación no se conforma con abandonar anécdotas y fechas, ni quiere ser didáctica: “Los poetas se sirven de las leyendas para contarnos cosas reales; y con los sucesos reales crean fá-bulas, ejemplos.” Sospecho que para el poeta, comen-tarista brillante de nuestra América, en la composición de Un  río,  un  amor  que  estamos  analizando,  Cernuda caería por lo menos en uno de los riesgos advertidos a continuación, “Los peligros de una autobiografía poé-tica son dobles: la confesión no pedida y el consejo no solicitado”25 agregando que Cernuda no siempre evita la confidencia y la moraleja.
 
Harris  también  abunda  en  el  tema  planteando que   La  realidad  y  el  deseo registra  la  búsqueda  persistente de la unidad perfecta entre la existencia del yo  y  el  mundo,  entre  la  subjetividad  conflictiva  y la objetividad del mundo26. Dado que experimenta un profundo sentimiento de alienación en la sociedad en la cual vive, el anhelo de terminar con la separación que hay entre él y el mundo con frecuencia se transforma en el deseo de  refugio en un paraíso personal que lo proteja del mundo. Las tentativas de evasión encuentran el fracaso inevitable pero las decepciones sucesivas  le  brindaban  la  capacidad  de  aprender  de la experiencia hasta que lograba ver que el ideal que venía  persiguiendo  era  solo  el  reflejo  de  su  propio deseo  de  autoafirmación  y  del  deseo  de  legitimarse a  sí  mismo. 
 
La  poesía  de  Cernuda-  continúo  para-fraseando  a  Harris-  recoge  su  evolución  emocional y  espiritual  desde  la  adolescencia  a  la  madurez  en un ejercicio continuo de autoanálisis. Esta especie de diario  de  viaje  tiene  el  propósito  de  dar  coherencia y sentido a su vida de modo que la biografía se con-vierte en poesía plena de  conocimientos acerca de él mismo permitiéndole distinguir entre la verdad oculta y las apariencias ilusorias.
 
Estos conceptos de Harris nos aproximan al sentido del título La realidad y el deseo que trasciende en mucho la antítesis entre las aspiraciones individuales y aquello que  la  realidad  permite  realizar.  La  distancia  entre  el plano individual, o sea, subjetivo y el plano objetivo no es  tan  grande  ni  tampoco  estática.  En  medio  de  ella queda  una  zona  borrosa,  intermedia,  entre  la  verdad oculta  y  las  apariencias  ilusorias  donde  el  sujeto  per-sigue  su  verdad  personal  con  intención  y  rigor  ético ejemplar. Entre deseo y realidad hay un punto de inter-sección: el amor. “No hay amor sin deseo pero el único deseo verdadero es el del amor”.27
 
El deseo siempre implica una posibilidad de realiza-ción, al tiempo que  moldea la realidad construyéndola a partir de la percepción. Cernuda mismo lo enunciaba en el ensayo sobre Gide: “los sueños solo valen al abra-zar apasionadamente lo real”.
 
Placeres prohibidos, tercer libro de La realidad, contiene un grupo importante de poemas sobre el placer corpo-ral cuya experiencia poética sugiere  aquellos “planetas terrenales” identificados con “los placeres prohibidos”28:
 
Placeres prohibidos, planetas terrenales
miembros de mármol con sabor de estío.
jugo de esponjas abandonadas por el mar,
flores de hierro resonantes como el pecho de un
hombre.
 
Soledades activas, coronas derribadas,
libertades memorables, manto de juventudes.
 
A  continuación me voy a detener en uno de ellos que no se encuentra entre mis predilectos pero me per-mite observar cómo se anudan la subjetividad y el mundo exterior alrededor del goce vivido como experiencia fugaz29. Se trata de un diálogo, en el que se inscribe el relato y la evaluación de un encuentro cuyo comienzo abrupto deja en suspenso los antecedentes de la situación. 
 
De  cualquier  modo  la  vivencia  del  enamorado que habla expresa la intensidad de un descubrimiento, aunque pudiera ser reiterado. La visión del muchacho genera de inmediato la atracción junto  al presentimiento de la muerte; mejor dicho, se siente la presencia de la muerte en ese mismo instante.  El elogio del adolescente, y el arrobamiento que genera su contemplación, reúne una serie de imágenes cósmicas, hiperbólicas en antítesis entre lo grandioso y lo sutil, entre las cuales no falta el mito de las sirenas y la sugerencia de una belle-za andrógina.
 
La seducción masculina extrae su poder de la  indiferencia y la sabiduría ancestral en cosas del amor, sumándose a la belleza evocada con sensibilidad surrealista. De este modo el esplendor del varón parece augurar todo lo insólito. Rompiendo la armonía del mundo que  él  parece  proclamar,  explota  en  esa  libertad  que invita a la memoria y que, a la vez, es emblema de juventud. El  enamorado,  que  debe  ser  mayor  pues  trata  al otro de adolescente, asocia el deseo al dolor y al placer presentes en el juego de  luz y sombra donde se diluye el sujeto en la constatación del paso del tiempo y en especial en la fugacidad de las horas de placer destinadas a morir y reducidas a un momento.
 
Quisiera saber por qué esta muerte
 
Quisiera saber por qué esta muerte
Al verte, adolescente rumoroso,
Mar dormido bajo los astros negros,
Aún constelado por escamas, de sirenas,
O seda que despliegan,
Cambiante de fuegos nocturnos
Y acordes palpitantes,
Rubio igual que la lluvia,
Sombrío igual que la vida es a veces.
Aunque sin verme destiles a mi lado,
Huracán ignorante,
Estrella que roza mi mano abandonada su eternidad,
Sabes bien, recuerdo de siglos,
Cómo el amor es lucha
Donde se muerden dos cuerpos iguales.
Yo no te había visto;
Miraba los animalillos gozando bajo el sol verdeante,
Despreocupado de los árboles iracundos,
Cuando sentí una herida que abrió la luz en mí;
El dolor enseñaba
Que una forma, aunque opaca, puede ser luminosa.
Tan luminosa,
Que mis horas perdidas, yo mismo,
Quedamos diluidos en la sombra,
Anónimo destino que rozan gritos hostiles
En noches de placer,
Para no ser ya más
Que memoria de luz;
De luz que vi morir,
Seda, agua o árbol, un momento
 
El  enamorado  habla  del  sentido  de  esa  noche  de placer dirigiéndose con un tono íntimo  a un amante en apariencia muy lejano y ausente, como si buscara inter-cambiar o completar el saber del cuerpo –“el amor es lucha/donde se muerden dos cuerpos iguales”-y el saber de la memoria-“memoria de luz/ de luz que vi morir”- que solo puede aprenderse con el tiempo vivido.
 
La realidad que confronta o cuestiona el deseo en esta instantánea poética se nutre de  la dimensión temporal,  que  muerde-para  decirlo  con  las  palabras    del poema-  la experiencia psíquica o espiritual y la experiencia corpórea, tan bien insinuada en dos pinceladas, la lucha y la disolución o fusión de la consumación, claramente presentada como homosexual.
 
En el poema Telarañas cuelgan de la razón, que vuelve a aludir al mito platónico de las dos mitades, (“Porque alguien, cruel como un día de sol en primavera,/Con sólo  su  presencia  ha  dividido  en  dos  un  cuerpo”),  los mismos  placeres  son  convocados  en  su  doble  carácter de conflicto social y espiritualidad que conjuga el misterio de los cielos.
 
De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
Tendéis en una mano el misterio,
Sabor que ninguna amargura corrompe,
Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.
 
La sombra, la miseria y las normas (“preceptos de niebla”)    serían  las  “telarañas  de  la  razón”  que  se  interponen al goce en espera de “sueños desconocidos y deseos invisibles”.
 
El diálogo posiciona con claridad al amado entre-gado al disfrute luminoso del sexo, o sea, a la otra mitad cuya incomprensión en cuanto a estos aspectos contradictorios  del  sentimiento  y  la  razón,  levanta  un  muro entre  los  dos.  Separación  o  distancia  infranqueable, la soledad del amor es una de las constantes a las que vuelve una y otra vez la reflexión poética de Cernuda.
 
Tú nada sabes de ello,
Tú estás allá, cruel como el día;
El día, esa luz que abraza estrechamente un triste
muro,
Un muro, ¿no comprendes?
Un muro frente al cual estoy solo.
 
Otros  poemas  comentan  abiertamente los  detalles corporales y la diferencia de edad que parece predestinar al homosexual mayor a relaciones efímeras y fracasadas. En Adónde fueron despeñadas el sujeto lírico se deja llevar  por  el  entusiasmo  ante  el  encanto  ambivalente del Corsario que provoca la avidez y el deseo de aniquilación en la belleza juvenil y aventurera del amado
 
¿Adónde fueron despeñadas aquellas cataratas,
Tantos besos de amantes, que la pálida historia
Con signos venenosos presenta luego al peregrino
Sobre el desierto, como un guante
¿Qué olvidado pregunta por su mano?
Tú lo sabes, Corsario;
Corsario que se goza en tibios arrecifes,
Cuerpos gritando bajo el cuerpo que les visita
Y solo piensan en la caricia,
Solo piensan en el deseo,
Como bloque de vida
Derretido lentamente por el frío de la muerte.
Otros cuerpos, Corsario, nada saben;
Déjalos pues.
Vierte, viértete sobre mis deseos,
Ahórcame en tus brazos tan jóvenes,
Que con la vista ahogada,
Con la voz última que aún brotan mis labios,
Diré amargamente cómo te amo.
 
Variaciones sobre el mismo tema aparecen en distintas  composiciones  desarrollando  el  gozo  físico  apasionado como el cansancio de haber soñado mucho y sentir esa arena sin fin, ese amor que se desgrana en el tiempo y en la imposibilidad. La belleza de las imágenes justifica la reproducción completa del texto
 
Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
Parece como el viento que se mece en otoño
Sobre adolescentes mutilados,
Mientras las manos llueven,
Manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
Cataratas de manos que fueron un día
Flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
Y su leve ruido es amable al oído
Cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
Cuando besan el fondo
De un hombre joven y cansado
Porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
Ni tampoco las manos llueven como dicen;
Así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
Invoca los bolsillos que abandonan arena,
Arena de las flores,
Para que un día decoren su semblante de muerto.
 
Aun  en  los  momentos  de  satisfacción  el  erotismo evoca  la  angustia  del  presentimiento  final  y  del  silencio del amado. El poema No decía palabras es infaltable en las antologías, y con razón, porque la síntesis de lo corpóreo y lo espiritual es magnífica en su crecimiento explosivo y en la sugestión de las metáforas- los surtido-res y la carne en interrogación-. El carácter misterioso e indescifrable del amor ha sido cantado con frecuencia en la poesía pero Cernuda insiste en dar al placer  esa cualidad incomprensible e inefable que apela a la indagación y a la reflexión
 
No decía palabras,
Acercaba tan solo un cuerpo interrogante,
Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
Cuya respuesta no existe,
Una hoja cuya rama no existe,
Un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos,
Remonta por las venas
Hasta abrirse en la piel,
Surtidores de sueño
Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
Un roce al paso,
Una mirada fugaz entre las sombras,
Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
Ávido de recibir en sí mismo
Otro cuerpo que sueñe;
Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne;
Iguales en figura, iguales en amor, iguales en
deseo.
Aunque solo sea una esperanza,
Porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.
 
Todo el universo, o casi todo, inspira la conciencia ética de  Luis  Cernuda que gira alrededor de  la fidelidad  a  sí  mismo  defendida  a  ultranza  contra  todos  los muros  y  los  impedimentos  sociales.  Descubrir  y  comprender su verdad personal es uno de sus imperativos pero  no  basta  con  ello:  ha  de  decirlo  y  gritarlo  a  los cuatro  vientos.  Y  lo    logra  de  un  modo  superlativo,  a pesar del subjuntivo verbal de este título, que engrandece su hazaña:
 
Si el hombre pudiera decir
 
Si el hombre pudiera decir lo que ama
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando solo la
[verdad de su amor,
La verdad de sí mismo,
Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
Sino amor o deseo,
Yo sería al fin aquel que imaginaba;
Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
Proclama ante los hombres la verdad ignorada.
La verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso
en alguien
Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia
mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que
quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y
espíritu,
Como leños perdidos que el mar anega o levanta,
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta,
La única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia. Si no te conozco,
no he vivido; Si muero sin conocerte,
no muero, porque no he vivido
 
El ardor erótico es la base de la personalidad del escritor; por eso mismo es la clave que subyace en toda su obra, sosteniendo la indagación de otros temas subordinados a él. Alrededor de él construye el sentimiento de la diferencia, que se va configurando en el mito del poeta  opuesto  al  mundo  en  que  vive,  clausurado  detrás de los símbolos reiterados de las nubes y el muro. Vida y mito se condensan en la voluntad y la valentía de una conducta intransigente, casi redención y sacrificio  de  las  posibilidades  de  éxito-  “gloria,  fortuna  o ambición”- y  de  las  comodidades  de  una  convivencia social sin enfrentamientos. Las hipérboles responden a una manera radical de concebir quién es, inherente al desafío de una proclamación.
 
Así afirma su fe en sí mismo subrayando el  contraste entre los valores corrientes entre  las  mayorías  y  sus  valores  tan  altos  que  quisiera elevarlos  hasta los cielos, como corresponde a la visión sublimada y trascendente del amor. Desplazado de su calidad de sentimiento a su carácter de principio ético, referente de todo razonamiento y juicio, el amor transformado  en  centro  de  su  moral  personal  se  identifica con la verdad en la cúspide moral. El combate ético, la construcción de sí mismo como sujeto  ético  y  la  comprensión  de  sus  sentimientos  implican  el  derrumbamiento    de  las  barreras  sociales  y, aún, la inmolación de sí mismo, el derrumbamiento de su cuerpo y de todo aquello que no sea la “verdad del amor”. 
 
La construcción  inacabada  de  su  subjetividad se abre hacia una promesa, el proceso en desarrollo del “yo  sería  aquel  que  imaginaba”. La  distancia  entre  la realidad y el deseo que se debate entre la zona borrosa e incierta de los sueños y la voluntad siempre impotente, no se resigna a la evasión o el aislamiento. El jardín de  la  infancia  supera  el  dolor  del  paraíso  perdido,  en el  placer  imprescindible  para  vivir  el  amor  espiritual. Acechado  el  poeta  por  la  fugacidad  de  la  condición humana, la indagación de la memoria y el olvido, que motiva el libro Donde habite el olvido, se convierte en la posibilidad de una dicha que lo sorprende siempre con los brazos vacíos, y “las manos ardientes, tendidas hacia el cielo”30.
 
El olvido del ausente reivindica la continuidad del amor más a allá del fracaso final, cantado en todas las  paradojas  de  una  relación  amorosa  desengañada. En la lectura de este libro, que aquí no puedo abordar por razones de espacio, es esclarecedora la observación de Michel Foucault  “Lo que reviste máxima importancia en las relaciones homosexuales no es la anticipación del acto sino su recuerdo”31.
 
Las meditaciones poéticas de Cernuda, casi todas inspiradas en amores termina-dos y pasados, habilitan el estudio de aquellas interpretaciones que en general consideran al texto lingüístico como  cuerpo  del  yo  lírico  o  entidad  corpórea  creada por el poeta. Al compromiso con la diferencia, cuya coherencia  roza los riesgos de la abyección que lo cerca en la amenaza, la prohibición y la represión, se suma la libertad ubicada también en la cumbre de su escala ética.  Más allá de la simple declaración, el poeta la define  en el acto mismo de ejercerla, tal como lo ha hecho en vida y obra, emancipándose para adoptar la libre decisión de  subordinar  su  intención  al  ser  amado.
 
“Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien”-dice dejándose llevar por la entrega, el fatal deseo de fusión  en  el  otro,  con  sus  riesgos  de  aniquilación y disolución  del  yo.  La  paradoja  final,  que  recuerda  el gusto barroco de Shakespeare enamorado, subraya la aporía inefable de la vida que no es vivir sin el cono-cimiento del amor. La poesía amorosa fue una corriente inagotable en la escritura de Luis Cernuda aún en aquellos volúmenes donde parece estar desplazada por otras preocupaciones.
 
Ya sea en las piezas poéticas que solo contienen un verso al pasar, ya sea en aquellas en que constituye la columna vertebral del poemario, revela el desarrollo del sujeto lírico y el ahondamiento en el espacio turbulento  de  su  interioridad,  que  el  juicio  ético  -discutible por naturaleza- no alcanza ni quiere domesticar. En ese sentido todo estudio del autor que no se demore en títulos como Donde habita el olvido y Poemas del cuerpo solo será parcial y provisorio.
 
Conclusiones provisorias
 
En este caso más que en otros, las conclusiones han de  ser  muy  respetuosas.  Primero  por  tratarse  de  una reflexión  ambiciosa,  compensada  con  una  acotación temporal exacta para Federico García Lorca, asesinado en 1936, que deja fuera de consideración obras importantes producidas más tarde por Vicente Aleixandre y Luis Cernuda. Queda comprobado que el periodo revisado  no  podía  ser  más  extenso  porque  hubiera  sido inabarcable.
 
Queda  comprobado  además  que  la  selección  de tres  poetas,  que  también  hace  a  lo  desmesurado  del proyecto,  confirma  la  diversidad  dentro  del  marco  de sensibilidades y opciones homosexuales, que determina distintas posiciones desde las que se escribe:
 
Federico, oscilante entre la intimidad y la intención casi realizada de publicar lo impublicable.
Vicente, atrincherado y firme tras el secreto.
Luis, confeso, declarado y militante.
No deseo que las tres opciones de estos poetas conduzcan a clasificaciones ni generalizaciones; así, identificados con su nombre de pila, como sujeto, subjetividad, yo poético, ciudadano,  u otra noción conceptual, ante todo leemos- y solo leemos- poesía creada por tres personas que tienen coincidencias con otros seres, pero siguen siendo radicalmente diferentes a cualquier otro viviente.
 
Las  posiciones  desde  las  que  se  vive    y  se  escribe determinan máscaras, tretas de ocultamiento o proclamación, o incluso estrategias de enfrentamiento con la sociedad que en todos los casos se siente como un obstáculo doloroso. No obstante las opciones de escritura van cambiando de un poema a otro, aunque no varíe la  actitud  con  respecto  al  secreto  o  al  desenmascaramiento.
 
La decisión de revisitar la poesía sin la intermediación de ninguna teoría creo que ha resultado inviable, pues muchas nociones están incorporadas por años de lectura  y  uno  se  encuentra  desarrollándolas  casi  sin querer.  Así  he  hablado  de  abyección,  sublimación  y otros  conceptos  al  parecer  consensuados,  cuando  debían  haber  pasado  por  un  análisis  más  riguroso,  que nos librara de esquematismos.
 
Es necesario subrayar que la búsqueda de trascendencia,  la  sublimación  y  la  abyección  no  son  etiquetas descalificadoras sino una manera de referirse a ese tránsito borroso, lleno de tensiones, que va de la experiencia  vital  a la construcción  de  ese otro  espacio  que es el arte.
 
En definitiva todos los seres humanos experimentamos  vivencias  que  caben  dentro  de  la  noción de sublimación, pero solo algunas de ellas alcanzan la producción artística. Entre las cuestiones que no he podido resolver a satisfacción se encuentra el tema de la identidad que por lo pronto no se reduce al plano del género. Siguiendo a Michel Foucault muchos estudiosos sostienen que la opción gay no constituye una cuestión de identidad. En este tema privilegian el rechazo a la identidad biológica y  jurídica  asignada  de  modo  autoritario  y  patriarcal.
 
Ese reclamo puede constatarse cuando nuestros poetas se lamentan o aspiran a decir su verdad o a decir quiénes son. No solicitan el derecho a ponerse una etiqueta, ni  siquiera  rechazan  la  opción  binaria  entre  hombres y  mujeres,  o  la  alternativa  entre  heterosexuales  y  homosexuales.  Se  niegan  o  se  lamentan  de  la  hipocresía y reivindican el derecho a la autenticidad. En esta investigación solo puedo anotar que es un tema poético planteado con mucha intensidad, como se ve en los tex-tos citados.
 
Otro  ítem  muy  interesante,  también  señalado  por Foucault, tiene que ver con la importancia poética de lo sucedido después del amor. Sostiene el pensador francés que,  como  en  las  relaciones  homosexuales  masculinas  no hay cortejo, pasa a importar “lo que sucede cuando él se toma el taxi” -concluye de modo muy gracioso. A mi parecer, existen textos que se demoran en la mirada previa, la mirada del deseo, lo que también se vincula con las infinitas modalidades de la experiencia gay.
 
Debo  constatar  con  mucha  satisfacción  que  en  la actualidad  ha  crecido  mucho  la  bibliografía  queer  o torcida  sobre    la  poesía  española  del  período,  que  se suman a notables antecedentes como los trabajos de Bi-rute Ciplijauskaite. En el presente estado de la cuestión las insuficiencias teóricas de este trabajo, derivadas de la  postura  previa  que  he  llamado  “naif ”,  lejos  de  ser fecundas, son casi insostenibles.
 
En resumen casi todas las conclusiones abordadas son provisorias e incluyen relativizaciones que anoto en la  lista  de  ganancias  obtenidas,  junto  con  el  sinfín  de asuntos que dejo pendientes.
 
Bibliografía citada
 
Alberti,  Rafael  (1982): La  alameda  perdida.  Barcelona. Bruguera. Aleixandre,  Vicente  (1980): Antología  poética.  Prólogo  y selección  de  Leopoldo  de  Luis.  Madrid.  Alianza Editorial.
-- (1972): Espadas como labios. La destrucción o el amor. Madrid. Ediciones Castalia.
Bousoño,  Carlos.  (1950). La  poesía  de  Vicente  Aleixandre. Madrid. Insula.
Capel Martínez, R.M. (2009) El archivo de la Residencia de Señoritas. CCE Participación Educativa. Consultado en    www.mecd.gob.es/revista-cee/pdf/n11-capel-martinez.pdf
Cernuda, Luis (1985) La realidad y el deseo. Madrid. Ediciones Castalia.
-- (1950).Estudios sobre la poesía española contemporánea. Madrid. Alianza Editorial.
García Lorca, Federico (1962) Obras completas. Madrid. Aguilar.
García Montero, Luis. Los rencores de Luis Cernuda. Consultado  en  www.ortegaygasset.edu/admin/descar-gas/contenidos/(254-255)
Gibson, Ian (1998): Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898-1936). Barcelona Plaza & Janes.
Harris, Derek (1973): Luis Cernuda. A study of  poetry. Londres Támesis Books.
Kristeva, Julia (2004): Los poderes de la perversión. . México. Siglo XXI Llamas, Ricardo (1985): Teoría torcida. Prejuicios y discursos en cuanto a la homosexualidad. Madrid. Siglo XXI.
Paz, Octavio (1964): La palabra edificante de Luis Cernuda, en Papeles de Son Armadans, XXXV. Mallorca.
Puccini, Darío (1979): La palabra poética de Vicente Aleixandre. Barcelona. Ariel.
Ramoneda, Arturo (1990) Antología poética de la generación del 27. Madrid. Ediciones Castalia.
Rico, Francisco (1980-2000): Historia y crítica de la literatura española. Barcelona. Editorial  Crítica.
Salinas,  Pedro  (1980): Literatura  española  Siglo  XX.  Madrid. Alianza Editorial.
Steiner,  G  y  Boyers, R.    compiladores  (1985):. Homosexualidad:  Literatura  y  política.    Madrid.  Alianza  editorial
Sahuquillo,  Ángel  (2007): Federico  García  Lorca  and  the culture  of   male  homosexuality  Jefferson.  Mc  Farland publishers.
 
Notas
 
1.   Alberti, Rafael.  La alameda perdida. Bruguera. Barcelona. 1982.
2.   Salinas,  Pedro.  Literatura  española  Siglo  XX.  Alianza Editorial. Madrid. 1980
3.   Llamas, Ricardo. Teoría torcida. Prejuicios y discursos en cuanto a la homosexualidad. Siglo XXI. Madrid. 1985
4.   Sahuquillo, Ángel. Federico García Lorca and the culture of  male homosexuality Prólogo de Alberto Milla.
5.   Rico, Francisco Historia y crítica de la literatura española. Editorial  Crítica. Barcelona 1980-2000
6.   Capel Martínez, R.M. El archivo de la Residencia de Señoritas. CCE Participación Educativa. 2009
7.   Rubin,  Gayle,  “Thinking  sex”, citado  por  Ricardo Llamas en Teoría torcida Prejuicios y discursos en cuanto a la homosexualidad. Siglo XXI. Madrid.1998
8.   García  Lorca,  Federico Canciones (1921-  1924). La canción del mariquita en Obras completas, Aguilar, Madrid, 1962
9.   Alberti, Rafael. La alameda perdida: Bruguera. Barcelona. 1982.
10. Gibson,  Ian. 1998.  Plaza  &  Janes  Ed. Vida Pasión  y muerte de Federico García Lorca (1898-1936) Los datos biográficos y la correspondencia se encuentran documentados en este volumen.
11. Calderón, Emilio. La memoria de un hombre está en sus besos. Stella Maris. Madrid.2016
12. Salinas,  Pedro. Literatura  española  Siglo XX.  Alianza Editorial. Madrid. 1980
13. Bousoño,  Carlos. La  poesía  de  Vicente  Aleixandre. Ediciones Insula. 1950.
14. AAVV. Correspondencia de la generación del 27. Ediciones. Castalia. Madrid. 2002.
15. Puccini,  Darío.  1979. La  palabra  poética  de  Vicente Aleixandre. Ariel.
16. Aleixandre, Vicente. Antología poética. Prólogo y selección de Leopoldo de Luis. Alianza Editorial.1980.
17. Cernuda, Luis .Estudios sobre la poesía española contemporánea.  Alianza Editorial. 1950
18. Kristeva, Julia. Los poderes de la perversión. Siglo XXI. México.2004.
19. Cernuda, Luis. Prosas completas.
20. Cernuda, Luis. Poesía y literatura. Seix Barral. Barcelona. 1960
21 Memorias  habladas    editadas  por  Paloma  Ulacia Altolaguirre citadas en Los rencores de Luis Cernuda.
22. García Montero, Luis. Los rencores de Luis Cernuda.
23. Harris, Derek Luis Cernuda. A study of  poetry. Tamesis Books. Londres. 1973.
24. Cernuda, Luis. Un río, un amor
25. Paz, Octavio. La palabra edificante de Luis Cernuda. Papeles de Son Armadans, XXXV. Mallorca. 1964.
26. La traducción abreviada de Luis Cernuda. A study of  the poetry sigue siendo mía.
27. Paz, Octavio op cit
28. Placeres Prohibidos, Diré como nacisteis
29. Placeres prohibidos. Quisiera saber por qué esta muerte
30. Cernuda,  Luis. La  realidad  y  el  deseo.  Donde  habite  el olvido. VII.
31  AAVV Homosexualidad: Literatura y política compilado por  Steiner, G  y  Boyers, R.  Alianza  editorial.  Madrid.  1985.ª  Entrevista  a  Michel  Foucalt  de  J.  O Higgins.
 
Graciassss/revistasic.uy/ojs/index.php/sic/article/view/



Comentarios